martes, 4 de agosto de 2020

Ciudad delivery

No sabía si era sábado o junio.

Después de tres semanas, dos días y media hora salió a dar una vuelta por su barrio.

No se conformaba con el rayito de sol que se filtraba -a ratos- por el vidrio roto del living.

Quería caminar, recordar cómo se siente la brisa en la cara, aunque llevara enmascarada la sonrisa.

Era indispensable hablar con la mirada y contemplar la inutilidad de los semáforos ahora que no había nadie afuera.

¿Nadie?

Varias bicicletas con mochilas cruzaron la vereda.

Ciudad delivery, ¿no era ese el nombre de una novela distópica?

jueves, 16 de julio de 2020

FOTOLIBRO DIGITAL DE IMÁGENES URBANAS




El pasado 4 de julio [día del arquitecto en Venezuela] lanzamos el primer fotolibro digital de Imágenes urbanas.

En enero de este año hice un taller de fotografía con Miguel Ángel Larrea y la idea era publicar un libro en papel. De allí salí con una maqueta y muchas ganas de diseñarlo en imprimirlo.

Pero ya sabemos qué pasó en marzo... ¡Así que puse manos a la obra y decidí hacerlo en digital! 

En el diseño, el color y la buena onda me acompañó la arquitecta Paula Mulatti.

Aquí les dejo el enlace para que lo vean y se dispongan a dar este paseo por varias ciudades suramericanas a la "distancia social" de tu pantalla.

¡Muy pronto estará disponible en Amazon on demand! ¡Pendientes!


lunes, 29 de junio de 2020

Año nuevo en Punta del Este


Recibir el año en uno de los balnearios más famosos de América del Sur tiene un precio.


Uruguay es tan caro que solo queda reducir los días y dejar de sacar cuentas para no empañar el disfrute. Especialmente cuando las monedas de Chile y Argentina van en bajada respecto al dolar.

En el borde costero, sembrado de edificios, conviven el contemporáneo cristal [inquieta el efecto interno del sol en verano] y el lujo asiático de mansiones flotando sobre dunas de grama. Por sus calles ruedan a 10 Km/hora motores diseñados para carreras en Mónaco.

Los diarios dicen que esta temporada alta es baja en asistentes, compras y diversión.Pero pasadas las doce de la última noche del año 2019 vi mares de gente copa en mano y alegría de fin de año. La euforia no empaña la amabilidad de este lado del Río de la Plata.

Recorrer la distancia entre Punta y el Balneario Buenos Aires nos tomó el doble del tiempo acostumbrado. Nos lo confirma una conductora de Uber que ha hecho este trayecto seis veces."Hay que aprovechar la temporada, en Punta del Este el año dura tres meses".

Aunque estamos en Uruguay la cadencia es Brasilera. También lo es en Santiago y Buenos Aires. Los habitantes del "gigante del sur" están sacando a pasear su alegría, descubriendo a sus vecinos. La segunda lengua ya no es el inglés, sino esa versión cadenciosa del idioma de Pessoa.



Ha llovido mucho. El cielo es una espesa capa de algodón plomo contra la que revientan 20 minutos de fuegos artificiales. Todos quedamos hechizados ante ese espectáculo fascinante que ilumina fachadas y espanta la fauna, pero es triste imaginarse a los perritos escondidos porque no tienen alas para volar como los pájaros.

Sobre el telón oscuro predomina el blanco. La influencia carioca se siente también en el [no] color predilecto para recibir el año. Las muchachas estrenan minifaldas y espaldas desnudas, a pesar de que la lluvia empujó el termómetro a temperaturas otoñales.

Hubo música, champaña, baile. La calle se llenó de gente. Ojalá el sol de oriente sureño se acuerde que es verano y lo estamos esperando con tantas ganas como al 2020.

[Publico esta crónica de año nuevo entrado el año 2020... que ya sabemos cómo va siendo].

                                 Escultura de Mario Irarrázabal en la playa de Punta del Este.

Montevideo

Patio interior de casa en Ciudad vieja
Llegué a Montevideo desde Buenos Aires y pensé que sería más emocionante la travesía. El viaje esn Buquebus es cómodo, sí; pero no tiene el encanto de los viajes en barco. O del que yo creo tienen. Es como ir en un ferry alfombrado y con tienda.

Pero se gana tiempo si tienes poco.

                                            *                  *                  *

Montevideo, ciudad puerto, ciudad grúa donde las calles terminan en un barco o en el sol.

Ciudad de río como mar y playa urbanas. 

Ciudad de gente amable, ciudad sencilla, sin ínfulas.

Ciudad gentil. Ciudad civil.

Ciudad vieja

Nueva sede de la CAF [Banco de Desarrollo de América Latina] Laps Arquitectos.
Sede del World Trade Center

Palacio Salvo
Edificio Ciudadela a través del Teatro Solís

Mercado agrícola

sábado, 27 de junio de 2020

Buenos Aires

Baires desde el Palacio Barolo

En diciembre salí de viaje. Me hacía falta respirar otros aires, especialmente, después de los duros meses de protestas en Chile con la consecuente -y lamentable, para mí- violencia urbana. 

