miércoles, 30 de enero de 2008

PERFIL CARAQUEÑO

"Volteé hacia el balcón y vi el hotel Humboldt. Su fálica soledad, su concreto apurado"
OSCAR MARCANO. Del relato Goldish publicado en "Sólo quiero que amanezca"

Rascacielos de CCS
Mi amigo y profesor el arquitecto Luís Guillermo Marcano, me envió esta imagen que sirve de excusa para comparar algunos de los edificios más altos de nuestra ciudad. Estas siluetas recortan desigualmente nuestro cielo y la mayoría de las veces se encuentran junto a una casita que se ha resistido a la vorágine del crecimiento desmedido y anárquico de nuestra ciudad, o a un edificio de vivienda de escasos 8 pisos.

Al verlo, no puedo dejar de recordar ese perfil casi cándido que bordea la sala de proyecciones del planetario Humboldt en el Parque del Este. Allí, se destacan especialmente por su particular volumetría, el helicoide y el obelisco de la plaza Altamira. Pero nuestro paisaje urbano va cambiando. El dinamismo o ¿espejismo? económico también ha alcanzado a la construcción uno de los rubros más deprimidos en nuestros últimos 15 años, así que detrás de las “agujas” –típica señal de que algo se mueve entre cabillas y concreto– empiezan a emerger varias torres de oficinas en el este, viviendas en el sureste y por supuesto, los infaltables centros comerciales que nunca dejaron de aparecer y de generar caos vial y peatonal. Incluso ahora, los terrenos más apetecibles por cualquier inversionista inmobiliario (lote del edificio del teatro Altamira; lote en av. Francisco de Miranda frente al demolido cine La Castellana) se están preparando para que crezcan dos nuevos rascacielos.


Mientras tanto Caracas se sonroja, está cambiando el color de su piel. Una fiebre de ladrillo visto tiñe la faz de nuestra ciudad, especialmente en las fachadas de los edificios destinados a vivienda. Si durante los años ’50 nuestra ciudad se enriqueció con la mano de obra venida del sur de Italia, que impregnó nuestra arquitectura de mosaicos de colores; cerramientos en infinidad de formas y tamaños; esbeltas columnas cilíndricas; amplias marquesinas y hasta hermosos avisos de bronce para identificar cada uno de los edificios construidos por ellos, (por citar apenas algunos elementos característicos de la arquitectura de esos tiempos de oro), la nueva mano de obra venida desde el hermano país de Colombia, ha importado el gusto por el ladrillo visto. A mi modo de ver, hermoso y cálido, pero aún lo siento ajeno.

Lamentablemente, a escala urbana –salvo la intervención de Las Mercedes con la nueva plaza y la ampliación de la av. Francisco de Miranda en le municipio Chacao– es muy poco lo que estamos haciendo. Ni hablar de las calles, las avenidas y las aceras, que siguen pacientes esperando su turno.

sábado, 26 de enero de 2008

CARACAS SIN ETIQUETAS

"Venezuela, qué linda eres y qué despeinada estás"
Oscar D’ León

Arranca en FA
Al menos hora y media de tráfico me esperan desde Los Samanes hasta Los Palos Grandes, así que, ¡paciencia! En la radio oigo, género: pop-latino; lenguaje tipo A, sexo tipo A, violencia tipo A, –todos con marcado acento en la “A”, por el locutor de turno- me pregunto, ¿Cuál será la violencia tipo A? ¿Una pistolita de agua? ¿Un pellizco? ¿una nalgada? En eso pensaba cuando la canción de Jeremías ya iba por: “… el tacón/ martillando en dirección/ de su auto pero él/ ocupado quitando el sostén, de su compañera/ no supo ni siquiera que venía su mujer…” Seguiré escuchando pop-latino hasta oír con qué me sorprende Aquiles Báez.

