jueves, 25 de julio de 2019

CARACAS DESDE LEJOS



¿Cómo escribo de Caracas si estoy a 7.294 kilómetros? ¿Cómo hilvano una crónica de mi ciudad natal desde la añoranza?

Estas y otras preguntas saltan a mi hoja en blanco y pulsando teclas –quizás– vaya encontrando respuestas. O no.

Sigo.

Salí de Caracas hace dos años. Un viaje de vacaciones, una entrevista, una remota posibilidad. Mi mensaje dentro de una botella fue leído y, sin despedirme, decidí quedarme en Santiago de Chile.

Al poco tiempo lo tuve claro: me fui así porque no quería decir adiós. Son un tópico las despedidas. Piecitos sobre el pavimento de Maiquetía. Un Cruz-Diez roto, neo símbolo de nuestra diáspora, marca el adiós aunque no lo digamos. Yo no lo dije. Me fui sin decírmelo siquiera a mí misma.

Han transcurrido dos años. 24 meses apurando en Instagram muchas fotos de El Ávila. Y digo apurando porque mi feed está lleno de otros caraqueños fanáticos del cerro y sus guacamayas. Entonces, mis dedos se deslizan raudos sobre la pantalla, no vaya a ser que la nostalgia tome forma de pico Naiguatá o se tiña de capin melao.

En fin.

Mucho se ha escrito sobre el despecho amoroso. Esa forma de des [amor] que estruja el alma y atiza el insomnio. Ahora se habla hasta el cansancio del despecho de país. Unas cifras inciertas cuentan 4 millones de venezolanos que se han ido –nos hemos ido– por los cuatro costados de nuestro país herido, pero poco o nada se habla del despecho de ciudad; ese pedacito del territorio venezolano al que nos sentimos más unidos, porque la ciudad es la Patria chica.

Suelo decir que me siento más caraqueña que venezolana. No es una contradicción, ni un acertijo. Yo no me visto del Arauca vibrador ni ando penando por una atarraya. Las empanadas de cazón me las comía en el Mercado de Chacao. Un cazón con poco de margariteño y mucho de aceite citadino. Lo mío es El Ávila y el Guaire. Caracas Parque Central, Parque de Este; Caracas UCV; donde viví años felices de mi vida caraqueña. Caracas Festival Internacional de Teatro, Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, sí, lo sigo llamando así. Caracas y sus lomas, cerros, colinas, terrazas. Caracas y sus motorizados, sus colas, sus cines, sus raspaítos en la Plaza Bolívar de Baruta y su corneteo en la redoma de Petare. Caracas chaparrones viniendo del este y su frente marítimo ridículamente llamado estado Vargas. Caracas miedo, Caracas ruido, Caracas no es monte y culebra, Caracas ex techos rojos, Caracas ex sucursal del cielo, Caracas rejas, alambre de púas, cerco eléctrico y caseta de vigilancia. Caracas azul, verde, apamate, acacia, araguaney. Caracas y su sound track de sapitos y salsa.  Caracas Soto, Otero, Villanueva. Caracas Toronto y Cri cri.

Entonces sí, los que salimos de Caracas sentimos despecho por nuestra ciudad. ¡Y cómo! ¿Pero quién entenderá que me tome un Pisco sour para olvidar el mal de amor urbano?
En invierno soñé que estaba en Caracas. No recuerdo el lugar, ni qué hacía, lo que recuerdo fue despertarme con la sensación de Caracas en mi piel. No es fácil describir eso. Abrir los ojos y sentir que estuve allá mientras dormía. Llevaba meses con un suéter a toda hora. Un abrigo, una bufanda y el frío pegado como un chicle. Meses viendo mis brazos solo bajo la ducha. Sentir su desnudez en el sueño y esa sensación anhelada de libertad cutánea me maravilló.

Hablamos de libertad de pensamiento, de libertad de prensa, pero la piel también anhela ser libre y el clima caraqueño promueve ese albedrío epidérmico que tanto me gusta. Puedo decir que quien más extraña Caracas es mi piel. Es más, ahora que subió la temperatura concienticé esa manida frase: “Caracas, la ciudad de la eterna primavera” y concluí que semejante conseja debió ser acuñada por un extranjero, porque para el caraqueño el clima no se mide en estaciones, sino en “calorón” o “friíto”. Así de básico es nuestro termómetro. La temperatura de mi ciudad es tan cualitativa como casi todo allá: más arribita del edificio aquel… más abajito de la mata de mango…

En Caracas los puntos cardinales son invisibles. No hay norte más franco que El Ávila, pero no se te ocurra decirle a nadie que tu casa queda en la acera sur de la avenida Francisco de Miranda. Se quedará con los ojos claros y sin vista y te preguntará cerca de dónde o frente a qué...

