Por y para CARACAS

Este blog es sólo un intento de recorrer mi ciudad a pesar de los muros virtuales que la dividen. Pero también se quedarán aquí mis huellas cuando la deje atrás y extrañe su amor equitativo por los pocos que la aman y los muchos que la denigran.

domingo, 25 de noviembre de 2007

UNA SIESTA BAJO EL SOL

6:00 a.m. Vanessa y Jonathan llegan al sótano del edificio después de recorrer a oscuras, la vía rápida que los comunica con nuestra ciudad. Pero es demasiado temprano para entrar a la oficina, así que como todos los días estacionan el carro, bajan un poquito el vidrio, reclinan los asientos y continúan el sueño interrumpido a las 4:30 a m. Viven en San Antonio de los Altos –ciudad dormitorio donde se duerme poco– y aunque entrada a la oficina es a las 8:00 am, me cuentan que si salen de su casa después de las 6:00 am llegan a Caracas a las 9:00 am, así que no tienen otra opción: completan en el carro el sueño inconcluso. Trabajan de día, estudian de noche pero a los 20 años, sobran las energías para acostarse después de cumplidas las dos jornadas; la reunión con los amigos y la cola de rigor para regresar a casa. Lo que también sobra, son las piernas de Jonathan que con su 1.92 m. de estatura, apenas tiene espacio para seguir durmiendo en el “corsita” blanco de Vanessa.

6:25 a.m. Cuando salí de mi edificio aún no había amanecido. Una tenue luz empezaba a ganarle terreno a la noche, pinceladas de azul claro comenzaban a teñir el Ávila. Debo decir que vivo en el punto mas alto de Los Samanes y esa vista es el primer regalo que me hace Caracas al despertar. El Ávila inmenso, en todo su esplendor definitivamente es una bella forma de comenzar el día. Pero lo que vi al salir, me conmovió mucho más.
Andrea tiene unos 5 años, carita menuda, cabello brillante atado con un lazo, uniforme escolar impecable -aunque un poquito arrugado por la incómoda postura- un par de piecitos descansan sobre el último escalón de la entrada y lo mejor de todo, una suculenta mejilla reposa sobre el plástico de su lonchera roja. Apenas 5 años y ya tiene que caerse de la cama a oscuras para ganarle al tráfico que la separa del colegio. En la mejor parte de su sueño infantil, la vuelve a despertar la corneta del autobús escolar. Con pasos cortos se aproxima a él y se sumerge en ese enorme contenedor de niños. Escucho sus risas y sus voces alegres mientras me dirijo a mi carro.


6:40 a.m. Cuando llego a la autopista los carros se amontonan en un rompecabezas gigante donde ninguna pieza calza, todas sobran. A mi lado una pareja conversa; otra discute. Los dos que van en la camioneta 4X4 –esa paradoja donde lo rústico se viste de lujo– ni siquiera se miran: ella se maquilla; él lee la prensa, habla por el celular y maneja de reojo. Mi pie izquierdo se duerme, siento un calambre, apenas hay espacio para cambiar de primera a segunda. Adelante va el autobús amarillo con Andrea y otros 40 niños trasnochados, a la derecha va un metro-bus cuyos pasajeros se desbordan por la puerta. Veo sus rostros cansados, aburridos por la rutina diaria del tráfico y del madrugonazo. Son las 6:55 a.m. y sumergida en esa cola recuerdo una frase hecha que por injusta detesto: “Los venezolanos son flojos” y pienso: ¡Que bríos!, ¡Seguramente se levantan de madrugada sólo para salir a pasear y disfrutar de esta colita mañanera!

12:00 m. La avenida Francisco de Miranda en el tramo comprendido entre Chacao y Chacaito está cambiando. Al caos cotidiano del tráfico, al humo de los autobuses, al incesante caminar de la gente, se unen las máquinas, los obreros, los conos anaranjados que impiden el paso. Una de las pocas obras de carácter urbano que se realiza en Caracas desde hace tiempo está en plena acción. La Alcaldía de Chacao está haciendo de este espacio tan transitado un nuevo bulevar para Caracas, con un proyecto ambicioso. Grandes aceras con espacio para caminar, para tomar café, para comprar la revista de moda o el periódico del día. Sin prisa, sin tener que pelear con el taxista ni mucho menos con el buhonero.