Afinación
A las 6:15pm, se ve diferente la placita que une al viejo edificio Mene Grande –construido a mediados de los ’60 con el nuevo volumen que se impone sobre los peatones. La presencia de un mijao majestuoso de más de 10 pisos de alto, nos recuerda cuán fuerte es la naturaleza en nuestra ciudad. ¿Quién dice que Caracas es una selva de concreto? A falta de vista a El Ávila tenemos este árbol imponente. Sus raíces emergen triunfantes de un piso de granito gris y sus ramas exhiben mil tonos de verde. A un lado el toldo, de esos que ponen en las fiestas para protegernos de la lluvia imprevista, luce incómodo; incrustado en el espacio limitado por los dos edificios y en el centro, el árbol, florero natural, no deja dudas sobre su protagonismo. La gente ya ha ocupado todas las sillas y en los alrededores se mueve un público variopinto: ejecutivos de traje gris con corbata a juego; músicos de blue jean que llevan su instrumento en un estuche sobre sus espaldas y algunos curiosos sorprendidos por la música cuando salían del edificio para tomar el Metro.

Preludio
Los micrófonos difunden la voz del responsable de este atardecer diferente: el Gerente General de Econoinvest, y Federico Pacanis, abre el telón virtual para que salgan los músicos. Uno a uno vamos conociéndolos a ellos y a su pareja: el instrumento elegido como compañero de vida musical. Empiezo a revolotear para tener distintos puntos de vista y de oído. Un par de amigos salen a mi encuentro, hace tiempo que no los veía. Omar y Trina eran abogados hasta que un lúcido día descubrieron que, con sus manos, el vidrio y el metal hacían cosas mucho más lindas que con las leyes. Más tarde me tropiezo con Rogelio, entrañable compañero de la Facultad y me alegro mucho de que haya abandonado por dos horas su oficina para disfrutar de la música. Sigo girando para encontrarme con un fotógrafo ataviado de azul y koala estrambótico rojo desteñido, la descripción es suya, no mía. Se trataba de una cita a ciegas porque Alexander iba a llevarme unas fotos que le encargué a toda carrera.
De fondo la excelente música del grupo: a ratos jazz, a ratos neo-criolla o neo-folk acompaña la conversación. La emoción va in crescendo, nos envuelve y provoca reacciones y comentarios favorables. Una pieza en solitario no admite etiquetas, pero la interpretación de Aquiles Báez crea un clima intimista, de reflexión, de recogimiento.

Clímax
Poco a poco la atmósfera se transforma, las parejas que forman el músico y su instrumento se compenetran cada vez más. No podemos ni queremos conversar, sólo dejar que la música nos invada, nos eleve del suelo, nos gobierne el cuerpo. Los brazos de Aquiles Báez rodean su guitarra. Curvilínea madera arquetipo de la perfección que anhela toda mujer. Una de sus gruesas manos recorre un cuello, no un mástil, acariciando trastes y pulsando cuerdas; unas veces con dulzura, otras con fuerza, siempre con pasión. La guitarra –convertida en mujer amada– responde con sus acordes a cada caricia: piel de madera que susurra, gime, grita, jadea; mientras él más le exige, ella más le da. Sobre el escenario se funden, son uno solo, pero el goce es de todos los que estamos allí. A su lado, Anat Cohén toca el clarinete mientras baila, sonríe satisfecha, su boca de mujer provoca los sonidos que ese fálico instrumento nos regala, perfecta armonía de notas y movimiento. De fondo, el bajo. Instrumento tan oscuro como indispensable que en manos de Roberto Koch cobra nueva vida. No hay tiempo de reponerse a esa fuerza sensual y provocadora cuando sube al escenario una bailarina de flamenco, sin flores en la cabeza, sin faralaos en la falda –porque no hay falda– sino un pantalón y una blusa negros cubiertos por una mantilla también negra. Pero sólo hasta allí llega la rigurosidad, lo que acompaña sus acompasados y vibrantes movimientos son las manos fuertes de Adolfo Herrera que cabalga un cajón de madera arrancándole sonidos imposibles. Percusión en manos, en piernas, en pies; gestos sensuales, expresivos y un par de ojos de fuego que sigue al otro. El público contagiado aplaude eufórico, grita, corea, multiplica los “bravo” y los “ole”. Varios de los músicos que hasta ahora habían permanecido como anónimos espectadores suben a escena y se incorporan a esta fiesta de ritmos, de melodías sin etiquetas, sin censura, sin gentilicio. Tras el flamenco, vienen el tambor, la fulía y la salsa. A estas alturas, ya mis manos han abandonado la libreta y el lápiz con los que apuntaba algunos detalles, pero mis pies se mueven siguiendo cada acorde, cada giro de la melodía. El entusiasmo es el amo de todos, músicos y público se unen a esa alegría que contagia la música, que entra por los oídos apoderándose del cuerpo y del alma.