Más que un viaje de turismo y descanso fue un tour de abrazos. Si algo tiene de bueno la diáspora en que nos hemos convertido los venezolanos, es que en cada sitio hay un amigo, un hermano, una sobrina que nos devuelve al territorio conocido y añorado de los afectos.

En cada encuentro hubo ganas y tiempo para fotear esa ciudad que huele a facturas recién horneadas, sabe a café caliente, suena a desgarro de tango y realidad.

Dejo aquí algunas fotos. Tienen más en mi cuenta de Instagram @imagenesurbanas

Museo de Artes Decorativas

Puerto Madero 

jueves, 16 de enero de 2020

Santiago en llamas



Hijaúnica se fue de Caracas a los 18 años. Atrás quedaron su cupo en la UCV, un cuarto con grafitis y su mamá –o sea, yo– una caraqueña empedernida. Quizás deba decir que era 2014 y Venezuela estaba, otra vez, encendida.

Las video llamadas sustituyeron nuestras conversaciones. Hijaúnica me hablaba de la ciudad homónima que la cobijaba: Santiago de Chile. Esa ciudad oculta tras la cordillera que se fue convirtiendo en faro para los migrantes venezolanos.

Pasaron dos años, la distancia se hizo mucha y decidí venirme a Chile aunque en Caracas tenía trabajo, amigos, casa, carro, gato y un amor intermitente. Lo que no tenía era agua, Internet, paciencia para las colas ni estómago para los franelaroja.

El cambio fue brusco, pero los cambios me ponen tan de buen humor como el chocolate. Entonces, encontré trabajo pateando una ciudad desconocida donde podía cumplir un sueño raro: vivir sin manejar.

Viajaba en Metro, en “micro” –como llaman en Santiago a unos autobuses enormes– y también a pié, por supuesto.

Llevaba mi acento a cuestas como una guacamaya. Lo peor no es que fuera difícil entender lo que me decían, ¡sino que ellos tampoco me entendían a mí! Me fui haciendo bilingüe, sumando al equipaje migratorio un diccionario de sinónimos.

-       ¿Cambur? ¿Qué es eso? Hay plátano.
-       No es para freírlo, sino para comérmelo solo quitándole la concha.
-       ¿Concha? ¡Eso es un garabato!
-       ¡Pero si yo no estoy dibujando!
[Aquí en Chile los “garabatos” son las groserías].

El primer aprendizaje es reconocer que el español es tan ancho como la geografía donde habite, aunque Chile sea delgadito.

Hace tres años, cuando aterricé aquí, no había comenzado la avalancha de paisanos y muchas veces me preguntaban si era colombiana. Yo explicaba  que los venezolanos del centro hablábamos “parecido” a los colombianos de Santa Marta, Barranquilla y Cartagena. De tanto repetir esa frase me salía con el son de Billo’s Caracas Boys… ¡Cedulazo en plena Alameda! Otras veces, descifraba el enigma de un chileno que trabajaba con una venezolana: “Pero, habla muy distinto a ti”… Cuando le pregunté de dónde era, me dijo: de Maracaibo. ¡Umm!... ¡Cómo te explico!

Cambiando de acentos a geografía hablaré de un par de hitos que hermanan a Santiago con Caracas. Me refiero a La Cordillera de Los Andes y al río Mapocho. Los que nacimos junto a El Ávila encontramos consuelo en la madre de todas las montañas del sur, aunque sus curvas no sean sinuosas sino afiladas y su tez muestre tantas caras como estaciones tiene esta ciudad austral.

Lo que sí es igual, aunque injusto, es la mala onda con el Mapocho, el río sepia de Santiago. A pesar de su turbio color –porque es un torrente arrastrando sedimentos minerales– está saneado desde hace 10 años. Sin embargo, junto con las piedras, carga todo tipo de insultos y la ciudad sigue dándole la espalda. Los proyectos que lo quieren integrado a la trama urbana duermen en gavetas burocráticas.

Pero estos eran recuerdos válidos hasta hace apenas tres meses. El 18 de octubre ardió el Metro junto a 500 autobuses. El “oasis latinoamericano” resultó ser un geiser como los de Atacama. A 7.000 Km. de Caracas retumbaron cacerolas, ardieron barricadas, lagrimearon mis ojos, el asfalto sufrió de verde oliva y el aire sigue esparciendo consignas; algunas tan conocidas que me asustan. La lista de exigencias es larga y la violencia contra la ciudad, brutal. Son doscientos, los ojos vacíos que lloran.

¿Qué pasará? No sé. No me hagan preguntas difíciles.

