domingo, 15 de septiembre de 2019

San Pedro de Atacama


Soy un animal urbano. Por eso muy pocas veces elijo destinos naturales cuando voy de viaje, pero Chile es un país de hermosos paisajes, así que decidí ir al desierto de Atacama; un destino reconocido nacional e internacionalmente como uno de los más atractivos de este lado del mundo.

                               ¡Y fue una decisión que agradezco profundamente!

Si tuviera que encontrar una palabra para describir esa sucesión de parajes en 100.000 m2  vendrían muchas antes de decidirme, si es que me decido: atómico, increíble, espectacular, sublime, sobrecogedor, impresionante, grandioso, impactante, maravilloso... ¡Todas le calzan!

Las llaves del desierto de Atacama también las tiene San Pedro

Comenzaré esta crónica por el centro de San Pedro de Atacama, un casco mínimo donde calles y casas son del color de la tierra y, aunque están pobladas de turistas de muchas partes del mundo, tiene una calidez y una impronta únicas. Sobre sus pequeñas fachadas penden letreros invitando a los visitantes a apuntarse en paseos imperdibles o a ver las estrellas brillar sobre su firmamento negro y aterciopelado.

Pequeños restaurantes con músicos trashumantes, que van de una esquina a otra ofreciendo sus letras musicales acompañando el aperitivo o la comida. Un pueblo donde la segunda lengua es el "brasilero" o debería decir el "portuñol"; tal es la presencia de nuestros vecinos del gigante suramericano, que van a beberse el desierto y asienten calladitos -como si entendieran todo- cuando los guías les lanzan una perorata en español salpicado de alguna palabra en esa lengua hermana y musical que es el portugués de Sudamérica. 

                      Porque claro, la naturaleza se admira en cualquier idioma.

Tiene San Pedro una iglesia hermosa, de muros de tierra y techo de madera recién restaurado que puede enmarcarse en la pequeña galería de arcos de la Municipalidad. Allí, en la plaza está todo el verde de esa zona árida, desparramado sobre árboles generosos en sombra; en un sitio donde la sombra es un deseo constante. Está también la "zona wi fi", así que turistas y visitantes se contactan con el resto del mundo desde sus pantallas móviles, junto a perros atacameños y artesanos globales.

Todos los caminos parten de San Pedro

Desde el ombligo del desierto se abren los caminos a salares, montañas, lagunas, volcanes y parajes terrestres que parecen lunares, no manchas de la piel sino tierras tan lejanas como nuestro amado satélite y el enigmático Marte.

Sobre el cómo ir el menú es amplio. Hay quienes prefieren alquilar un vehículo y lanzarse a descubrir  los distintos lugares GPS en mano. Otros como yo, menos aptos para el manejo en parajes desconocidos, optan por paseos guiados en micro buses. A los que detestan los tours les tengo  buenas noticias: no son grandes los grupos conformados; los paseos contemplan momentos  para tomar fotos o caminar y, lo mejor de todo: los guías son conocedores profundos de la zona y sus bellezas. Sus cuitas van mucho más allá de datos informativos que todos podemos encontrar en Internet y abarcan conocimientos geográficos, geológicos, de biología, vegetación y fauna -pero sobre todo- son gente convencida de que su trabajo es un aporte y le ponen tantas ganas a contar historias como a preparar un rico desayuno para sus huéspedes.


Mientras nosotros nos dedicábamos a fotear el desierto, Pablo preparaba un revoltillo de huevos, convertía unas paltas (aguacate) en crema para untar y disponía galletas dulces y marraquetas (un pan típico chileno), sobre una vajilla empacada desde San Pedro. CERO material desechable. Lo único que botamos al terminar de comer fueron las servilletas de papel. Cubiertos, platos y botellas regresaron para ser lavados o reciclados en su lugar de origen.

Y para terminar con los medios de transporte en Atacama les diré que los que estén en forma pueden lanzarse sobre dos ruedas y alquilarlas allá. Eso sí, es vital que lleven agua y protejan cara y cuerpo porque el sol por esos lares no es juego, sino intensidad pura y dura que cuando no quema abraza.