Coda
No importa que cuando vayas en el carro y te distraigas tarareando una canción, el de atrás, impaciente, te toque tres veces la corneta. No importa que aquel peatón se coma la luz y te haga frenar de golpe; mucho menos, si antes de que suene tu tema favorito, sale el locutor con esa letanía del “A, B y C” que impuso el gobierno.

No importa que mañana te tengas que levantar a las 5:30am para no llegar otra vez tarde al trabajo; total, Caracas sí tiene quien le cante y no se cala etiquetas.


sábado, 15 de diciembre de 2007

NIEVE EN LOS MÉDANOS

“Al norte del sur”. Así se llama una conocida canción de Franco de Vita, que dibuja con acierto donde estamos: al sur, pero mirando al norte, al menos en lo que a íconos e imágenes se refiere. Creo que la Navidad es la época donde esta afirmación se hace más presente.

Frente al mar Caribe y disfrutando del calor tropical matizado por una fresca brisa decembrina, por todos lados surgen renos, muñecos de nieve y pinos copiosamente nevados. Claro, como son de plástico, ese maravilloso sol que siempre nos acompaña no los derrite. Las fachadas de los edificios de vivienda, de oficinas y de centros comerciales se visten también de montones de lucecitas parpadeantes y enormes lazos de rojo escandaloso.

Pero desde hace 2 años, las alcaldías de Baruta, Chacao y Libertador han invertido cuantiosos recursos en darle a nuestra ciudad, algo más que arbolitos escuálidos y rollizos muñecos de nieve artificial. Yo lo celebro.

Copio abajo un interesante artículo de Javier Brassesco publicado en
eluniversal.com que resume con atinadas palabras el impacto que tienen estas intervenciones urbanas en nuestra ciudad según el punto de vista de tres conocidos expertos en el área.
Al final, mi humilde opinión.

“Expertos discrepan sobre los adornos navideños de la ciudad

Mientras algunos critican el acabado, otros rescatan el espíritu que reflejan. Desde una Hannia Gómez, a quien no le gustan nada, hasta un William Niño, que piensa que generan mucha alegría en los niños. Los adornos navideños que se han colocado en distintos puntos de la ciudad generan distintas opiniones entre los expertos.

Gómez, arquitecta que dirige Fundación para la Memoria Urbana, se queja sobre todo de la mala calidad de los mismos, tanto de los que se han colocado sobre el río Guaire como los que existen en Plaza Venezuela o Chacao: "Se quiere hacer mucho con pocos recursos y entonces se improvisa: se ven los tirros y los cables y se toman días en montar esas luces y luego en sacarlas, lo cual va en contra del objetivo primario, que debería ser festejar".

Y además aprovecha la ocasión para protestar por algo que viene denunciando desde hace años y que no permite que en Caracas se sienta la Navidad: la excesiva publicidad: "Una vez pasé una Navidad en Madrid y allí bastaba con poner unos farolitos y toda la ciudad parecía una pesebre, pero aquí, para "gritar" más alto que la publicidad, hay que hacer aparatosos montajes y por eso surgen esos esperpentos".
Aclara que está de acuerdo con que se decore a la ciudad para la Navidad, pero no de la manera en que se está haciendo, y lanza así una idea: "En Torino, por ejemplo, se le encarga a varios artistas para que presenten obras lumínicas, que duran lo que dura la Navidad, cada año son diferentes y concitan mucha atención. Podría hacerse algo así".

La urbanista María Isabel Peña, por su parte, considera que es muy interesante que se haya decidido iluminar el río Guaire, aunque ella eliminaría lo figurativo. También en Chacao cree que, en lugar de haber utilizado la figura de Pacheco, hubiera sido más apropiado iluminar el municipio con formas abstractas.
Igual que Gómez, también cree que a la hora de diseñar estos adornos debió haberse trabajado con artistas, de modo que el diseño de las figuras (si finalmente se iban a inclinar por lo figurativo) mostrara algo más de tino.