Y ya que estamos hablando de puntos cardinales diré que vine a vivir a una ciudad donde el norte queda en el oriente. Porque en Santiago la mejor referencia geográfica es la Cordillera de Los Andes. La columna vertebral de  América del Sur, que comienza en Los Andes venezolanos, confina a Santiago entre su majestad y la de la Cordillera de la Costa. Así que a todo el que llega los santiaguinos le hablan de lo fácil que es orientarse aquí. Una muralla. Una masa enorme albergando picos, cimas, lomas que se impone al oriente, porque los chilenos no dicen este y oeste, sino oriente y poniente, lo cual hace que piense mucho en Popeye; pero me salí del tema orientación y eso es grave, porque no tengo GPS.

Esa condición geográfica de Santiago la hermana con Caracas. Ambas son ciudades enclavadas en un escenario natural soberbio. A veces, como ahora, cuando la temperatura bordea los 20 grados centígrados, el verde es un escándalo visual y por la ventana del autobús se asoma un cuadrito de cielo azul y un pedazo de montaña, pienso que estoy en Caracas. Vivir rodeada de cerros y junto a un río sepia hace más llevadero mi despecho.
Pero a pesar de mi guayabo urbano hay tres cosas que no extraño de Caracas y antes de que me llamen ingrata –aunque no estemos en Twitter, el paredón del siglo XXI, sino en una crónica-cuita de amor por Caracas– lo diré: no extraño manejar, ni las chiripas ni a los chavistas. Por razones obvias sólo diré por qué no extraño manejar. En Santiago he realizado un sueño que espero ¡algún día! disfrutar en Caracas: moverme sin carro.

Hablamos de un Metro que ya suma más de 100 estaciones y sigue en expansión; una red de autobuses que se organizan en torno a él, bicicletas y patinetas de alquiler y miles de taxis, y aunque hay mucho que mejorar, por supuesto, es posible moverse, trabajar y rumbear sin estar encadenado a un volante y preso entre cuatro latas hirvientes o heladas según la fecha del año en que manejes. Cuando regreso de noche en Metro –pongamos que hablo de las 10:00 pm.– luego tomo un autobús y camino 3 cuadras hasta mi casa, sin mirar para atrás, ni abrazar la cartera, siento que le estoy siendo infiel a Caracas. Justo en esos momentos de felicidad peatonal es que pienso más intensamente en mi ciudad herida y en cuánto añoro esta dicha urbana para ella.

Padezco el mismo dolor cuando me tumbo en la grama de un parque a descansar, me siento en una plaza a contestar un Whatsapp, escojo un libro en una feria y recuerdo mis noches frescas en El Gran Café, las ferias en la Plaza Altamira y las cervezas de El León.
Quisiera terminar esta cuita en la barra de un bar santiaguino y pidiendo, ahora sí, una fría por este corazón roto, roto de ciudad. Porque pude, sí pude escribir sobre Caracas, aunque esté lejos.


Fotografía: SONIA AMAYA @caudal_

domingo, 2 de junio de 2019

Ay, ay Paraguay


“Cuenta la leyenda que en un árbol se encontraba encaramado
un indiecito guaraní,
que sobresaltado por el grito de su madre perdió apoyo
y cayendo se murió…”

Indio Pitagua

Desde el aire Asunción es una colcha verde y mullida. Un territorio surcado de aguas, en el que es difícil definir dónde empieza el río y termina la vegetación. Al pisar tierra también se ve así, o a mí me lo parece; ahora que mis ojos se han acostumbrado a otros tonos.

Comencé este viaje con mucha expectativa y poca información. Un par de canciones guardadas en la memoria musical de mi infancia y dos familiares queridos que, recientemente, anclaron en ese humedal. Además, la curiosidad de conocer la capital de aquel país pequeñito y escondido entre dos gigantes sureños: Argentina y Brasil, me llevó hasta la ribera del río Paraguay.

Después de mis ojos re descubriendo el verde selvático, mi piel agradeció este recreo de humedad. En Santiago de Chile, donde vivo hace más de dos años, la humedad es un bien escaso. Pero mi piel también tiene memoria y llegando a Paraguay se activó ¡y cómo!


Al estallido de verdes, aire limpio y un simpático Uber asunceno, le sucedió el amargo caminar por un casco histórico, tan descuidado y sucio, que aún conservo la desolación mientras rememoro imágenes urbanas para escribir esta crónica.

Ya los indiecitos guaraníes no se caen de los árboles, como cantaba Néstor Zabarce desde un picó en la sala de mi casa caraqueña. Con este cedulazo confirmo que hay otra cosa que la memoria retiene: las melodías. Así que, mientras en mi mente suena esa canción hecha un hit por un venezolano engominado, yo sigo viendo indígenas deambular por las calles de Asunción porque su río se desbordó e invadió casas y muebles, echándolos de allí.

En contraste emerge un gran palacio a dos tonos: mostaza y guayaba. No son semillas ni frutas, sino los colores de la sede del gobierno imponiéndose entre yuyales, alzando la bandera en su torre y delineando jardines afrancesados en torno a una planta italiana de ingeniería inglesa. Un pasado europeo saturado de detalles, cornisas, balaustradas, que me resulta excesivo ante la pobreza del entorno. Es muy fuerte el contraste entre el albergue del poder y las calles que cruzan los desamparados. Como si se tratara de un gigante desconsiderado y torpe, posando sus enormes plantas sobre un frágil territorio.