El valle de la Luna

Uno de los sitios emblemáticos del desierto chileno es este valle que le hace honor a su nombre. La verdad, es que caminando por ahí puedes abstraerte y pensar que estás en otro mundo. A cada paso sentía que, en cualquier momento, aparecerían "Arturito" o C-3PO. 

El catálogo de sepias y grises luce infinito. La vista se asombra ante la armonía natural de un lugar donde solo parecen vivir las piedras. No hay fauna, flora. Ni siquiera bichos... todo es tierra besada por sal y cielo, un cielo interminable y un paisaje onírico. 

Mucha brisa, quietud y un espacio en este mundo que que parece de otro.


El campo geotérmico

Esta zona es del más allá. El tercer campo donde los geisers son los dueños de agua, aire y tierra es tan atractivo como peligroso. Así nos lo hizo saber Henry, un guía de humor caústico y verbo informado sobre las maravillas de este territorio y los peligros que corren quienes no respetan los senderos que, en este caso, están señalados con piedras pintadas de rojo. 

A más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, la temperatura era de -10°C, [se lee MENOS DIEZ ] con una sensación térmica de -15°C... O sea, dedos de manos y pies congelados y ojos atentos al contraste de esas aguas en ebullición, que se congelan en el aire junto con nuestra respiración. Gotas convertidas en hielo suspendidas en el aire durante segundos, antes de volver a caer a disolverse en agua hirviendo.

El salar 

Al salar llegamos por un sendero cuidadosamente trazado por piedras. Desde allí, se observan las cordilleras de Los Andes y Domeyko emergiendo sobre un territorio plano y seco que, sin embargo, alberga las lagunas donde habitan los flamencos. Una delicia ver estas aves -monógamas y gráciles- moverse incesantemente sobre sus larguísimas patas, para buscar su alimento escondido bajo aguas azules y saladas. A veces, y dependiendo de la hora y la luz, no es fácil distinguir entre el cielo y el agua. Azules líquidos dominan el paisaje.

En este sitio haré un inciso para ponerme de pie y aplaudir la buena gestión de entes gubernamentales y privados en estos llamados "Santuarios naturales". Allí nada sobra. La señalización es la indispensable y está tan bien ubicada que no perturba el paisaje. No hay estridencias ni auditivas ni visuales; los servicios, estacionamientos, información y señales están dispuestos con un profundo respeto con el entorno.        ¡Bravo!



En Toconao SÍ se recicla

"Lugar de piedras", es el nombre en lengua indígena de esta población que no alcanza los 1.000 habitantes pero nos da una lección de civilidad y respeto que ya quisieran muchas ciudades. 

En Toconao se han ocupado de reutilizar todas las botellas plásticas que llegan ahí. Las llenan de arena y las disponen en círculos en los jardines de su plaza.  Una plaza cuyo principal atractivo es el campanario de una iglesia muy pequeñita, tanto que está a un costado del campanario, en segundo plano diría yo. Junto a ellos se disponen casas y talleres de artesanos de la zona. Si tienes suerte -y nosotros la tuvimos- tu guía te llevará a conocer una llama; ese animal tan lindo que parece que siempre estuviera sonriendo. Es solo uno de las especies de la familia de camélidos que habita esta zona.

Machuca


No sé qué me conmovió más: saber que en Machuca solo viven 19 familias que se turnan entre sí para no abandonar este mínimo pueblo del altiplano andino; la iglesia que abren para pedir a diario por la llegada de visitantes que acudan a comprar sus artesanías o los pinchos (anticuchos) de llama que son típicos de la región. Yo enmudecí, especialmente después de ver en 3D ese animalito tan simpático. Así que me comí una empanada de queso. Lo cierto es que sobre sus precarias viviendas de tierra, con techo de zinc, brillan pequeñas células de captación de energía solar. Son escasos los recursos de agua y luz por esas zonas desérticas y los nativos de Machuca están utilizando un recurso que les sobra: el sol. 

¡Bien por ellos!


Termas de Puritama


El broche de oro de este viaje fue la inmersión en las Termas de Puritama. Una sucesión de 8 termas cuyas aguas naturales están sobre los 33° C. Toda una experiencia ponerse el traje de baño cuando afuera la temperatura apenas supera los 10° C, pero una vez sumergido ahí quieres quedarte a vivir en esas aguas limpias y chapotear bajo las cascadas que unen las pozas. Para completar este paisaje hay caminos de madera y un área de almuerzo cuya sombra se integra bellamente al paisaje.



