martes, 27 de julio de 2010

HABANA EVA

"Cuento de hadas barroco, que roza el culebrón,

pero que sale indemne gracias a un delicioso sentido del humor,

la ironía, el sarcasmo cruel y una meticulosa observación

por los personajes femeninos"

(Alexis López: Cinemanía)

Salvo por el calificativo barroco, que podríamos sustituir por habanero, el epígrafe de Alexis López referido a Mecánicas Celestes (1994) puede aplicarse a Habana Eva, la más reciente película de la directora Fina Torres.

Otra salvedad. Aunque la protagonista formal de esta película financiada por la Villa del Cine y casi totalmente rodada en La Habana, es la actriz venezolana Prakriti Maduro, la estrella es la ciudad. Por ello reseñamos esta comedia que pone a todo color y en ritmo vibrante la vida de una joven costurera cubana y los caminos que toma para defender su derecho a disentir, a romper el molde –estrictamente el modelo único con el que se fabrican en serie vestidos de novia– en una fábrica dirigida por una ferviente defensora de la revolución cubana.

Es preciso acotar que esta producción fue posible gracias al financiamiento de un Estado revolucionario que quizás leyó este proyecto como: Historia de amor + actores venezolanos y cubanos + La Habana = panfleto revolucionario. No es así. La cámara de Fina se detiene por igual en las fachadas de los edificios derruidos y en la belleza de las olas golpeando con furia el malecón de los enamorados, de los que huyen de madrugada; de los que van a diario a soltar allí las amarras de sus ilusiones. El lente inquieto registra los rostros autóctonos de la gente y su resignación ante la pobreza instalada en ellos. El guión discurre fluido no tanto por lo que dice sino por lo que deja de decir. No elude ni edulcora la realidad, no emite juicio alguno, sólo muestra. Y lo tácito se hace elocuente.

Eva (Prakriti Maduro) convence con su acento habanero. Habla arrastrando chhhes mientras recorre calles donde circulan dos o tres carros de los años ’50 que, milagrosamente, todavía se mueven. Se detiene sobre una acera cuyo telón de fondo es la mítica imagen del Che, ícono repetido hasta el hartazgo. Sube a autobuses atestados de gente. Pasea su delgada humanidad enfundada en vestidos sencillos producto de sus desvelos y de los retazos de tela que va dejando su oficio de costurera mal pagada y peor reconocida. Mientras espera, ya sin esperanzas, que su novio de toda la vida, un arquitecto devenido en albañil, termine un anexo sobre el techo de la casa de sus padres para poder casarse. Queda en evidencia la escasez de vivienda y la prohibición expresa de vender y alquilar inmuebles. La casualidad la une a un fotógrafo venezolano quien la convence de ser su guía por una ciudad en ruinas mientras él va registrando rostros, ornamentos y fachadas de inmutable encanto bajo frisos desmoronados y colores diluidos a fuerza de sol y viento.

La amiga de Eva (Yuliet Cruz) reparte simpatía y experiencia sexual en un personaje que expresa la realidad de muchas mujeres cuyo sustento y escape a las interminables carencias económicas es el más antiguo de los oficios. El de jinetera. Localismo dado a las prostitutas que ofrecen sus favores a los turistas sexuales.

Dos tías viejas mantienen el derecho exclusivo de su propiedad en una ciudad donde todas las viviendas han sido invadidas por decenas de familias. Su tez verde, mohosa, es una corrosiva metáfora del tiempo y la huella imborrable de los que se quedaron. Nexo entre la imponente Habana pre revolución y la actual ciudad derruida que ellas no reconocen porque no la recorren. Viven encerradas en su mansión cubiertas por la pátina del tiempo añorando una lejana juventud rebosante de fiestas, boato y porcelana inglesa.

Sobre este cuarteto femenino, aderezado por madre abnegada y hermana aburrida se estructura esta película donde los principales roles masculinos son reducidos a meros objetos sexuales en las gráciles piernas de Eva. Se evidencia una vez más, la fuerza que imprime Fina Torres a sus personajes femeninos. ¿Quién no recuerda a Maya Oloe y a Doris Wells tamizadas por el velo de una fotografía que inició una nueva forma de hacer cine venezolano? Después siguió Ariadna Gil orbitando su Mecánica celeste y Penélope Cruz dirigiendo el sexo siempre desde arriba en un film lleno de colores y de sabores.

La Habana bien vale una misa. Parafrasea el actor venezolano Juan Carlos García a Enrique IV, cuando mira desde la terraza de un edificio atestado de familias una panorámica de la capital cubana plena de excelentes muestras de arquitectura colonial, moderna y art deco, que ha visto restaurados algunos de sus edificios, pero ve desmoronarse muchos de ellos vencidos por el paso del tiempo y agobiados por usos ajenos a lo que fueron construidos hace más de 50 años.

Eva, idealista y transgresora pasea su rebeldía por las calles de esa ciudad rota. La Habana, estoica, resiste el paso del tiempo. Sobre sus muros derruidos destella el sol y baten las olas acompasadas por la cadencia del Caribe. Habana Eva bien vale una misa.

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