Suelo decir que el primer lugar que visito en una ciudad latinoamericana es su Plaza de Armas. En Asunción eso no es posible, porque sobre el damero fundacional están instaladas las precarias viviendas, de madera enchapada, que dan cobijo ¿provisional? a tantos sin techo. La Catedral los mira de soslayo –como un testigo inerte– cerrada a cal y canto.


En abril se desplomó el cielo en litros y litros de agua que corrieron por las riberas del río Paraguay e inundaron los sitios donde vivían estos pobladores originarios. Internet habla de 14.000 damnificados. Algunos llevan varias inundaciones a cuestas. Otros, fueron desalojados para construir la Costanera, una cinta de asfalto que bordea el río y sobre la cual se desplazan los vehículos y, seguramente, las promesas de los gobernantes, sin embargo hasta ahora, la gente sigue esperando solución.

Pero volvamos al casco histórico en el que destacan algunos edificios de fines del siglo XIX. Los hay tan bellos y ornamentados como en Buenos Aires y en Santiago. A otra escala, por supuesto, y en mínima cantidad, pero “tienen su punto”, como diría un español, salvo que la mayoría está en vilo y se sostiene entre moho y descuido. 

Un milagro de la arquitectura que, aún sin techo
–también– mantiene con cierta dignidad su noble fachada. Bancos, hoteles e instituciones financieras y educativas ocupan algunos edificios. Estos están limpios y pintados sin irradiar su condición privilegiada a los vecinos. Al contrario. Ver uno que otro edificio en buen estado, salpicando las calles del micro centro, acentúa el abandono de la mayoría. La verdad es que la única ciudad latinoamericana que he visto en semejante estado de abandono es La Habana. Y añado con tristeza infinita, algunos rincones de la Caracas de hoy, pero ya sabemos la razón… Y ni siquiera la nombraré, porque estoy harta de la peste roja y sus desmanes.



En cuanto al urbanismo de Asunción la situación no pinta mucho mejor… Algunos edificios totalmente fuera de escala y contexto han emergido entre las ruinas. Torres de vivienda y oficinas se acomodan –mal– junto a casas de uno y dos pisos. Por otro lado recién estrenan un gran centro comercial con sinuosas torres corporativas, de 23 pisos cada una, que no solo se ven desde el aire sino que forman parte de esa arquitectura global con tiendas ídem. Lo más destacable de este conjunto es que en su corazón mantuvo un área verde con árboles tan grandes como el desafío de mantenerlos vivos y verdes durante el tiempo que duró esta construcción contemporánea. Muy agradable caminar por allí y disfrutar de un paisajismo hecho con esmero y respeto por las especies autóctonas.


Pero si la arquitectura y los edificios patrimoniales muestran descuido los parques y sus árboles desbordan belleza. El catálogo de verdes es infinito, como corresponde a estos parajes selváticos y rodeados de agua. La naturaleza esplende y aunque el hombre no ha sabido preservar su entorno, sentarse en cualquier banco colorido es un placer gratuito y gratificante.


Y como todo viaje tiene sus regalos, el de este fue un paseo a Ypacaraí, el lago azul inmortalizado  en una canción que habla de un amor triste y melancólico, como son todos los amores que se van, dejando huellas en guaraní, español, arameo y en cualquier lengua, porque el amor es un lenguaje universal y sobre él se han escrito y cantado –llorado– cualquier cantidad de canciones, tantas como corazones rotos. En fin. Pero ese lago es un sitio plácido, especialmente un lunes en que todos trabajan o estudian, mientras lugareños amables nos ofrecen empanadas y yuca, que allá se llama almidón y me hace gracia acompañar una empanada con yuca, pero así son las costumbres, nos van sorprendiendo y despertando curiosidad; que de eso se trata viajar y andar por caminos nuevos. ¿Si no cuál es la gracia?

Llegado este punto digo que me llenó de ternura la calidez de los paraguayos, la facilidad de su sonrisa, tan fluida como ese transitar de una lengua a la otra, quiero decir, del guaraní al español con naturalidad y “voceando” en un acento sin estridencias y difícil de explicar, salvo por la delicadeza de su volumen.

Así que de Asunción y sus alrededores me traje la melancolía de ver cómo un pueblo que ha sido diezmado por varias guerras, con una democracia de apenas 30 años, luego de más de 35 de dictadura, conserva la sonrisa y la amabilidad de esas almas nobles, que a pesar de todo se mantienen esperanzadas.




martes, 28 de mayo de 2019

OTOÑO

Del otoño y sus bellezas verán mucho en mi cuenta de Instagram @imagenesurbanas 

Los espero por allí, mientras preparo la crónica de mi último viaje: Asunción, Paraguay.

domingo, 10 de febrero de 2019

23 de enero en Santiago de Chile



Tenía miedo. La convocatoria para el gran Cabildo abierto en Caracas y en toda Venezuela era a las 10 de la mañana. En Santiago se acordó reunirnos a las 7 de la noche y nuestra concentración -o al menos su ánimo- pendía del hilo venezolano.