William Niño, arquitecto y crítico de la ciudad, no se muestra esta vez tan crítico: antes que mostrarse excesivamente severo en cuanto a la terminación de los adornos navideños, prefiere pensar en la alegría que los mismos producen en los niños.
Piensa además que, independientemente de las críticas, el Guaire ha recuperado su valor iconográfico. La intervención de Las Mercedes y Los Caobos le impacta por su dimensión, y espera que otra vez vuelvan las aves y los caimanes de luces al Jardín Botánico. También tiene la esperanza de que la plaza O'Leary, un punto estratégico de la ciudad, no sea olvidada a la hora de los adornos de Navidad.”

Yo estoy de acuerdo con Hannia en que no hay quien compita con las enormes vallas publicitarias y, por si fuera poco, con la “Navidad corporativa”, esa cantidad de arbolitos y nacimientos decorados con logotipos bancarios, pero también con William. Definitivamente creo que le dan alegría y color a nuestra ciudad.

Las olas azul y verde sobre las que navegan peces brillantes que acompañan a caimanes inofensivos; caracoles e insectos gigantes, me ayudan a pensar que es posible rescatar la pureza que alguna vez tuvieron las sepias aguas del río Guaire.
Ese Pacheco enorme que riega miles de flores metálicas sobre el distribuidor de Altamira, me luce muy kitch y fuera de escala, pero he visto más de una sonrisa dibujada en el rostro de los que padecen a diario el tráfico de tan congestionada vía.

En fin, espero algún día pasar una Navidad al sur del sur, para comprobar si entre tangos y alfajores derretidos al calor del inclemente sol de verano austral, también los sonrientes muñecos de nieve deben ser refrescados cada tanto con un mate helado.


¡FELIZ NAVIDAD!

Fotografía "Río de luz" : rubenvirtual.blogia.com

Fotografía del tráfico en la autopista: blog.motorawords.com

miércoles, 5 de diciembre de 2007

CLIMAX CARACAS

CLIMAX - CARACAS Propuestas indispensables para conocer esta ciudad.

Los que quieran aprovechar estas fechas decembrinas para recorrer nuestra ciudad comiendo y bebiendo, ya tienen su guía. El equipo de la entusiasta editora Paula Quinteros acompañó al "hiperactivo y polifacético abogado" Pedro Mezquita a poner en blanco y negro -con divertido diseño gráfico- mil posibilidades de satisfacer cuerpo y alma si de degustaciones se trata.

Lo que más se agradece de esta guía de sabores, es que lejos de limitarse a restaurantes de moda, nos ofrece toda la gama de lugares que por diversas razones no debemos dejar de conocer. Desde típicas panaderías de canillas crujientes; pintorescos mercados populares donde las frutas brillan; tasquitas y mesones sin pretenciones de diseño, pero donde cuidan con esmero la sazón; hasta lugares trendy para satisfacer los gustos más fashion.

La fotografía que acompaña los amenos textos fue realizada bajo la dirección de Aníbal Mestre quien retrata rostros famosos y platos suculentos con igual maestría.

Mención especial merece la división territorial escogida para la fácil ubicación de los lugares. Todos los que habitamos este valle, sabemos lo intrincado de algunas de sus calles y la ausencia de señalización, de modo que, ¡se agradecen los puntos de referencia!

Para ilustrar las 3 grandes zonas de la guía (noreste, ciudad y sureste) seleccionaron las elocuentes fotografías aéreas de Nicola Rocco.

Así que se las recomiendo. Cuesta lo mismo que dos entradas al cine y cabe en la guantera del carro, en cualquier cartera junto al celular, al paraguas, al ipod; o en el morral. Definitivamente hay que tenerla a mano para descubrir ese restaurancito al que nunca has ido, o volver a visitar aquel donde comiste algo que quedó impreso en las papilas de tu memoria.

domingo, 25 de noviembre de 2007

UNA SIESTA BAJO EL SOL

6:00 a.m. Vanessa y Jonathan llegan al sótano del edificio después de recorrer a oscuras, la vía rápida que los comunica con nuestra ciudad. Pero es demasiado temprano para entrar a la oficina, así que como todos los días estacionan el carro, bajan un poquito el vidrio, reclinan los asientos y continúan el sueño interrumpido a las 4:30 a m. Viven en San Antonio de los Altos –ciudad dormitorio donde se duerme poco– y aunque entrada a la oficina es a las 8:00 am, me cuentan que si salen de su casa después de las 6:00 am llegan a Caracas a las 9:00 am, así que no tienen otra opción: completan en el carro el sueño inconcluso. Trabajan de día, estudian de noche pero a los 20 años, sobran las energías para acostarse después de cumplidas las dos jornadas; la reunión con los amigos y la cola de rigor para regresar a casa. Lo que también sobra, son las piernas de Jonathan que con su 1.92 m. de estatura, apenas tiene espacio para seguir durmiendo en el “corsita” blanco de Vanessa.