No se diga más: Atacama es un destino que bien vale el esfuerzo de tiempo, dinero y trayecto. ¡Una belleza que espera ser disfrutada y cuidada por todos!




Más fotos y cuentos en mi cuenta de Instagram @imagenesurbanas



jueves, 25 de julio de 2019

CARACAS DESDE LEJOS



¿Cómo escribo de Caracas si estoy a 7.294 kilómetros? ¿Cómo hilvano una crónica de mi ciudad natal desde la añoranza?

Estas y otras preguntas saltan a mi hoja en blanco y pulsando teclas –quizás– vaya encontrando respuestas. O no.

Sigo.

Salí de Caracas hace dos años. Un viaje de vacaciones, una entrevista, una remota posibilidad. Mi mensaje dentro de una botella fue leído y, sin despedirme, decidí quedarme en Santiago de Chile.

Al poco tiempo lo tuve claro: me fui así porque no quería decir adiós. Son un tópico las despedidas. Piecitos sobre el pavimento de Maiquetía. Un Cruz-Diez roto, neo símbolo de nuestra diáspora, marca el adiós aunque no lo digamos. Yo no lo dije. Me fui sin decírmelo siquiera a mí misma.

Han transcurrido dos años. 24 meses apurando en Instagram muchas fotos de El Ávila. Y digo apurando porque mi feed está lleno de otros caraqueños fanáticos del cerro y sus guacamayas. Entonces, mis dedos se deslizan raudos sobre la pantalla, no vaya a ser que la nostalgia tome forma de pico Naiguatá o se tiña de capin melao.

En fin.

Mucho se ha escrito sobre el despecho amoroso. Esa forma de des [amor] que estruja el alma y atiza el insomnio. Ahora se habla hasta el cansancio del despecho de país. Unas cifras inciertas cuentan 4 millones de venezolanos que se han ido –nos hemos ido– por los cuatro costados de nuestro país herido, pero poco o nada se habla del despecho de ciudad; ese pedacito del territorio venezolano al que nos sentimos más unidos, porque la ciudad es la Patria chica.

Suelo decir que me siento más caraqueña que venezolana. No es una contradicción, ni un acertijo. Yo no me visto del Arauca vibrador ni ando penando por una atarraya. Las empanadas de cazón me las comía en el Mercado de Chacao. Un cazón con poco de margariteño y mucho de aceite citadino. Lo mío es El Ávila y el Guaire. Caracas Parque Central, Parque de Este; Caracas UCV; donde viví años felices de mi vida caraqueña. Caracas Festival Internacional de Teatro, Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, sí, lo sigo llamando así. Caracas y sus lomas, cerros, colinas, terrazas. Caracas y sus motorizados, sus colas, sus cines, sus raspaítos en la Plaza Bolívar de Baruta y su corneteo en la redoma de Petare. Caracas chaparrones viniendo del este y su frente marítimo ridículamente llamado estado Vargas. Caracas miedo, Caracas ruido, Caracas no es monte y culebra, Caracas ex techos rojos, Caracas ex sucursal del cielo, Caracas rejas, alambre de púas, cerco eléctrico y caseta de vigilancia. Caracas azul, verde, apamate, acacia, araguaney. Caracas y su sound track de sapitos y salsa.  Caracas Soto, Otero, Villanueva. Caracas Toronto y Cri cri.

Entonces sí, los que salimos de Caracas sentimos despecho por nuestra ciudad. ¡Y cómo! ¿Pero quién entenderá que me tome un Pisco sour para olvidar el mal de amor urbano?
En invierno soñé que estaba en Caracas. No recuerdo el lugar, ni qué hacía, lo que recuerdo fue despertarme con la sensación de Caracas en mi piel. No es fácil describir eso. Abrir los ojos y sentir que estuve allá mientras dormía. Llevaba meses con un suéter a toda hora. Un abrigo, una bufanda y el frío pegado como un chicle. Meses viendo mis brazos solo bajo la ducha. Sentir su desnudez en el sueño y esa sensación anhelada de libertad cutánea me maravilló.