Nos hemos caído tantas veces.

Nuestra Libertad, así con mayúscula, durante los últimos 18 años se parece más al suplicio de Tántalo que a una meta cierta. Cada vez que hemos estado a punto de alcanzarla, o creído hacerlo, la hemos perdido y ese fantasma rondaba mi cabeza.

No haré aquí la lista interminable de nuestros fracasos, carmonazo, firmazos, cacerolazos, trancazos… porque han sido muchos y porque estamos en enero de 2019 después de 20 años de chavismo.

Cuando Gardel cantó "20 años no es nada" no había nacido la peste bubónica del siglo XXI.

Si lo sabremos nosotros.

Para Venezuela y los venezolanos este ha sido un padecer interminable. Así que si Twitter, Google, Instagram y todas las plataformas digitales contaban que nuestros hermanos en territorio venezolano no salieron a la calle o que –una vez más– la brutal represión los obligó a devolverse a sus casas, ¿qué haríamos los que engrosamos la borrosa cuenta de cuatro millones de emigrantes?

Pero –afortunadamente– no fue así. Las fotos y videos de masas desbordadas pidiendo Libertad en Venezuela, rebasaban nuestras pantallas. Celulares y computadores reproducían la presencia indiscutida, de gente valiente sobre ese asfalto que tantas veces nos ha visto marchar.

Así que con bríos recorrí los 17 Km. que separan mi trabajo del sitio acordado.

Llegué a la estación Baquedano pasadas las 8 de la noche y la puerta que daba hacia la plaza ya estaba cerrada. Plaza llena, aceras y calles aledañas también. El  personal de seguridad del Metro de Santiago conducía a la gente a otras salidas. Andenes y pasillos estaban llenos de banderas y gorras de 7 estrellas. Las voces gritaban: “Ya cayóooo, ya cayóooo, este gobierno ya cayóooo”. Un mar de gente se movía en caraqueño, respiraba guaro, gritaba en maracucho, rugía en gocho. Costó salir. Costó emerger y llegar a una plaza repleta de sonrisas de niños sobre los hombros de sus padres y de muchachos cabalgando la estatua del general Baquedano, el que preside la plaza santiaguina donde se celebran goles y se exigen derechos ciudadanos. Un lugar emblemático, donde esta democracia, recuperada hace 28 años, grita y exige –incesantemente– mejoras y reivindicaciones ciudadanas. Goles y consignas se encuentran en Baquedano, pero el 23 de enero esa plaza era de los venezolanos.

Con esfuerzo caminé. Escuché nuestro acento en todas sus variantes y pensé: cuántas banderas vinieron rodando en dos maletas.

Cuando logré llegar al perímetro de la plaza constaté cómo las dos importantes avenidas que la rodean, Vicuña Mackenna y Bernardo O’Higgins estaban atestadas de vehículos en plena hora peack ( pico es grosería…) y los autos tocaban la bocina ( corneta también es grosería en Chile…). Cómo no recordar situaciones similares vividas tantas veces alrededor de la Plaza Altamira, aunque al fondo no esté El Ávila sino el cerro San Cristóbal y un sol brillante a las 8 de la noche.

De pronto pasó un convoy de motos y bicicletas portando morrales verdes, rosados y amarillos. La mayoría de los conductores de esos vehículos son jóvenes venezolanos recién llegados a Chile que han encontrado en el delivery, un trabajo de horario flexible y laxa exigencia de papeles. Así que experimenté la inédita sensación de no temerle al rugir de unas motos, sino de soltar la risa al verlas.

Cuánto camba el ánimo sentirse seguro.

Y hablando de seguridad debo nombrar a los carabineros, el cuerpo de seguridad ciudadana que el Estado manda a este tipo de manifestaciones. Su presencia, siempre intimidante –sí sabremos los venezolanos cuánto intimida un policía– se limitó a resguardar la multitud en una posición, digamos, de alerta. No hubo ballenas, rinocerontes; mucho menos bombas lacrimógenas. Sobraron, eso sí, al día siguiente, reclamos exaltados de chilenos asombrados por el trato “civil” que los policías nos dieron. Entonces Twitter e Instagram fueron el campo de batalla que no se vivió en Baquedano. A Dios gracias.

Pero hay dos cosas más que resaltar del día siguiente. Una foto de @julianmelenz capturaba cómo los venezolanos habíamos respetado las zonas verdes de la plaza, destacando que tal civismo no se había visto nunca en manifestación chilena alguna. ¡A mundo! Dijo un barquisimetano y yo tan caraqueña le hice el coro; eso sí, protesté como siempre que se suben a un bien patrimonial, como es la estatua del General Baquedano. No tiene le patrimonio por qué pagar los hurras y las protestas.

Al pasar varias horas, sin ruido nos fuimos retirando. Bajó el volumen de las consignas, de la mentada de madre acostumbrada, de los tambores en la esquina de las pizzas y llegó el atardecer a las 9:30 de la noche.

Otra buena noticia abrió el 24: los venezolanos –calculados en 20.000– dejaron la plaza tan limpia como la encontraron.