6:25 a.m. Cuando salí de mi edificio aún no había amanecido. Una tenue luz empezaba a ganarle terreno a la noche, pinceladas de azul claro comenzaban a teñir el Ávila. Debo decir que vivo en el punto mas alto de Los Samanes y esa vista es el primer regalo que me hace Caracas al despertar. El Ávila inmenso, en todo su esplendor definitivamente es una bella forma de comenzar el día. Pero lo que vi al salir, me conmovió mucho más.
Andrea tiene unos 5 años, carita menuda, cabello brillante atado con un lazo, uniforme escolar impecable -aunque un poquito arrugado por la incómoda postura- un par de piecitos descansan sobre el último escalón de la entrada y lo mejor de todo, una suculenta mejilla reposa sobre el plástico de su lonchera roja. Apenas 5 años y ya tiene que caerse de la cama a oscuras para ganarle al tráfico que la separa del colegio. En la mejor parte de su sueño infantil, la vuelve a despertar la corneta del autobús escolar. Con pasos cortos se aproxima a él y se sumerge en ese enorme contenedor de niños. Escucho sus risas y sus voces alegres mientras me dirijo a mi carro.


6:40 a.m. Cuando llego a la autopista los carros se amontonan en un rompecabezas gigante donde ninguna pieza calza, todas sobran. A mi lado una pareja conversa; otra discute. Los dos que van en la camioneta 4X4 –esa paradoja donde lo rústico se viste de lujo– ni siquiera se miran: ella se maquilla; él lee la prensa, habla por el celular y maneja de reojo. Mi pie izquierdo se duerme, siento un calambre, apenas hay espacio para cambiar de primera a segunda. Adelante va el autobús amarillo con Andrea y otros 40 niños trasnochados, a la derecha va un metro-bus cuyos pasajeros se desbordan por la puerta. Veo sus rostros cansados, aburridos por la rutina diaria del tráfico y del madrugonazo. Son las 6:55 a.m. y sumergida en esa cola recuerdo una frase hecha que por injusta detesto: “Los venezolanos son flojos” y pienso: ¡Que bríos!, ¡Seguramente se levantan de madrugada sólo para salir a pasear y disfrutar de esta colita mañanera!

12:00 m. La avenida Francisco de Miranda en el tramo comprendido entre Chacao y Chacaito está cambiando. Al caos cotidiano del tráfico, al humo de los autobuses, al incesante caminar de la gente, se unen las máquinas, los obreros, los conos anaranjados que impiden el paso. Una de las pocas obras de carácter urbano que se realiza en Caracas desde hace tiempo está en plena acción. La Alcaldía de Chacao está haciendo de este espacio tan transitado un nuevo bulevar para Caracas, con un proyecto ambicioso. Grandes aceras con espacio para caminar, para tomar café, para comprar la revista de moda o el periódico del día. Sin prisa, sin tener que pelear con el taxista ni mucho menos con el buhonero.

12:01 p.m. El sol arrecia, Julián se quita el casco protector, su franela anaranjada está llena de polvo y de sudor, de hastío y de cansancio. Su cabeza retumba después de cuatro horas empuñando el martillo neumático encargado de pulverizar el asfalto y dar paso a la nueva obra. La calle pierde lo que gana la acera y Julián, después de comerse un sanduche de mortadela y una coca cola, se acomoda tranquilamente sobre un pedazo de madera rústica bajo el único árbol que da sombra. Esa siesta es sagrada, nada la perturba, el mundo puede caerse a su lado pero él no se despierta, no se inmuta. Los peatones siguen su camino, si acaso, alguno lo mira con indiferencia, tal vez con envidia no confesa.