Tres años en Chile


Cumplí tres años en Chile y hay luna llena. Tres años sin El Ávila agradeciendo la cordillera.
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Viajo en autobús por trayectos tan conocidos, que solo me basta mirar por el rabito del ojo para saber dónde estoy. ¡Vaya certeza! Lo que sigo buscando es mi espacio, pero eso no tiene que ver con las rutas urbanas sino con las de la vida.
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Tres años celebrando la primavera, diciendo que el clima de Caracas no es el verano de aquí. Admirando la  belleza del otoño, odiando el invierno y su eficiencia al esconder los colores.
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Tres años de nuevos amigos, de reencuentros queridos y lugares inesperados. De agradecimiento y dudas.
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Aún no aprendo a bailar cueca ni a comerme la última sílaba, pero hay palabras nuevas y eso me gusta. Algunos dicen que tengo, ya, un ligero swing sureño en mi acento caraqueño.
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Tres años de fotear el patrimonio y ahora veo cómo: 

- Desaparece.
- ¿Se re-significa?
- ¿Se transforma?.
- ¿Muta?
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Bajo capas y capas de pintura, de grafitis, de consignas, los muros son el lienzo donde han ido a parar casi dos meses de gritos, violencia y euforia en un coctel que se me hace incomprensible.
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A veces es el fuego.
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Santiago es un hiper texto en 3D, un palimpsesto urbano, un paisaje blindado, un coro estridente ¿sin batuta?.
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La imagen es bajo un atardecer que fue una pausa, un respiro bajo un sol nocturno con el lente de @vedechile255 

Navidad en El Guaire

En diciembre cumplí 3 años de haber salido de Caracas y en plena Navidad me encontré con un montón de imágenes sobre una "imponente decoración navideña" sobre El Guaire y, bueno, no podía dejar de escribir sobre eso.
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Luz sobre el Guaire, nuestro río sepia.
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Esta acción urbana podría ser una alegría para los caraqueños, pero cómo va a serlo si El Guaire es una herida purulenta. Cómo vamos a celebrarlo si ninguno de los gobiernos locales ni nacionales se ha propuesto lo que verdaderamente necesitan Caracas y su río: SANEARLO.
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Pero claro, es más fácil prender unas lucecitas, activar los selfies sobre una de nuestras vergüenzas, porque desde hace meses cientos de jóvenes arriesgan su vida ahí buscando "tesoros" para canjearlos por unos billetes que no compran nada. Porque la misma funcionaria que prometió sanearlo se burló de los opositores que cayeron en sus aguas fétidas huyendo de las balas.
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Porque hay que ser demasiado caradura para hacer una exhibición de luminarias en la capital del mismo país que vive eternas jornadas a oscuras.
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Una patada en el hígado. Otra.
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Las reacciones en las redes van desde alegrarse por el fresquito navideño hasta la ira desatada y justificada porque -de nuevo- los comunistas tapan con propaganda su podredumbre. En eso son expertos.
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No diré aquí la palabra que más he oído sobre esta "instalación". Porque me resisto a pensar que el único destino de nuestro río y las 22 quebradas que lo acompañan es el abandono. Porque sé que cuando podamos [re] pensar nuestra ciudad el Guaire tendrá el sitio protagónico que merece rodeado del verde fácil de Caracas y no la espalda, la mentira. La careta miserable con que cubren todo los que solo saben destruir.
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FOTOGRAFÍA: 💙 @dieguisimo .
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Ciudad blindada


Esta es otra de las caras del Santiago actual. La que no está rota, saqueada o  quemada. La blindada.
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Detrás de cada lámina metálica hay una vitrina protegiéndose de la violencia. De un local de cadena, por supuesto; porque los pequeños comercios perdieron el único que tenían en  manos de una turba enardecida. Y junto a cientos de negocios se evaporaron 100.000 puestos de trabajo.
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Antes de seguir aclaro que el hecho de condenar la violencia contra la ciudad y sus bienes no me hace avalar la represión contra las personas. Esa es una ecuación terrible que defienden los que piensan en blanco y negro.
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Lamento enormemente las vidas y los daños a las personas porque son irrecuperables. De igual manera condeno firmemente el vandalismo y la destrucción a los bienes de todos.
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Es la ciudad el espacio donde viven la inmensa mayoría de los que habitamos en Chile. Son sus veredas, plazas, Metro, micros y demás elementos urbanos un conjunto que expresa conquistas ciudadanas. Civilidad, civismo.
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Ojalá más pronto que tarde sean más, muchísimos más los que además de reivindicaciones sociales pidan también el cese a la violencia.