12:01 p.m. El sol arrecia, Julián se quita el casco protector, su franela anaranjada está llena de polvo y de sudor, de hastío y de cansancio. Su cabeza retumba después de cuatro horas empuñando el martillo neumático encargado de pulverizar el asfalto y dar paso a la nueva obra. La calle pierde lo que gana la acera y Julián, después de comerse un sanduche de mortadela y una coca cola, se acomoda tranquilamente sobre un pedazo de madera rústica bajo el único árbol que da sombra. Esa siesta es sagrada, nada la perturba, el mundo puede caerse a su lado pero él no se despierta, no se inmuta. Los peatones siguen su camino, si acaso, alguno lo mira con indiferencia, tal vez con envidia no confesa.

Siempre me llamó la atención esa forma de dormir despreocupada y a la intemperie de los obreros, pero ahora ya no es exclusiva de ellos. Cualquier espacio es bueno para recuperar el sueño perdido, o mejor dicho, arrebatado por la vorágine del tráfico y lo exiguo del tiempo.

domingo, 18 de noviembre de 2007

EN TRANVÍA A LA TIERRA DEL SOL AMADA

Tenía una deuda con mi hija que nació el 18 de noviembre día de La Virgen de La Chiquinquirá, pero finalmente pude llevarla a conocer Maracaibo.

Más de tres millones de maracuchos –y nadie sabe cuantos colombianos cedulados a toda carrera en la misión: “de aquí no me saca nadie”– y Maracaibo está increíblemente limpia. Y digo increíble no porque no sea posible, sino porque viendo como Caracas se nos llenó de basura a veces pensamos –injustamente- que en todo el país es así. ¡Qué equivocada estaba!

Como también me parece increíble que la rivalidad existente entre un alcalde oficialista y un gobernador opositor además de generar muchas polémicas internas haya servido para crear una especie de “sana competencia” que ha favorecido enormemente a la ciudad y como consecuencia, a sus ciudadanos. ¡Para que vos veaís! Y lo digo porque en Caracas pasamos 4 años viendo pelear al alcalde menor con el mayor como quien ve llover en Macondo, sin hacer nada pues y más o menos así seguimos. ¡Que molleja!

Bueno, en fin, no estoy aquí para hablar de Caracas –como casi siempre– sino de Maracaibo y de lo limpias que están sus calles, de lo agradable que fue recorrerlas y encontrar a su gente disfrutando del verde de sus parques y sus plazas disputándose con el sol todo el brillo y todo el color.
Entre las mejoras tangibles que ofrece la ciudad está un recorrido turístico en tranvía promovido por la alcaldía. En realidad es un autobús hecho a la imagen y semejanza de ese vehículo que transportó a nuestros abuelos hace ya bastante tiempo: asientos de madera natural; ventanales panorámicos; exterior pintado de rojo fuego y amarillo rabioso con eficiente aire acondicionado –como corresponde a esas tierras de Dios–, un chofer que además de conducir canta y declama versos propios y ajenos, junto a una maracaibera dispuesta a hacer reír hasta a los más estresados, si es que a esas alturas del Panorama todavía vuestras amarguras no se han disuelto al calor de esa sonrisa y de un cepillado de coco con leche condensada.

El paseo comienza en Lago Mall, el Centro Comercial que acaparaba la atención de todo el que quería ver y ser visto antes de que apareciera ese enorme imán para adolescentes de último modelo; adultos contemporáneos con celular idem; niñitos gritones y mujeres al borde de un ataque de compras; llamado Sambil. Nada nuevo tampoco bajo el sol zuliano, excepto que al lado del ketchup no sólo están las papas fritas, sino los patacones con sal. Pero sigamos con el viaje en tranvía.