Siempre me llamó la atención esa forma de dormir despreocupada y a la intemperie de los obreros, pero ahora ya no es exclusiva de ellos. Cualquier espacio es bueno para recuperar el sueño perdido, o mejor dicho, arrebatado por la vorágine del tráfico y lo exiguo del tiempo.

domingo, 18 de noviembre de 2007

EN TRANVÍA A LA TIERRA DEL SOL AMADA

Tenía una deuda con mi hija que nació el 18 de noviembre día de La Virgen de La Chiquinquirá, pero finalmente pude llevarla a conocer Maracaibo.
Más de tres millones de maracuchos –y nadie sabe cuantos colombianos cedulados a toda carrera en la misión: “de aquí no me saca nadie”– y Maracaibo está increíblemente limpia. Y digo increíble no porque no sea posible, sino porque viendo como Caracas se nos llenó de basura a veces pensamos –injustamente- que en todo el país es así. ¡Qué equivocada estaba!

Como también me parece increíble que la rivalidad existente entre un alcalde oficialista y un gobernador opositor además de generar muchas polémicas internas haya servido para crear una especie de “sana competencia” que ha favorecido enormemente a la ciudad y como consecuencia, a sus ciudadanos. ¡Para que vos veaís! Y lo digo porque en Caracas pasamos 4 años viendo pelear al alcalde menor con el mayor como quien ve llover en Macondo, sin hacer nada pues y más o menos así seguimos. ¡Que molleja!

Bueno, en fin, no estoy aquí para hablar de Caracas –como casi siempre– sino de Maracaibo y de lo limpias que están sus calles, de lo agradable que fue recorrerlas y encontrar a su gente disfrutando del verde de sus parques y sus plazas disputándose con el sol todo el brillo y todo el color.
Entre las mejoras tangibles que ofrece la ciudad está un recorrido turístico en tranvía promovido por la alcaldía. En realidad es un autobús hecho a la imagen y semejanza de ese vehículo que transportó a nuestros abuelos hace ya bastante tiempo: asientos de madera natural; ventanales panorámicos; exterior pintado de rojo fuego y amarillo rabioso con eficiente aire acondicionado –como corresponde a esas tierras de Dios–, un chofer que además de conducir canta y declama versos propios y ajenos, junto a una maracaibera dispuesta a hacer reír hasta a los más estresados, si es que a esas alturas del Panorama todavía vuestras amarguras no se han disuelto al calor de esa sonrisa y de un cepillado de coco con leche condensada.

El paseo comienza en Lago Mall, el Centro Comercial que acaparaba la atención de todo el que quería ver y ser visto antes de que apareciera ese enorme imán para adolescentes de último modelo; adultos contemporáneos con celular idem; niñitos gritones y mujeres al borde de un ataque de compras; llamado Sambil. Nada nuevo tampoco bajo el sol zuliano, excepto que al lado del ketchup no sólo están las papas fritas, sino los patacones con sal. Pero sigamos con el viaje en tranvía.

La Avenida 5 de Julio en toda su extensión se muestra llena de hitos que identifican la ciudad y en la medida que la recorremos, los guías nos cuentan como cada una de sus edificaciones tiene una historia que contar y muchos records que batir. De ese modo, supimos que allí se encuentra el primer edificio con aire acondicionado que se construyó en Venezuela; una casa en la que se realizó un exorcismo y por eso no ha podido ser demolida (la imaginería popular no conoce límites); por qué Sears hace unos cuantos años fue la ruina de la clase media que allí aprendió a endeudarse, y un largo etcétera salpicado de gaitas y de anécdotas que prefiero no contarles para que no dejen de hacer ese mágico viaje la próxima vez que vayan a Maracaibo. Se lo recomiendo especialmente a los marabinos seguramente disfrutarán más de su ciudad de la mano de sus paisanos y con un guión escrito desde el corazón de una de las cronistas de la ciudad.
Claro que ir a Maracaibo y no pasar por lo que queda del barrio El Saladillo para sentir todavía la nostalgia de ese vacío que dejó la picota del progreso; disfrutar de las coloridas casitas de Santa Lucía; de la reluciente fachada de La iglesia de Santa Bárbara –azul intenso delicadamente bordado por blanco inmaculado– contemplar con asombro como la fachada casi austera de la Basílica de La Chinita contrasta con su interior abigarrado, y con la enorme fe de todo el que allí se cobija, es como no ir, pero tranquilos, que por allí también pasa el tranvía.
Uniendo una iglesia con otra se encuentra el Paseo de la Virgen, en un estilo que podríamos llamar arbitrariamente “Versallesco maracucho” –sin ánimo de ofender– ya que por si fuera poco la balaustrada verde inglés con bordes dorados que lo circunda, lo más elocuente fueron las palabras de Ricardo, un taxista simpatiquísimo y conversador que me dijo: “A mí me encanta este Paseo a pesar de todo lo que dicen en su contra, porque cuando uno camina por aquí es como si estuviera en Francia y no en Maracaibo” Otro itinerario del tranvía nos llevó mucho más lejos, casi fuera de la ciudad, al Planetario que se encuentra dentro del Parque Simón Bolívar, ¡que maravilla! 45 minutos de carretera limpia y bien asfaltada. Todo por un precio muy solidario hasta con el bolsillo más golpeado: Bs. 2.000 para los adultos, los niños pagan con una sonrisa.