Carta a Santiago de Chile


Santiago, vengo a decirte que estoy triste. Tres años tecleando  tus maravillas, abriendo mis dos ojos a tus cuatro estaciones, caminándote y cumpliendo un sueño raro: vivir sin manejar. ¿Alguien más sueña con eso?.
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Todos nos enamoramos de personas, de cosas -si no, pregúntenle a las vitrinas-. Yo me enamoro de ciudades.
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No fuiste la primera, qué importa. Mi corazón urbano es tan ancho como tu cordillera y fíjate tú; yo vengo de una ciudad cobijada por un cerro.
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Es raro decir que amamos una acera ancha, una vereda amable. Pero es más raro decir que cuando encuentro un banco y me siento bajo una sombra verde, me rindo.
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🚇 Qué emoción fue estrenar tus nuevas líneas del Metro y pensar, mientras él serpenteaba bajo tierra, que es lo más inclusivo que tienes. Parece obvio. Va de norte a sur, de oriente a poniente sin preguntarle a nadie dónde vive.
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Así que verlo arder y tantas semanas después no saber quién lo hizo, hiere mi corazón urbano.
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Ahora solo tengo preguntas Santiago. Tus ojos están rotos, violadas tus puertas y manchados tus muros. Todos tus semáforos en rojo.
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Yo me pregunto ¿hasta cuándo?.
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[ Este texto fue escrito en el taller CARTAS PARA SANAR, dictado generosamente por la profe @mtabuas y compartido junto al cálido e íntimo testimonio de 15 personas].
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Tuvo también una respuesta empática, no solo en la atenta escucha de todos sino en la palabra de quien lo leyó atentamente y me regaló su respuesta.
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La mía es GRACIAS.

¿Cuándo amanece?


Pancartas, balas, balines. Humo, fuego, barricadas. Gritos.
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¿A qué hora cerramos? ¿Hay Metro? No, tampoco hay micro, solo números rojos.
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Ya no se oyen las campanas, pero es primavera y los pájaros cantan [puntuales] a las 5:00, si hay silencio.
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Me acuesto con la ilusión de despertarme con sus trinos. En mi cabeza hay truenos repetidos. Consignas repetidas. Ecos, ecos, ecos. Mucho ruido.
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¿Duermen los que viven en Plaza Italia? ¿Cuántas cuadras camina ahora David, 20 o 30? ¿Quién lleva la estadística de los que se quedaron sin trabajo? ¿Y la de los vidrios rotos? ¿Cómo se levantan los postes caídos? ¿Los semáforos rotos siempre están en rojo? ¿Las teles robadas sí se pueden ver o tampoco?. ¿Cuánto vale un ojo o es ojo por ojo?. ¿Puede el asfalto con tanta  tanqueta? ¿La ciudad es de todos o sólo de los que la rompen? ¿Sigue saliendo el sol en Santiago? ¿Cuándo amanece?.
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Santiago es puro grito

Santiago es puro grito. Un alarido continuo y rudo. Y quien grita no oye, no ve, no piensa.
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Gritan las víctimas de la represión. En su cuerpo están frescas las heridas y duelen.
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¿Dónde está la justicia?.
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Clama el que no puede dormir con tanto ruido, ni respirar con tanto humo.
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¿Dónde están los ecologistas?.
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Grita la calle sus consignas. La turba escupe fuego y lanza piedras. Aturde el ruido, sobran las preguntas.
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¿Dónde están las respuestas?.
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Gritan las paredes rayadas, las ventanas rotas, los vidrios crispados. Los muros ciegos escupen insultos.
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Insulta desde el auto el que no avanza. Grita el que espera una micro y no llega. Llega tarde, harto, agotado y grita:.
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¿Adónde se fueron los semáforos?
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Grita en silencio quien no baila y lo obligan, quien no baila y lo humillan. "El que no baila sobra", dicen. La violencia se exhibe de tantas formas.
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Santiago es grito, aullidos, clamores rotos.
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Solo están a salvo los árboles.
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Por ahora.

Deja vú


Bombas lacrimógenas y molotov. ¿Dormiste anoche? Sí, me desperté en Caracas en 1989.
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No llegaban los gases pero sonaban cacerolas y consignas. El miedo no necesita salvoconducto ni acata el toque de queda. El miedo es libre, dicen. Yo creo que apresa, cuando no paraliza.
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Aquel encapuchado cargaba una res. Este un televisor de sopotocientas pulgadas. Lo suma a otro y a otro y a otro. Hace una pira y arde todo.
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No hay Metro, quemaron las micros. No tapa aquel humo este malestar. ¿Cuántas tazas de caldo hay que darle al que no le gusta el caldo? Dos, tres, cuatro. Ene.
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¿No entiendes? La paz social se mide en galgas. Ni en planillas de Excel, ni en porcentajes. ¿No había estadísticas para el descontento?.
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Otra vez colas, carreras, la vida en suspenso. Y los trajes verde camuflaje sobre el gris asfalto. Si es primavera y hay sol, ¿por qué tengo tanto frío en el estómago?.

¿Y dónde quedó la razón?

La violencia no es el camino.

Cuando se levanta la voz se debilita el argumento. Cuando se agrede, se golpea también a la razón. Cuando se quema, se vuelve humo la legítima protesta.

Estos días en Santiago hemos sido testigos de cómo la rabia fue escalando hasta convertirse en furia desatada.

No haré aquí un análisis político. No soy chilena, no conozco en profundidad la idiosincrasia de este país que me acoge desde hace tres años, sin embargo, mi condición de ciudadana civil y civilizada antepone mi rechazo absoluto a cualquier forma de violencia.

Es inaceptable atentar contra bienes del colectivo. Y aunque ya está clarísimo que el alza del transporte sólo fue la chispa que encendió esta mecha, destruir la columna vertebral de la movilidad en la ciudad más grande y más poblada de Chile me resulta incomprensible y muy doloroso.