Hablamos de libertad de pensamiento, de libertad de prensa, pero la piel también anhela ser libre y el clima caraqueño promueve ese albedrío epidérmico que tanto me gusta. Puedo decir que quien más extraña Caracas es mi piel. Es más, ahora que subió la temperatura concienticé esa manida frase: “Caracas, la ciudad de la eterna primavera” y concluí que semejante conseja debió ser acuñada por un extranjero, porque para el caraqueño el clima no se mide en estaciones, sino en “calorón” o “friíto”. Así de básico es nuestro termómetro. La temperatura de mi ciudad es tan cualitativa como casi todo allá: más arribita del edificio aquel… más abajito de la mata de mango…

En Caracas los puntos cardinales son invisibles. No hay norte más franco que El Ávila, pero no se te ocurra decirle a nadie que tu casa queda en la acera sur de la avenida Francisco de Miranda. Se quedará con los ojos claros y sin vista y te preguntará cerca de dónde o frente a qué...

Y ya que estamos hablando de puntos cardinales diré que vine a vivir a una ciudad donde el norte queda en el oriente. Porque en Santiago la mejor referencia geográfica es la Cordillera de Los Andes. La columna vertebral de  América del Sur, que comienza en Los Andes venezolanos, confina a Santiago entre su majestad y la de la Cordillera de la Costa. Así que a todo el que llega los santiaguinos le hablan de lo fácil que es orientarse aquí. Una muralla. Una masa enorme albergando picos, cimas, lomas que se impone al oriente, porque los chilenos no dicen este y oeste, sino oriente y poniente, lo cual hace que piense mucho en Popeye; pero me salí del tema orientación y eso es grave, porque no tengo GPS.

Esa condición geográfica de Santiago la hermana con Caracas. Ambas son ciudades enclavadas en un escenario natural soberbio. A veces, como ahora, cuando la temperatura bordea los 20 grados centígrados, el verde es un escándalo visual y por la ventana del autobús se asoma un cuadrito de cielo azul y un pedazo de montaña, pienso que estoy en Caracas. Vivir rodeada de cerros y junto a un río sepia hace más llevadero mi despecho.
Pero a pesar de mi guayabo urbano hay tres cosas que no extraño de Caracas y antes de que me llamen ingrata –aunque no estemos en Twitter, el paredón del siglo XXI, sino en una crónica-cuita de amor por Caracas– lo diré: no extraño manejar, ni las chiripas ni a los chavistas. Por razones obvias sólo diré por qué no extraño manejar. En Santiago he realizado un sueño que espero ¡algún día! disfrutar en Caracas: moverme sin carro.

Hablamos de un Metro que ya suma más de 100 estaciones y sigue en expansión; una red de autobuses que se organizan en torno a él, bicicletas y patinetas de alquiler y miles de taxis, y aunque hay mucho que mejorar, por supuesto, es posible moverse, trabajar y rumbear sin estar encadenado a un volante y preso entre cuatro latas hirvientes o heladas según la fecha del año en que manejes. Cuando regreso de noche en Metro –pongamos que hablo de las 10:00 pm.– luego tomo un autobús y camino 3 cuadras hasta mi casa, sin mirar para atrás, ni abrazar la cartera, siento que le estoy siendo infiel a Caracas. Justo en esos momentos de felicidad peatonal es que pienso más intensamente en mi ciudad herida y en cuánto añoro esta dicha urbana para ella.

Padezco el mismo dolor cuando me tumbo en la grama de un parque a descansar, me siento en una plaza a contestar un Whatsapp, escojo un libro en una feria y recuerdo mis noches frescas en El Gran Café, las ferias en la Plaza Altamira y las cervezas de El León.
Quisiera terminar esta cuita en la barra de un bar santiaguino y pidiendo, ahora sí, una fría por este corazón roto, roto de ciudad. Porque pude, sí pude escribir sobre Caracas, aunque esté lejos.


Fotografía: SONIA AMAYA @caudal_

domingo, 2 de junio de 2019

Ay, ay Paraguay


“Cuenta la leyenda que en un árbol se encontraba encaramado
un indiecito guaraní,
que sobresaltado por el grito de su madre perdió apoyo
y cayendo se murió…”

Indio Pitagua

Desde el aire Asunción es una colcha verde y mullida. Un territorio surcado de aguas, en el que es difícil definir dónde empieza el río y termina la vegetación. Al pisar tierra también se ve así, o a mí me lo parece; ahora que mis ojos se han acostumbrado a otros tonos.