En una de las salas del parque y teniendo como fondo una exposición nos esperaba el Ensamble de la Alcaldía, un sexteto formado por cuatro, guitarra, mandolina, percusión, flauta y un sobresaliente violín que llenó ese espacio de música venezolana muy bien ejecutada. Sólo una nota discordante. Un maestro de ceremonia ad hoc –ya que las condiciones acústicas de la sala no le permitieron descargarse con el bajo, su instrumento de reglamento– después de exaltar las virtudes del Ensamble y la labor didáctica que están ejerciendo en las escuelas básicas, dejó escapar esta perla: “Esta es la única música que nuestros hijos tienen que escuchar, ojalá se prohibiera difundir toda esa porquería que nos traen de afuera, pero eso ya queda en nuestras manos”. Cosas de la revolución, digo yo. Total, todos tenemos derecho a desafinar en algún momento.

La verdad es que ni siquiera un comentario tan infeliz pudo borrar la sonrisa que se empeña en ocupar mi boca cada vez que escucho nuestra música interpretada no sólo con técnica sino con pasión –y si no, escuchen a Huascar Barradas venido de esas tierras para alegrar éstas– mucho menos opacar la fuerza de ese Pajarillo que se fugó del corazón y voló en las manos de un joven violinista llamado Oscar que nació hace poco más de veinte años en la Tierra del sol amada.

sábado, 10 de noviembre de 2007

RE-LECTURA


Definitivamente la gente de RELECTURA se las trae. Fue tan exitosa la primera convocatoria del cambalache de libros que realizaron en agosto de este año, que se lanzaron otra vez y en esta ocasión, incluyeron un “bono extra” para los niños.

A pesar de que esta semana nuestra ciudad ha estado sacudida –y con razón- por varias marchas; de que hoy había en el parque del Este una feria del libro donde abundaban los textos sobre el “Che” y sobre “el proceso” y de la cuenta regresiva que nos quita el sueño, muchos amantes de la lectura acudieron a la generosa cita de cambiar libros leídos por otros ansiosos de posarse en distintas manos, de ser vistos por nuevos ojos.


Que rico fue buscar entre varias montañas de libros a nuestros autores o temas favoritos; sentarse tranquilamente a ojearlos junto a una “friíta” o una cubalibre escuchando buena música y compartiendo con los amigos que nos encontramos en la sede de la Fundación Cultural Chacao, ese edificio que asume con orgullo toda nuestra tropicalidad, sin falsos techos ni vidrios ahumados. Gentil espacio donde la brisa se mueve a su antojo sin barreras artificiales.

En estos infelices momentos en los que muchos luchamos por salir de esta especie de hueco negro en el que algunos quieren hundirnos, hay gente maravillosa que sueña, crea y hace realidad momentos para el disfrute, para el placer de leer, de compartir, de viajar a ese universo lleno de vida que está detrás de la tapa de un libro.

!Gracias!

VIÑA DEL MAR

VIÑA DEL MAR

Cuando vi saltar las olas sobre la balaustrada del malecón bañando el asfalto  pensé: El Pacífico como que no lo es tanto. Tiene su car...