Santiago tenía un transporte con defectos sí, con posibilidades de mejoras, también; pero era un buen sistema de transporte, creciendo y mejorando a pesar de los incentivos de las automotoras para vender mas autos. Conciliando con ciclistas, acercando a peatones.

La señora que vive en Maipú y trabaja en La Dehesa consumía más de 3 horas diarias en ir y volver de su trabajo. ¿Se han preguntado, los que justifican la violencia, cuánto tardará ahora?.

Ojalá que los chilenos encuentren el camino del entendimiento. De todo corazón. No es la violencia ese camino.

Estallido social en Santiago de Chile

Hoy, 19 de octubre, lo único que amaneció intacto son las flores.

El Metro está cerrado, después de 44 años de servicio, tras una noche larga de destrozos donde Santiago fue humo, gritos, fuego.

A la protesta estudiantil -inicialmente en forma de evasión organizada- se sumó una ola de vandalismo cuyo saldo son 300 detenidos, 11 civiles lesionados, 16 autobuses dañados y 41 estaciones destrozadas.

También sonaron cacerolas. Aún suenan. Esa forma de protesta legítima, que alude al hambre presente en las ollas vacías, se convirtió en telón de fondo del caos ciudadano.

Yo me siento en un loop infinito. Oigo el repicar de ollas, veo carabineros, cascos, botas y me erizo. Y vivo lejos de las comunas afectadas. El gas lacrimógeno no traspasa la pantalla de mi celular, no me arden los ojos. Pero sí me duele [re] vivir lo amargamente vivido.

Leer cómo se justifica la violencia diciendo que es respuesta a otras formas de violencia apunta exactamente al lugar donde queda mi hígado. Como si hubiera una violencia buena y una mala.

El lunes, cuando 2.600.000 ciudadanos que usamos el Metro no sepamos cómo transportarnos ni a qué hora llegaremos, nos daremos cuenta de que el servicio más caro es el que no se tiene.

18 de octubre


El 18 de octubre de 2019 el Metro de Santiago se desbordó. No de pasajeros ni de viajes. Se desbordó de protestas y de represión.
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Ustedes que siguen Imágenes urbanas saben que este es un espacio para el disfrute de la ciudad, para la cultura urbana y la civilidad. Poco o nada hablamos aquí de conflictos.
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Pero esto no se puede ocultar. Como no se pueden ocultar los cientos de miles de personas buscando cómo llegar a su casa. Como no se pueden ocultar las bombas lacrimógenas ni la represión.
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En este minuto apunto que protestar es un derecho ciudadano, el vandalismo NO.
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❌ Romper a golpes un bien público no es protestar.
❌ Saltar y arrancar los torniquetes no es protestar.
❌ Brincar sobre los rieles, romper rejas, rayar muros no es protestar.
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Soy usuaria y defensora del transporte público y creo firmemente que "lo público hay que cuidarlo como si fuera nuestro, porque es nuestro".
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El costo del pasaje del Metro de Santiago es alto respecto al salario mínimo y -salvo cuando se combina con autobuses- no hay incentivos al usuario regular. El abono semanal, mensual, trimestral es una opción que debe ser planteada. Los expertos deben tener cientos de propuestas.
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🚨Es urgente.
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Tan urgente como establecer responsabilidades entre los que dirigen estas acciones vandálicas, porque los afectados somos 2.600.000 de ciudadanos que usamos el Metro de Santiago a diario.

domingo, 15 de septiembre de 2019

San Pedro de Atacama


Soy un animal urbano. Por eso muy pocas veces elijo destinos naturales cuando voy de viaje, pero Chile es un país de hermosos paisajes, así que decidí ir al desierto de Atacama; un destino reconocido nacional e internacionalmente como uno de los más atractivos de este lado del mundo.

                               ¡Y fue una decisión que agradezco profundamente!

Si tuviera que encontrar una palabra para describir esa sucesión de parajes en 100.000 m2  vendrían muchas antes de decidirme, si es que me decido: atómico, increíble, espectacular, sublime, sobrecogedor, impresionante, grandioso, impactante, maravilloso... ¡Todas le calzan!

Las llaves del desierto de Atacama también las tiene San Pedro

Comenzaré esta crónica por el centro de San Pedro de Atacama, un casco mínimo donde calles y casas son del color de la tierra y, aunque están pobladas de turistas de muchas partes del mundo, tiene una calidez y una impronta únicas. Sobre sus pequeñas fachadas penden letreros invitando a los visitantes a apuntarse en paseos imperdibles o a ver las estrellas brillar sobre su firmamento negro y aterciopelado.

Pequeños restaurantes con músicos trashumantes, que van de una esquina a otra ofreciendo sus letras musicales acompañando el aperitivo o la comida. Un pueblo donde la segunda lengua es el "brasilero" o debería decir el "portuñol"; tal es la presencia de nuestros vecinos del gigante suramericano, que van a beberse el desierto y asienten calladitos -como si entendieran todo- cuando los guías les lanzan una perorata en español salpicado de alguna palabra en esa lengua hermana y musical que es el portugués de Sudamérica. 