Comencé este viaje con mucha expectativa y poca información. Un par de canciones guardadas en la memoria musical de mi infancia y dos familiares queridos que, recientemente, anclaron en ese humedal. Además, la curiosidad de conocer la capital de aquel país pequeñito y escondido entre dos gigantes sureños: Argentina y Brasil, me llevó hasta la ribera del río Paraguay.

Después de mis ojos re descubriendo el verde selvático, mi piel agradeció este recreo de humedad. En Santiago de Chile, donde vivo hace más de dos años, la humedad es un bien escaso. Pero mi piel también tiene memoria y llegando a Paraguay se activó ¡y cómo!


Al estallido de verdes, aire limpio y un simpático Uber asunceno, le sucedió el amargo caminar por un casco histórico, tan descuidado y sucio, que aún conservo la desolación mientras rememoro imágenes urbanas para escribir esta crónica.

Ya los indiecitos guaraníes no se caen de los árboles, como cantaba Néstor Zabarce desde un picó en la sala de mi casa caraqueña. Con este cedulazo confirmo que hay otra cosa que la memoria retiene: las melodías. Así que, mientras en mi mente suena esa canción hecha un hit por un venezolano engominado, yo sigo viendo indígenas deambular por las calles de Asunción porque su río se desbordó e invadió casas y muebles, echándolos de allí.

En contraste emerge un gran palacio a dos tonos: mostaza y guayaba. No son semillas ni frutas, sino los colores de la sede del gobierno imponiéndose entre yuyales, alzando la bandera en su torre y delineando jardines afrancesados en torno a una planta italiana de ingeniería inglesa. Un pasado europeo saturado de detalles, cornisas, balaustradas, que me resulta excesivo ante la pobreza del entorno. Es muy fuerte el contraste entre el albergue del poder y las calles que cruzan los desamparados. Como si se tratara de un gigante desconsiderado y torpe, posando sus enormes plantas sobre un frágil territorio.

Suelo decir que el primer lugar que visito en una ciudad latinoamericana es su Plaza de Armas. En Asunción eso no es posible, porque sobre el damero fundacional están instaladas las precarias viviendas, de madera enchapada, que dan cobijo ¿provisional? a tantos sin techo. La Catedral los mira de soslayo –como un testigo inerte– cerrada a cal y canto.


En abril se desplomó el cielo en litros y litros de agua que corrieron por las riberas del río Paraguay e inundaron los sitios donde vivían estos pobladores originarios. Internet habla de 14.000 damnificados. Algunos llevan varias inundaciones a cuestas. Otros, fueron desalojados para construir la Costanera, una cinta de asfalto que bordea el río y sobre la cual se desplazan los vehículos y, seguramente, las promesas de los gobernantes, sin embargo hasta ahora, la gente sigue esperando solución.

Pero volvamos al casco histórico en el que destacan algunos edificios de fines del siglo XIX. Los hay tan bellos y ornamentados como en Buenos Aires y en Santiago. A otra escala, por supuesto, y en mínima cantidad, pero “tienen su punto”, como diría un español, salvo que la mayoría está en vilo y se sostiene entre moho y descuido. 

Un milagro de la arquitectura que, aún sin techo
–también– mantiene con cierta dignidad su noble fachada. Bancos, hoteles e instituciones financieras y educativas ocupan algunos edificios. Estos están limpios y pintados sin irradiar su condición privilegiada a los vecinos. Al contrario. Ver uno que otro edificio en buen estado, salpicando las calles del micro centro, acentúa el abandono de la mayoría. La verdad es que la única ciudad latinoamericana que he visto en semejante estado de abandono es La Habana. Y añado con tristeza infinita, algunos rincones de la Caracas de hoy, pero ya sabemos la razón… Y ni siquiera la nombraré, porque estoy harta de la peste roja y sus desmanes.