La Avenida 5 de Julio en toda su extensión se muestra llena de hitos que identifican la ciudad y en la medida que la recorremos, los guías nos cuentan como cada una de sus edificaciones tiene una historia que contar y muchos records que batir. De ese modo, supimos que allí se encuentra el primer edificio con aire acondicionado que se construyó en Venezuela; una casa en la que se realizó un exorcismo y por eso no ha podido ser demolida (la imaginería popular no conoce límites); por qué Sears hace unos cuantos años fue la ruina de la clase media que allí aprendió a endeudarse, y un largo etcétera salpicado de gaitas y de anécdotas que prefiero no contarles para que no dejen de hacer ese mágico viaje la próxima vez que vayan a Maracaibo. Se lo recomiendo especialmente a los marabinos seguramente disfrutarán más de su ciudad de la mano de sus paisanos y con un guión escrito desde el corazón de una de las cronistas de la ciudad.
Claro que ir a Maracaibo y no pasar por lo que queda del barrio El Saladillo para sentir todavía la nostalgia de ese vacío que dejó la picota del progreso; disfrutar de las coloridas casitas de Santa Lucía; de la reluciente fachada de La iglesia de Santa Bárbara –azul intenso delicadamente bordado por blanco inmaculado– contemplar con asombro como la fachada casi austera de la Basílica de La Chinita contrasta con su interior abigarrado, y con la enorme fe de todo el que allí se cobija, es como no ir, pero tranquilos, que por allí también pasa el tranvía.
Uniendo una iglesia con otra se encuentra el Paseo de la Virgen, en un estilo que podríamos llamar arbitrariamente “Versallesco maracucho” –sin ánimo de ofender– ya que por si fuera poco la balaustrada verde inglés con bordes dorados que lo circunda, lo más elocuente fueron las palabras de Ricardo, un taxista simpatiquísimo y conversador que me dijo: “A mí me encanta este Paseo a pesar de todo lo que dicen en su contra, porque cuando uno camina por aquí es como si estuviera en Francia y no en Maracaibo” Otro itinerario del tranvía nos llevó mucho más lejos, casi fuera de la ciudad, al Planetario que se encuentra dentro del Parque Simón Bolívar, ¡que maravilla! 45 minutos de carretera limpia y bien asfaltada. Todo por un precio muy solidario hasta con el bolsillo más golpeado: Bs. 2.000 para los adultos, los niños pagan con una sonrisa.

En una de las salas del parque y teniendo como fondo una exposición nos esperaba el Ensamble de la Alcaldía, un sexteto formado por cuatro, guitarra, mandolina, percusión, flauta y un sobresaliente violín que llenó ese espacio de música venezolana muy bien ejecutada. Sólo una nota discordante. Un maestro de ceremonia ad hoc –ya que las condiciones acústicas de la sala no le permitieron descargarse con el bajo, su instrumento de reglamento– después de exaltar las virtudes del Ensamble y la labor didáctica que están ejerciendo en las escuelas básicas, dejó escapar esta perla: “Esta es la única música que nuestros hijos tienen que escuchar, ojalá se prohibiera difundir toda esa porquería que nos traen de afuera, pero eso ya queda en nuestras manos”. Cosas de la revolución, digo yo. Total, todos tenemos derecho a desafinar en algún momento.

La verdad es que ni siquiera un comentario tan infeliz pudo borrar la sonrisa que se empeña en ocupar mi boca cada vez que escucho nuestra música interpretada no sólo con técnica sino con pasión –y si no, escuchen a Huascar Barradas venido de esas tierras para alegrar éstas– mucho menos opacar la fuerza de ese Pajarillo que se fugó del corazón y voló en las manos de un joven violinista llamado Oscar que nació hace poco más de veinte años en la Tierra del sol amada.

sábado, 10 de noviembre de 2007

RE-LECTURA


Definitivamente la gente de RELECTURA se las trae. Fue tan exitosa la primera convocatoria del cambalache de libros que realizaron en agosto de este año, que se lanzaron otra vez y en esta ocasión, incluyeron un “bono extra” para los niños.