                      Porque claro, la naturaleza se admira en cualquier idioma.

Tiene San Pedro una iglesia hermosa, de muros de tierra y techo de madera recién restaurado que puede enmarcarse en la pequeña galería de arcos de la Municipalidad. Allí, en la plaza está todo el verde de esa zona árida, desparramado sobre árboles generosos en sombra; en un sitio donde la sombra es un deseo constante. Está también la "zona wi fi", así que turistas y visitantes se contactan con el resto del mundo desde sus pantallas móviles, junto a perros atacameños y artesanos globales.

Todos los caminos parten de San Pedro

Desde el ombligo del desierto se abren los caminos a salares, montañas, lagunas, volcanes y parajes terrestres que parecen lunares, no manchas de la piel sino tierras tan lejanas como nuestro amado satélite y el enigmático Marte.

Sobre el cómo ir el menú es amplio. Hay quienes prefieren alquilar un vehículo y lanzarse a descubrir  los distintos lugares GPS en mano. Otros como yo, menos aptos para el manejo en parajes desconocidos, optan por paseos guiados en micro buses. A los que detestan los tours les tengo  buenas noticias: no son grandes los grupos conformados; los paseos contemplan momentos  para tomar fotos o caminar y, lo mejor de todo: los guías son conocedores profundos de la zona y sus bellezas. Sus cuitas van mucho más allá de datos informativos que todos podemos encontrar en Internet y abarcan conocimientos geográficos, geológicos, de biología, vegetación y fauna -pero sobre todo- son gente convencida de que su trabajo es un aporte y le ponen tantas ganas a contar historias como a preparar un rico desayuno para sus huéspedes.


Mientras nosotros nos dedicábamos a fotear el desierto, Pablo preparaba un revoltillo de huevos, convertía unas paltas (aguacate) en crema para untar y disponía galletas dulces y marraquetas (un pan típico chileno), sobre una vajilla empacada desde San Pedro. CERO material desechable. Lo único que botamos al terminar de comer fueron las servilletas de papel. Cubiertos, platos y botellas regresaron para ser lavados o reciclados en su lugar de origen.

Y para terminar con los medios de transporte en Atacama les diré que los que estén en forma pueden lanzarse sobre dos ruedas y alquilarlas allá. Eso sí, es vital que lleven agua y protejan cara y cuerpo porque el sol por esos lares no es juego, sino intensidad pura y dura que cuando no quema abraza.


El valle de la Luna

Uno de los sitios emblemáticos del desierto chileno es este valle que le hace honor a su nombre. La verdad, es que caminando por ahí puedes abstraerte y pensar que estás en otro mundo. A cada paso sentía que, en cualquier momento, aparecerían "Arturito" o C-3PO. 

El catálogo de sepias y grises luce infinito. La vista se asombra ante la armonía natural de un lugar donde solo parecen vivir las piedras. No hay fauna, flora. Ni siquiera bichos... todo es tierra besada por sal y cielo, un cielo interminable y un paisaje onírico. 

Mucha brisa, quietud y un espacio en este mundo que que parece de otro.


El campo geotérmico

Esta zona es del más allá. El tercer campo donde los geisers son los dueños de agua, aire y tierra es tan atractivo como peligroso. Así nos lo hizo saber Henry, un guía de humor caústico y verbo informado sobre las maravillas de este territorio y los peligros que corren quienes no respetan los senderos que, en este caso, están señalados con piedras pintadas de rojo. 

A más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, la temperatura era de -10°C, [se lee MENOS DIEZ ] con una sensación térmica de -15°C... O sea, dedos de manos y pies congelados y ojos atentos al contraste de esas aguas en ebullición, que se congelan en el aire junto con nuestra respiración. Gotas convertidas en hielo suspendidas en el aire durante segundos, antes de volver a caer a disolverse en agua hirviendo.

El salar 

Al salar llegamos por un sendero cuidadosamente trazado por piedras. Desde allí, se observan las cordilleras de Los Andes y Domeyko emergiendo sobre un territorio plano y seco que, sin embargo, alberga las lagunas donde habitan los flamencos. Una delicia ver estas aves -monógamas y gráciles- moverse incesantemente sobre sus larguísimas patas, para buscar su alimento escondido bajo aguas azules y saladas. A veces, y dependiendo de la hora y la luz, no es fácil distinguir entre el cielo y el agua. Azules líquidos dominan el paisaje.

En este sitio haré un inciso para ponerme de pie y aplaudir la buena gestión de entes gubernamentales y privados en estos llamados "Santuarios naturales". Allí nada sobra. La señalización es la indispensable y está tan bien ubicada que no perturba el paisaje. No hay estridencias ni auditivas ni visuales; los servicios, estacionamientos, información y señales están dispuestos con un profundo respeto con el entorno.        ¡Bravo!