En cuanto al urbanismo de Asunción la situación no pinta mucho mejor… Algunos edificios totalmente fuera de escala y contexto han emergido entre las ruinas. Torres de vivienda y oficinas se acomodan –mal– junto a casas de uno y dos pisos. Por otro lado recién estrenan un gran centro comercial con sinuosas torres corporativas, de 23 pisos cada una, que no solo se ven desde el aire sino que forman parte de esa arquitectura global con tiendas ídem. Lo más destacable de este conjunto es que en su corazón mantuvo un área verde con árboles tan grandes como el desafío de mantenerlos vivos y verdes durante el tiempo que duró esta construcción contemporánea. Muy agradable caminar por allí y disfrutar de un paisajismo hecho con esmero y respeto por las especies autóctonas.


Pero si la arquitectura y los edificios patrimoniales muestran descuido los parques y sus árboles desbordan belleza. El catálogo de verdes es infinito, como corresponde a estos parajes selváticos y rodeados de agua. La naturaleza esplende y aunque el hombre no ha sabido preservar su entorno, sentarse en cualquier banco colorido es un placer gratuito y gratificante.


Y como todo viaje tiene sus regalos, el de este fue un paseo a Ypacaraí, el lago azul inmortalizado  en una canción que habla de un amor triste y melancólico, como son todos los amores que se van, dejando huellas en guaraní, español, arameo y en cualquier lengua, porque el amor es un lenguaje universal y sobre él se han escrito y cantado –llorado– cualquier cantidad de canciones, tantas como corazones rotos. En fin. Pero ese lago es un sitio plácido, especialmente un lunes en que todos trabajan o estudian, mientras lugareños amables nos ofrecen empanadas y yuca, que allá se llama almidón y me hace gracia acompañar una empanada con yuca, pero así son las costumbres, nos van sorprendiendo y despertando curiosidad; que de eso se trata viajar y andar por caminos nuevos. ¿Si no cuál es la gracia?

Llegado este punto digo que me llenó de ternura la calidez de los paraguayos, la facilidad de su sonrisa, tan fluida como ese transitar de una lengua a la otra, quiero decir, del guaraní al español con naturalidad y “voceando” en un acento sin estridencias y difícil de explicar, salvo por la delicadeza de su volumen.

Así que de Asunción y sus alrededores me traje la melancolía de ver cómo un pueblo que ha sido diezmado por varias guerras, con una democracia de apenas 30 años, luego de más de 35 de dictadura, conserva la sonrisa y la amabilidad de esas almas nobles, que a pesar de todo se mantienen esperanzadas.




martes, 28 de mayo de 2019

OTOÑO

Del otoño y sus bellezas verán mucho en mi cuenta de Instagram @imagenesurbanas 

Los espero por allí, mientras preparo la crónica de mi último viaje: Asunción, Paraguay.

domingo, 10 de febrero de 2019

23 de enero en Santiago de Chile



Tenía miedo. La convocatoria para el gran Cabildo abierto en Caracas y en toda Venezuela era a las 10 de la mañana. En Santiago se acordó reunirnos a las 7 de la noche y nuestra concentración -o al menos su ánimo- pendía del hilo venezolano.

Nos hemos caído tantas veces.

Nuestra Libertad, así con mayúscula, durante los últimos 18 años se parece más al suplicio de Tántalo que a una meta cierta. Cada vez que hemos estado a punto de alcanzarla, o creído hacerlo, la hemos perdido y ese fantasma rondaba mi cabeza.

No haré aquí la lista interminable de nuestros fracasos, carmonazo, firmazos, cacerolazos, trancazos… porque han sido muchos y porque estamos en enero de 2019 después de 20 años de chavismo.

Cuando Gardel cantó "20 años no es nada" no había nacido la peste bubónica del siglo XXI.

Si lo sabremos nosotros.

Para Venezuela y los venezolanos este ha sido un padecer interminable. Así que si Twitter, Google, Instagram y todas las plataformas digitales contaban que nuestros hermanos en territorio venezolano no salieron a la calle o que –una vez más– la brutal represión los obligó a devolverse a sus casas, ¿qué haríamos los que engrosamos la borrosa cuenta de cuatro millones de emigrantes?

Pero –afortunadamente– no fue así. Las fotos y videos de masas desbordadas pidiendo Libertad en Venezuela, rebasaban nuestras pantallas. Celulares y computadores reproducían la presencia indiscutida, de gente valiente sobre ese asfalto que tantas veces nos ha visto marchar.

