domingo, 8 de febrero de 2015

Triste visita a la Abadía Benedictina de Güigüe

Había tardado. 

Quizás por eso salía confiada a caminar, a tomar fotos, a recomendar sitios bonitos. Pero desde las 12:30 del sábado 24 de enero, pasé a formar parte de las desgraciadas estadísticas de los robados, de los asaltados.


Y no fue en Caracas en uno de sus tantos sitios peligrosos. Fue saliendo de un templo. De la Abadía Benedictina de Güigüe.

El Arq. Luis Polito y yo fuimos -como dos arquitectos ávidos de ver una obra hermosa- a traérnosla capturada en su cámara, en mi teléfono-. Pero ya ni eso es posible. En este país tomado por asalto no se puede admirar lo bello ni a plena luz del día. No se puede sacar la cabeza de la indecencia, del abuso, de la violencia.

Ya de regreso, casi llegando al carro, se acercó corriendo un hombre. Su cara resaltaba porque tenía la cabeza tapada con una franela azul eléctrico. En una mano blandía un machete.

Yo no entendía nada. Me parecía que estaba viendo una película. Era una secuencia digna de González Iñárritu. 

Se paró frente a mí y me pidió el teléfono. Yo seguía sin entender; sin creer lo que nos estaba pasando. Miraba alrededor a ver si venía alguien. Lo miré a la cara, así como miro a todo el mundo, y le dije: no te lleves nuestras cosas. Luis me decía dáselas. El tipo se movía lento. No movía la mano armada pero nos amenazaba... Luis le tiró su cámara. Un bien tan preciado para él; disfruta, enseña, aprende, tomando fotos. Luego el malandro nos pidió también las carteras.

Enfatizo mi estupor porque veníamos de un recinto de paz. Un sitio de peregrinación, tanto de fieles católicos -que necesitan reafirmar su fe rodeados de silencio- como de arquitectos y estudiantes de arquitectura. Hicimos una visita corta. Apenas nos movimos por los alrededores y estuvimos unos minutos en la capilla porque era casi la hora de retiro de los abates y, el Abad Jesús, nos pidió que regresáramos otro día. Y así, tomados por la paz del lugar, ajenos a todo peligro, fuimos atacados sin clemencia. 

Cuando el hombre se fue yo tenía mucho miedo. Temblaba. Quise sentarme, pero corrimos al carro. Entré en pánico porque pensé que con mi cartera se había llevado también las llaves del carro. Afortunadamente, no fue así

Regresamos vejados. Asustados. No son sólo las cosas materiales que tanto nos cuesta comprar en este país donde abunda la escasez. 

A mí me robó también la confianza, el entusiasmo de salir a descubrir, a conocer, a reseñar lo bonito. Lo que tengo es rabia. Indignación pura. A estas alturas ya habrá transado nuestras cosas en el mercado de lo robado.

¿Pero en qué mercado se transa nuestra tranquilidad? ¿Quién paga nuestra bonhomía?
Dos semanas después la imagen del hombre armado, corriendo hacia mí, todavía aparece en mi mente. 

Apenas llegué a Caracas narré lo sucedido en Facebook y Twitter y grité: no vayan a la abadía. Hubo muchas reacciones. La mayoría de abrazo, de solidaridad con lo que nos sucedió pero no faltaron las críticas sobre "el abandonar espacios" o el "dejar a los abates solos". Para estas dos sentencias tengo sendas respuestas: yo no he abandonado los espacios. Llevo 8 años publicando recomendaciones en este blog con el único objetivo de ocupar nuestros espacios. Respecto a "acompañar o custodiar a los abates" no soy yo quien puede hacer eso. Malamente me cuido a mí misma. Venezuela tiene un gobierno que ha dejado sola e indefensa a los ciudadanos de bien.

Mi mensaje es de alerta. Aquí ya no hay seguridad ni en los sitios adonde vamos más confiados.

Sí, ya agradecí a Dios que no nos pasó nada.

Fotografía: Internet. Las que tomé fueron robadas.

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