En Toconao SÍ se recicla

"Lugar de piedras", es el nombre en lengua indígena de esta población que no alcanza los 1.000 habitantes pero nos da una lección de civilidad y respeto que ya quisieran muchas ciudades. 

En Toconao se han ocupado de reutilizar todas las botellas plásticas que llegan ahí. Las llenan de arena y las disponen en círculos en los jardines de su plaza.  Una plaza cuyo principal atractivo es el campanario de una iglesia muy pequeñita, tanto que está a un costado del campanario, en segundo plano diría yo. Junto a ellos se disponen casas y talleres de artesanos de la zona. Si tienes suerte -y nosotros la tuvimos- tu guía te llevará a conocer una llama; ese animal tan lindo que parece que siempre estuviera sonriendo. Es solo uno de las especies de la familia de camélidos que habita esta zona.

Machuca


No sé qué me conmovió más: saber que en Machuca solo viven 19 familias que se turnan entre sí para no abandonar este mínimo pueblo del altiplano andino; la iglesia que abren para pedir a diario por la llegada de visitantes que acudan a comprar sus artesanías o los pinchos (anticuchos) de llama que son típicos de la región. Yo enmudecí, especialmente después de ver en 3D ese animalito tan simpático. Así que me comí una empanada de queso. Lo cierto es que sobre sus precarias viviendas de tierra, con techo de zinc, brillan pequeñas células de captación de energía solar. Son escasos los recursos de agua y luz por esas zonas desérticas y los nativos de Machuca están utilizando un recurso que les sobra: el sol. 

¡Bien por ellos!


Termas de Puritama


El broche de oro de este viaje fue la inmersión en las Termas de Puritama. Una sucesión de 8 termas cuyas aguas naturales están sobre los 33° C. Toda una experiencia ponerse el traje de baño cuando afuera la temperatura apenas supera los 10° C, pero una vez sumergido ahí quieres quedarte a vivir en esas aguas limpias y chapotear bajo las cascadas que unen las pozas. Para completar este paisaje hay caminos de madera y un área de almuerzo cuya sombra se integra bellamente al paisaje.



No se diga más: Atacama es un destino que bien vale el esfuerzo de tiempo, dinero y trayecto. ¡Una belleza que espera ser disfrutada y cuidada por todos!




Más fotos y cuentos en mi cuenta de Instagram @imagenesurbanas



jueves, 25 de julio de 2019

CARACAS DESDE LEJOS



¿Cómo escribo de Caracas si estoy a 7.294 kilómetros? ¿Cómo hilvano una crónica de mi ciudad natal desde la añoranza?

Estas y otras preguntas saltan a mi hoja en blanco y pulsando teclas –quizás– vaya encontrando respuestas. O no.

Sigo.

Salí de Caracas hace dos años. Un viaje de vacaciones, una entrevista, una remota posibilidad. Mi mensaje dentro de una botella fue leído y, sin despedirme, decidí quedarme en Santiago de Chile.

Al poco tiempo lo tuve claro: me fui así porque no quería decir adiós. Son un tópico las despedidas. Piecitos sobre el pavimento de Maiquetía. Un Cruz-Diez roto, neo símbolo de nuestra diáspora, marca el adiós aunque no lo digamos. Yo no lo dije. Me fui sin decírmelo siquiera a mí misma.

Han transcurrido dos años. 24 meses apurando en Instagram muchas fotos de El Ávila. Y digo apurando porque mi feed está lleno de otros caraqueños fanáticos del cerro y sus guacamayas. Entonces, mis dedos se deslizan raudos sobre la pantalla, no vaya a ser que la nostalgia tome forma de pico Naiguatá o se tiña de capin melao.

En fin.

Mucho se ha escrito sobre el despecho amoroso. Esa forma de des [amor] que estruja el alma y atiza el insomnio. Ahora se habla hasta el cansancio del despecho de país. Unas cifras inciertas cuentan 4 millones de venezolanos que se han ido –nos hemos ido– por los cuatro costados de nuestro país herido, pero poco o nada se habla del despecho de ciudad; ese pedacito del territorio venezolano al que nos sentimos más unidos, porque la ciudad es la Patria chica.

Suelo decir que me siento más caraqueña que venezolana. No es una contradicción, ni un acertijo. Yo no me visto del Arauca vibrador ni ando penando por una atarraya. Las empanadas de cazón me las comía en el Mercado de Chacao. Un cazón con poco de margariteño y mucho de aceite citadino. Lo mío es El Ávila y el Guaire. Caracas Parque Central, Parque de Este; Caracas UCV; donde viví años felices de mi vida caraqueña. Caracas Festival Internacional de Teatro, Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, sí, lo sigo llamando así. Caracas y sus lomas, cerros, colinas, terrazas. Caracas y sus motorizados, sus colas, sus cines, sus raspaítos en la Plaza Bolívar de Baruta y su corneteo en la redoma de Petare. Caracas chaparrones viniendo del este y su frente marítimo ridículamente llamado estado Vargas. Caracas miedo, Caracas ruido, Caracas no es monte y culebra, Caracas ex techos rojos, Caracas ex sucursal del cielo, Caracas rejas, alambre de púas, cerco eléctrico y caseta de vigilancia. Caracas azul, verde, apamate, acacia, araguaney. Caracas y su sound track de sapitos y salsa.  Caracas Soto, Otero, Villanueva. Caracas Toronto y Cri cri.