¿Será que ahora sí? Yo creo. Quiero creer.

Desde la semana pasada todos andamos con una sonrisa. Una sonrisa que encierra el pesar de tantos muertos, de tantos detenidos, exiliados, desterrados, pero una sonrisa de esperanza.

Vamos bien. Dijo aquel muchacho que se iba con su bandera en el mismo autobús que yo.

¡Vamos bien!

[Texto escrito el 25 de enero de 2019 en Santiago de Chile]

jueves, 1 de noviembre de 2018

Greetings from Santiago

Greetings from Caracas [ @greetingsccs ] le dio la bienvenida a Greetings from Santiago [@greetingsstgo ]. Con el mismo espíritu libre, de aproximación al esplendor gráfico original y utilizando una gráfica lineal, mientras se destacan las características particulares y el colorido de cada edificación recreada.

Greetings from Caracas es el proyecto gráfico desarrollado por el diseñador Manuel Lara, quien realiza una re interpretación de los íconos arquitectónicos de Caracas. A a fecha, ya cuenta con más de 200 dibujos.

En Greetings from Santiago buscamos una conexión, acaso una mirada atenta, sobre esas edificaciones que están allí, embelleciendo nuestro paisaje cotidiano y no siempre nos detenemos a verlas.

Bajo la curaduría del arquitecto Iván González Viso y quien edita este blog, ya están disponibles en nuestra cuenta de Instagram, varios ´conos de Santiago con textos que aportan datos e información relevante.

Te invitamos a seguirnos y saludar a Santiago y a su arquitectura moderna y contemporánea.

lunes, 20 de agosto de 2018

¿Y a ti, te gusta la fotografía de calle?


Los que vivimos en ciudades, caminamos, tomamos bus, Metro o pasamos hoooras detrás de un volante también vemos pasar -ante nuestros ojos- miles de imágenes urbanas. A veces nos cautiva lo cotidiano, otras, la ciudad nos muestra algo extraordinario pero ¿Cómo descifrar las claves que hacen de una fotografía de calle algo muy especial?

Los fotógrafos Santiago Zúñiga [@stgozuniga] y Mauricio Hoyuelos [@quiromancia] han estructurado un curso de fotografía de calle basado no solo en su propia experiencia, sino en la de referentes incuestionables y -sobre todo- con los fundamentos que hacen de esta disciplina algo serio y a la vez muy entretenido teniendo los conocimientos básicos de fotografía, pero ahondando en el desenvolvimiento en terreno. Este curso de fotografía de calle consta de cuatro sesiones teóricas y una salida a terreno a un lugar vibrante de Santiago y comienza el 23 de agosto.

Recientemente Santiago y Mauricio dieron una charla, a casa llena, sobre este apasionante tema en los espacios de la Fundación Telefónica, donde, actualmente se exhibe la muestra WORLD PRESS PHOTO, así que no dudes ¡estarás en buenas manos!

Ármate con tu cámara y disponte a disparar el obturador para hacer de Santiago un escenario de fotografía. Arriba el link tienes detalles de contenido, lugar y costos.

domingo, 24 de junio de 2018

OTOÑO

Paso por aquí a dejar menos palabras que hojas. A decir que el otoño, aunque presagie el frío invierno, es de una belleza con-movedora. 

También me ha dejado una enseñanza: su nombre  puede convertirse en verbo. Así, otoñar viene a ser soltar, pero soltar sin dolor, sin pena y abrirse hacia adentro para hacer espacio a otros amores, a otros haberes. 

Que así sea.



domingo, 3 de junio de 2018

GreetingsCcs en Santiago de Chile

Ha sido muy bonito traer a Santiago de Chile el trabajo de GreetingsCcs. Esos dibujos de íconos caraqueños realizados por el diseñador Manuel Lara, que han ido trascendiendo las fronteras, no solo de Caracas, sino de Venezuela.


El 19 de abril -día emblemático para todos los venezolanos- tuvimos la alegría de inaugurar la exposición en los muros de un sitio que se ha convertido en lugar de encuentro de los venezolanos en Chile: Papelón Sabroso.


Por el nombre, ya se pueden imaginar que huele a tequeño y refresca como el papelón con limón. 9 obras emblemáticas capitalinas: Esfera Caracas, La Catedral, Estatua ecuestre de El LIbertador, Torre Polar, Torre La Previsora, El Reloj de la UCV, Las Torres del Centro Simón Bolívar  y el Edificio Pigalle con su inolvidable aviso de Savoy "Con sabor venezolano", estuvieron expuestas y a la venta.

Aquí es dejo algunas fotos de esa jornada, realizada por el gran @foto_aicon  ¡Gracias!

lunes, 12 de marzo de 2018

Mónica Bengoa y su “Tentativa de inventario exhaustivo, aunque siempre inconcluso”



Una vez pasado el umbral del asombro, es decir, una vez que tus ojos recorren el mosaico que cubre un muro enorme de la sala sur del Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago, te preguntas cuánto tiempo le tomó a Mónica Bengoa completar semejante hazaña. Esta pregunta se hace recurrente en la medida en que transitas por todas las salas y ves parte  –solo parte– de la obra de esta artista chilena.