Así que con bríos recorrí los 17 Km. que separan mi trabajo del sitio acordado.

Llegué a la estación Baquedano pasadas las 8 de la noche y la puerta que daba hacia la plaza ya estaba cerrada. Plaza llena, aceras y calles aledañas también. El  personal de seguridad del Metro de Santiago conducía a la gente a otras salidas. Andenes y pasillos estaban llenos de banderas y gorras de 7 estrellas. Las voces gritaban: “Ya cayóooo, ya cayóooo, este gobierno ya cayóooo”. Un mar de gente se movía en caraqueño, respiraba guaro, gritaba en maracucho, rugía en gocho. Costó salir. Costó emerger y llegar a una plaza repleta de sonrisas de niños sobre los hombros de sus padres y de muchachos cabalgando la estatua del general Baquedano, el que preside la plaza santiaguina donde se celebran goles y se exigen derechos ciudadanos. Un lugar emblemático, donde esta democracia, recuperada hace 28 años, grita y exige –incesantemente– mejoras y reivindicaciones ciudadanas. Goles y consignas se encuentran en Baquedano, pero el 23 de enero esa plaza era de los venezolanos.

Con esfuerzo caminé. Escuché nuestro acento en todas sus variantes y pensé: cuántas banderas vinieron rodando en dos maletas.

Cuando logré llegar al perímetro de la plaza constaté cómo las dos importantes avenidas que la rodean, Vicuña Mackenna y Bernardo O’Higgins estaban atestadas de vehículos en plena hora peack ( pico es grosería…) y los autos tocaban la bocina ( corneta también es grosería en Chile…). Cómo no recordar situaciones similares vividas tantas veces alrededor de la Plaza Altamira, aunque al fondo no esté El Ávila sino el cerro San Cristóbal y un sol brillante a las 8 de la noche.

De pronto pasó un convoy de motos y bicicletas portando morrales verdes, rosados y amarillos. La mayoría de los conductores de esos vehículos son jóvenes venezolanos recién llegados a Chile que han encontrado en el delivery, un trabajo de horario flexible y laxa exigencia de papeles. Así que experimenté la inédita sensación de no temerle al rugir de unas motos, sino de soltar la risa al verlas.

Cuánto camba el ánimo sentirse seguro.

Y hablando de seguridad debo nombrar a los carabineros, el cuerpo de seguridad ciudadana que el Estado manda a este tipo de manifestaciones. Su presencia, siempre intimidante –sí sabremos los venezolanos cuánto intimida un policía– se limitó a resguardar la multitud en una posición, digamos, de alerta. No hubo ballenas, rinocerontes; mucho menos bombas lacrimógenas. Sobraron, eso sí, al día siguiente, reclamos exaltados de chilenos asombrados por el trato “civil” que los policías nos dieron. Entonces Twitter e Instagram fueron el campo de batalla que no se vivió en Baquedano. A Dios gracias.

Pero hay dos cosas más que resaltar del día siguiente. Una foto de @julianmelenz capturaba cómo los venezolanos habíamos respetado las zonas verdes de la plaza, destacando que tal civismo no se había visto nunca en manifestación chilena alguna. ¡A mundo! Dijo un barquisimetano y yo tan caraqueña le hice el coro; eso sí, protesté como siempre que se suben a un bien patrimonial, como es la estatua del General Baquedano. No tiene le patrimonio por qué pagar los hurras y las protestas.

Al pasar varias horas, sin ruido nos fuimos retirando. Bajó el volumen de las consignas, de la mentada de madre acostumbrada, de los tambores en la esquina de las pizzas y llegó el atardecer a las 9:30 de la noche.

Otra buena noticia abrió el 24: los venezolanos –calculados en 20.000– dejaron la plaza tan limpia como la encontraron.

¿Será que ahora sí? Yo creo. Quiero creer.

Desde la semana pasada todos andamos con una sonrisa. Una sonrisa que encierra el pesar de tantos muertos, de tantos detenidos, exiliados, desterrados, pero una sonrisa de esperanza.

Vamos bien. Dijo aquel muchacho que se iba con su bandera en el mismo autobús que yo.

¡Vamos bien!

[Texto escrito el 25 de enero de 2019 en Santiago de Chile]

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