Entonces sí, los que salimos de Caracas sentimos despecho por nuestra ciudad. ¡Y cómo! ¿Pero quién entenderá que me tome un Pisco sour para olvidar el mal de amor urbano?
En invierno soñé que estaba en Caracas. No recuerdo el lugar, ni qué hacía, lo que recuerdo fue despertarme con la sensación de Caracas en mi piel. No es fácil describir eso. Abrir los ojos y sentir que estuve allá mientras dormía. Llevaba meses con un suéter a toda hora. Un abrigo, una bufanda y el frío pegado como un chicle. Meses viendo mis brazos solo bajo la ducha. Sentir su desnudez en el sueño y esa sensación anhelada de libertad cutánea me maravilló.

Hablamos de libertad de pensamiento, de libertad de prensa, pero la piel también anhela ser libre y el clima caraqueño promueve ese albedrío epidérmico que tanto me gusta. Puedo decir que quien más extraña Caracas es mi piel. Es más, ahora que subió la temperatura concienticé esa manida frase: “Caracas, la ciudad de la eterna primavera” y concluí que semejante conseja debió ser acuñada por un extranjero, porque para el caraqueño el clima no se mide en estaciones, sino en “calorón” o “friíto”. Así de básico es nuestro termómetro. La temperatura de mi ciudad es tan cualitativa como casi todo allá: más arribita del edificio aquel… más abajito de la mata de mango…

En Caracas los puntos cardinales son invisibles. No hay norte más franco que El Ávila, pero no se te ocurra decirle a nadie que tu casa queda en la acera sur de la avenida Francisco de Miranda. Se quedará con los ojos claros y sin vista y te preguntará cerca de dónde o frente a qué...

Y ya que estamos hablando de puntos cardinales diré que vine a vivir a una ciudad donde el norte queda en el oriente. Porque en Santiago la mejor referencia geográfica es la Cordillera de Los Andes. La columna vertebral de  América del Sur, que comienza en Los Andes venezolanos, confina a Santiago entre su majestad y la de la Cordillera de la Costa. Así que a todo el que llega los santiaguinos le hablan de lo fácil que es orientarse aquí. Una muralla. Una masa enorme albergando picos, cimas, lomas que se impone al oriente, porque los chilenos no dicen este y oeste, sino oriente y poniente, lo cual hace que piense mucho en Popeye; pero me salí del tema orientación y eso es grave, porque no tengo GPS.

Esa condición geográfica de Santiago la hermana con Caracas. Ambas son ciudades enclavadas en un escenario natural soberbio. A veces, como ahora, cuando la temperatura bordea los 20 grados centígrados, el verde es un escándalo visual y por la ventana del autobús se asoma un cuadrito de cielo azul y un pedazo de montaña, pienso que estoy en Caracas. Vivir rodeada de cerros y junto a un río sepia hace más llevadero mi despecho.
Pero a pesar de mi guayabo urbano hay tres cosas que no extraño de Caracas y antes de que me llamen ingrata –aunque no estemos en Twitter, el paredón del siglo XXI, sino en una crónica-cuita de amor por Caracas– lo diré: no extraño manejar, ni las chiripas ni a los chavistas. Por razones obvias sólo diré por qué no extraño manejar. En Santiago he realizado un sueño que espero ¡algún día! disfrutar en Caracas: moverme sin carro.

Hablamos de un Metro que ya suma más de 100 estaciones y sigue en expansión; una red de autobuses que se organizan en torno a él, bicicletas y patinetas de alquiler y miles de taxis, y aunque hay mucho que mejorar, por supuesto, es posible moverse, trabajar y rumbear sin estar encadenado a un volante y preso entre cuatro latas hirvientes o heladas según la fecha del año en que manejes. Cuando regreso de noche en Metro –pongamos que hablo de las 10:00 pm.– luego tomo un autobús y camino 3 cuadras hasta mi casa, sin mirar para atrás, ni abrazar la cartera, siento que le estoy siendo infiel a Caracas. Justo en esos momentos de felicidad peatonal es que pienso más intensamente en mi ciudad herida y en cuánto añoro esta dicha urbana para ella.

Padezco el mismo dolor cuando me tumbo en la grama de un parque a descansar, me siento en una plaza a contestar un Whatsapp, escojo un libro en una feria y recuerdo mis noches frescas en El Gran Café, las ferias en la Plaza Altamira y las cervezas de El León.
Quisiera terminar esta cuita en la barra de un bar santiaguino y pidiendo, ahora sí, una fría por este corazón roto, roto de ciudad. Porque pude, sí pude escribir sobre Caracas, aunque esté lejos.


Fotografía: SONIA AMAYA @caudal_

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