Luego te enteras que la interrogante que te hiciste iniciando el recorrido no es nada original. La artista reconoce que, constantemente, le preguntan por el tiempo invertido en cada obra; por las dimensiones de las mismas; por la cantidad de lápices y servilletas que usa como soporte... La curiosidad no es patrimonio exclusivo de los felinos y cuando no se sacia, mata, aunque sea metafóricamente. Y esta curiosidad es alimentada porque con la obra terminada, Bengoa exhibe los restos de los materiales empleados en ella. Así, junto al gran mural está la viruta de madera que dejaron atrás los lápices de colores; incluso el patrón donde fue trazado el dibujo inicial. Esta suerte de “confesión” que ofrece la artista coloca al espectador en plan voyeur y lo invita a indagar estimulando su curiosidad.


Entonces, cuando tienes a la artista frente a ti y la vez pequeña, incluso frágil ante la dimensión de su obra, se te ocurren muchas preguntas. Para eso es el arte, entre otras cosas; para mover y conmover. Para hacerse preguntas y detonar emociones. Y cuando es la artista quien te guía por su exposición pues hay que aprovechar la ocasión. En efecto las dudas llegan, recurrentes, sobre el cómo y el cuánto. La curiosidad en cifras es de los observadores. Los por qué los pone la artista.

Y es que la obra de Mónica Bengoa, Santiaguina nacida en 1969, te conecta, casi irremediablemente, con la duda. ¿Es real lo que estoy viendo? ¿Son estos los colores de una hoja? ¿Es esta página y sus letras onduladas un guiño de la imaginación? ¿El poder de las letras está solo en el contenido de las mismas o en la forma, tan particular, de presentarnos un texto? ¿Debo leerlo o debo verlo?

Si partimos por sus primeras obras –una serie de fotografías íntimas, cotidianas que la artista hizo de sí misma y de su geografía personal, la de su cuerpo, quiero decir– encontramos un afán de registro y de colección que pone a la fotografía en plan de insumo, no de fin. Y todo eso es antes de Internet. Antes de que todos cargáramos un celular/cámara en el bolsillo y el registro de lo que nos rodea no se hubiera convertido en obsesión.


Bengoa pone el énfasis en lo cotidiano. En todo aquello que por simple o repetitivo pasa desapercibido. Quizás el gran formato sea su forma de decir: aquí estoy, soy una fruta tejida, acaso un libro que va rodando de casa en casa y que no olvido cuando me cambio. Aquí estoy y soy letra, soy frase, pero no me comporto como tal, porque también digo, también expreso un sentir cuando no habito la hoja sino un gran lienzo de fieltro. Sigo siendo un texto y tengo mucho que contar. Aquí estoy y soy un ombligo. Un relieve de tu cuerpo, un algo único, aunque de tanto verme no me veas.


Bengoa se plantea un desafío en cada obra. Y a ese desafío se entrega con ahínco y paciencia. Porque, aunque sus obras sean de gran formato, no por ello son desprolijas ¡al contrario! Cada una muestra su empeño en el corte preciso; en el trazo certero que dará el resultado final esperado. No es baladí su búsqueda. Mucho menos fácil de alcanzar ese producto terminado donde los colores no se funden en un lienzo sino en nuestras retinas; adónde van a sumarse fucsias y rojos con blancos, en diferentes relieves para generar rosas pálidos. O en los murales donde las servilletas, lienzo mínimo, van formado ese todo que es mucho más que la suma de las partes, como en los mosaicos de vidrio de otras épocas.


Su inventario exhaustivo, aunque siempre inconcluso, va de la gran escala en el librero, en el cuarto infantil, en el jardín interior compuestos por centenas de servilletas cuadradas, a los tambores primorosamente bordados de frutas cortadas mostrando, sin pudor, toda la sensualidad de sus pulpas jugosas. O en la cartografía del cuerpo  de la artista y el de sus hijos.

Hay que estar atentos entonces a cuáles nuevos desafíos se enfrentará Mónica Bengoa en lo sucesivo. Dónde pondrá la lupa para continuar armando este inventario inconcluso y tremendamente interesante.

viernes, 23 de febrero de 2018

En Lima todos los caminos conducen al mar




Los primeros pasos en una ciudad siempre me llevan al más reconocido de sus espacios públicos. Y si la ciudad que visito es latinoamericana, este espacio es –por obra y gracia de la historia y la tradición– la Plaza de Armas. Allí donde se hizo el gesto primigenio de fundar, por estrategia del conquistador o por el hecho de imponerse sobre huellas indígenas.  Allí donde partió la cuadrícula y la plaza limita con La Catedral, la sede del gobierno y el mercado. En Lima, este espacio fundacional tiene el nombre de Lima cuadrada y hoy, 483 años después, le ofrece al peruano y al visitante un espectáculo de arquitectura y civilidad.