A pesar de que esta semana nuestra ciudad ha estado sacudida –y con razón- por varias marchas; de que hoy había en el parque del Este una feria del libro donde abundaban los textos sobre el “Che” y sobre “el proceso” y de la cuenta regresiva que nos quita el sueño, muchos amantes de la lectura acudieron a la generosa cita de cambiar libros leídos por otros ansiosos de posarse en distintas manos, de ser vistos por nuevos ojos.


Que rico fue buscar entre varias montañas de libros a nuestros autores o temas favoritos; sentarse tranquilamente a ojearlos junto a una “friíta” o una cubalibre escuchando buena música y compartiendo con los amigos que nos encontramos en la sede de la Fundación Cultural Chacao, ese edificio que asume con orgullo toda nuestra tropicalidad, sin falsos techos ni vidrios ahumados. Gentil espacio donde la brisa se mueve a su antojo sin barreras artificiales.

En estos infelices momentos en los que muchos luchamos por salir de esta especie de hueco negro en el que algunos quieren hundirnos, hay gente maravillosa que sueña, crea y hace realidad momentos para el disfrute, para el placer de leer, de compartir, de viajar a ese universo lleno de vida que está detrás de la tapa de un libro.

!Gracias!

sábado, 3 de noviembre de 2007

PON TU GOTICA DE SANGRE

A principios del Renacimiento los maestros florentinos dominaban el secreto matemático de la perspectiva y los flamencos el misterio alquímico de los pigmentos… así comienza la apasionante novela de Federico Andahasi “El Secreto de los flamencos” recordándonos la época en que los colores de los lienzos se hacían con pigmentos naturales y ostentaban nombres tan sugestivos como amarillo de Nápoles, azul de Prusia y Siena.

Más tarde los llamamos –según el círculo cromático–: primarios, secundarios y terciarios. A nuestros niños en el colegio se les enseña que los colores patrios son: amarillo, azul y rojo. Para darle más dramatismo: “amarillo del oro que prodigaba nuestra tierra a sus habitantes; azul del mar que nos separaba de la madre Patria España y rojo de la sangre que derramaron nuestros libertadores para liberarnos del yugo del Imperio español.” Sin embargo, en este momento en que para los jóvenes los colores son: yellow cian y magenta –porque de ellos se nutre el cartucho de tinta de la impresora– este gobierno se ha dedicado a vestir TODO lo que se le ocurre de rojo-rojito. Rojo sangre.

En fin, esta breve historia de los colores viene a cuento porque en el CELARG hasta el 11 de noviembre, hay una excelente exposición: “V Salón de Artes visuales DYCVENSA”, cuyo tema es ciudad, espacio y tiempo. En ella, un grupo de 30 artistas plásticos muestra lo mejor de varias disciplinas artísticas llenas de color, de actualidad pero también de miedo.
Es justo señalar que la muestra es muy variada en técnicas, formatos y propuestas, pero la obra que más me impactó fue realizada por Manuel Hernández, y es tan sencilla como contundente. Sobre un acrílico transparente de 90cm. x 60cm. se muestra una imagen de nuestra ciudad con el Ávila de fondo. Arriba, a la izquierda, a manera de “escudo”, se muestran 4 pistolas formando una cruz rodeada de puñales. Hasta allí, la sugerencia de la violencia como tema no es sutil, sin embargo, lo peor está por aparecer. Junto a la obra, en una cajita de acrílico se encuentran un montón de “gotas” o grupos de “gotas de sangre” elaboradas en vinyl autoadhesivo para que cada visitante lo ponga encima de la obra, donde mejor le parezca, convirtiendo así la creación individual del artista en una obra colectiva.


Cierto es que cada día las páginas de sucesos de nuestro país se llenan de crónicas rojas; que las cifras de muertos y heridos aumenta día a día; que la inseguridad se cierne sobre nuestras cabezas sin que el gobierno de turno-eterno haga nada para mejorar nuestra situación, pero que quede claro: no sólo en la calle, en los barrios, en las urbanizaciones, la sangre se derrama sin ningún control, también llegó a las galerías de arte de la mano de nuestros artistas.


http://av.celarg.org.ve/SalonDycvensa2007/PortalSalonDycvensa.htm

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