La Catedral de Lima se alza como si no hubieran pasado 396 años desde su culminación, sin embargo, cada época le dejó impresa la gran variedad de formas estilísticas que exhibe oronda: gótico isabelino, renacentista, barroco, neo clásico y neo colonial. Su interior, desarrollado en una impresionante nave central y dos laterales, está conformado por 14 capillas, a cuál más elaborada y profusa en maderas talladas, filigranas de hierro, retablos exquisitos y mosaicos venecianos como la del Conquistador, Francisco Pizarro. Reza el folleto recibido, tras pagar 10 soles de entrada, que “para los limeños su iglesia mayor era un verdadero relicario y holgadamente podían envanecerse de ello”. Y ya sabemos, aunque la iglesia pregone humildad las catedrales no lo son. 




Pero, ¿qué ocurre a las afueras de La Catedral y de su eclesiástico vecino, el Arzobispado? Es pleno verano. La humedad y el calor no perdonan a quienes no vayan prevenidos con sombrero, protector y agua. Aun así hay que buscar la sombrita y la encuentras, acogedora y cercana, sobre un damero entre columnas amarillas y cornisas blancas: es la galería de la Municipalidad de Lima.


Por los alrededores se ven turistas posando para sí mismos, y como yo paso de selfies, es un policía quien se ofrece a dejar mi testimonio gráfico sobre el cambio de guardia del Palacio de Gobierno. Hablando de seguridad no escatiman las autoridades en apostar guardias cuidando muros y calles. Desde funcionarios preventivos hasta aquellos cuyos aperos incluyen escudos anti motín. Yo miro para otro lado: La Plaza Perú y su fuente. Los corredores con nombres de oficios de otras épocas: Portal de botoneros o Portal de escribanos. Esos escudos me traen tristes recuerdos de Caracas… pero sigamos en Lima.


El suelo y el cielo están igual de limpios. Se esmeran los limeños en hacer de su casco histórico un espacio para el disfrute. En los alrededores coinciden mercaderes de artesanía, tejidos y souvenirs. Una llamita como llavero, muchas botellas de pisco. Yo quiero una chicha morada y refrescante. Cuando la encuentro, la apuro por mi garganta seca y agradecida. Más allá limpian una fachada, detrás de un portal decimonónico cubierto hay especialistas restaurando muros, descubriendo colores pasados, trabajando en la hermosa tarea de restaurar para seguir teniendo belleza.

A estas horas el estómago reclama más atención que los ojos y mis pasos buscan dónde probar el primer plato en Lima. Qué compromiso. Un país cuya marca es la comida no puede desilusionarte, no si amas la comida peruana. No si la comes antes de que tuviera la bien ganada fama de hoy; porque tengo unos primos peruanos y desde niña aprendí a comer pescado cocido en limón. El lugar que elijo es sencillo y lleva un nombre del que luego aprenderé su significado: La Tapada. Pido lo que hay que pedir: una causa acevichada. O sea, una fusión de dos platos tradicionales. La acompaño con jugo de lúcuma. Todo delicioso y además, la niña que me atiende más que cordial es amable y se esmera en preguntar si me gustó. Luego de afirmar con sonrisa y propina pago con gusto y sigo mi viaje. Apaciguada –por ahora– el hambre de alimentos, continúa el hambre de ciudad.

Muchos pasos más allá suenan bocinas, cornetas, parlantes, cláxones… todo depende de qué parte de Latinoamérica seas, en lo que se refiere al léxico, por supuesto; porque para los oídos es ruido puro y duro. Estás en Lima, es escandalosa y el tráfico ¡Ay, el tráfico es terrible! Se siente como si los diez millones de almas que allí habitan estuvieran golpeando el volante, exprimiéndole ruido aunque no conduzcan. En algunos distritos hay prohibición de tocar corneta, así que en los otros donde “está permitido” se descargan. No sé. Que alguien me diga.


Por suerte mis pasos me llevan a la Plaza San Martín, esa que preside el prócer rio platense y que, como todo Libertador monta un brioso caballo de bronce, lleva charreteras y sigue inspirando loas patrias. Lo cierto es que el conjunto urbano conformado por la plaza y los edificios que la rodean es, por decir lo menos, impresionante. A pesar de que estas edificaciones fueron construidas entre 1914 y 1945 existe una coherencia volumétrica y formal que genera un todo armónico.

Así el Teatro Colón, el edificio Giacoletti, el Gran Hotel Bolívar, el Club Nacional y el Cine Metro enmarcan el espacio público de mayor ebullición de Lima. Ahí se dirimen diferencias políticas, se protesta y se reclama. Es el escenario por excelencia de la ciudadanía activa. No presencié ninguna protesta durante mi estadía, pero es este un espacio vivo, que los ciudadanos usan a plenitud y que, debido a una serie de mejoras urbanas está retomando la importancia que merece y que tuvo recién estrenado.

Hecha la tarea de la Lima colonial y republicana me lanzo a la Lima contemporánea con la guía de una carcajada ambulante. Vanessa Rolfini, periodista gastronómica y citadina empedernida, forma parte de la diáspora venezolana en el Perú. Ya no estamos solos. Dondequiera que vayamos tendremos un amigo que nos acompañe en nuestras andanzas, que nos devuelva al terruño así sea por una tarde. Planear el viaje a Lima y contactar a gente querida allá, fue la misma cosa.

La caminata con Vanessa fue larga y quién lo duda: divertida. Incluyó trayectos a pie y en transporte público, constatando, ahora sí, lo que ya sabía: Lima es muy grande, el tráfico denso y complicado. A sus más de 2.600 Km2 repartidos en 43 distritos se suman una trama enloquecida de autobuses, taxis sin taxímetro, Uber compartidos y una buena tajada de transporte informal. Ya saben cuál es el sound track…Ruido, mucho ruido, diría el gran Sabina a su novia peruana, pero yo digo: ¡hay que moverse, para eso vine!

Nuestros pasos nos llevan a una taguarita Nikkei con apenas 9 puestos y su chef        –literalmente– metido en la candela. Sale un plato mixto para compartir: arroz con mariscos, ceviche y chicharrón de pescado. Acompañado con leche de tigre y chicha morada. Se llama Al Toke Pez y es para comensales más preocupados por el sabor que por la belleza del lugar, porque el sitio más que sencillo, es austero.

No podía dejar de asomarme a un mercado peruano y fuimos al de Surquillo, donde hay toda clase de mercadería profusamente dispuesta. Es una fiesta para los sentidos el olor de las especias, el color de las frutas, la variedad de alimentos de mar y tierra y el nombre que tiene cada una de ellas en Lima. Todo un diccionario de sinónimos aplicado al arte de comprar y cocinar. Tiene hasta su rinconcito venezolano con harina PAN y torontos. No salimos con las manos vacías, por supuesto.

Una caminata por el Parque Kennedy me hizo admirar la fachada de la Municipalidad de Miraflores y la iglesia de La Milagrosa, mientras varios gatos, de los que habitan allí, nos miraban con la indiferencia que solo los felinos son capaces de mostrar mientras practican una de sus envidiables posiciones de yoga.

De este hermoso parque pasamos a otro: Bosque El Olivar. Pleno de árboles centenarios en plena ciudad y cargados del fruto que convierte cualquier plato en una delicia oleosa y mediterránea. Para cerrar la tarde fuimos a ver el atardecer en otro espacio público que es un auténtico regalo:
el malecón, que es un capítulo, o varios.


La experiencia de ver el abismo entre la ciudad y el mar es impactante. De un lado una caminería que ocupan ciudadanos, ciclistas, patineteros, corredores y mascotas. Del otro el acantilado cubierto, en parte, por la hiedra; una gran cinta de asfalto –la Costa verde– que desde su construcción, en 1960, no ha dejado de ser blanco de críticas con argumentos tan sólidos como férreos defensores, y al fondo, el mar: el Pacífico. Todos estos elementos naturales y construidos arman un paisaje único al que se suman, en la cota marina, corredores de olas y parapentistas audaces. Ir a Lima tiene como tarea obligada esta vista, este paréntesis entre ciudad y naturaleza. Y es fácil porque, como  lo dice el título de esta crónica: en Lima todos los caminos llevan al mar.


Al menú de espacios históricos, sabores de una cocina de altura y el paisaje natural que brevemente les describí, hay que sumarle una oferta cultural que incluye museos tradicionales y muestras contemporáneas. El ejemplo perfecto para explicar esta dupla lo constituyen el Museo Pedro deOsma y el Museo Mario Testino [MATE]. A visitar este dúo de imperdibles me llevaron Mercedes y Fernando. Seguimos con la estela de queridos venezolanos por el mundo.

Hablando de los museos, ambos están en las antípodas en cuanto a contenido, aunque los separan solo unos pasos e incluso, puedes comprar una entrada y visitar los dos. ¡Qué bien lo valen! Detallo: el Museo Pedro de Osma lleva el nombre de quien dedicó su vida a juntar una gran colección del arte virreinal de los siglos XVI, XVII, XVIII, y XIX. Todas exhibidas en una casona de ensueño, espléndidamente mantenida y con guías de lujo. Ojalá que cuando vayas tengas la suerte de que Blanca Silva, historiadora y apasionada por su trabajo te contagie con su convicción la valía de aquellas joyas pictóricas.

El MATE está dedicado a exponer la obra fotográfica de Mario Testino, artista peruano y universal, que ha hecho vibrar los trapos de los más renombrados diseñadores de moda y también los de su Perú natal. 

Actualmente se exhibe allí una muestra de trajes ceremoniales del Cuzco junto a las últimas fotos que Testino le hiciera a Lady D, pasando por Kate Moss, Lady Gaga, por solo nombrar algunas de las celebridades que él inmortalizó. Es, además, una vitrina para artistas peruanos contemporáneos.




Todo esto y mucho más sucede en Barranco, zona poblada de hermosas mansiones que antes ocuparon los limeños de clases altas y hoy son hoteles, restaurantes, bares, tiendas. Entre sus calles corren la bohemia, el pisco sour y deambulan los espíritus de personajes literarios de Vargas Llosa y Bryce Echenique. Letras y amores. Tías y Octavias de Cádiz. Todas fueron, alguna vez al Puente de los suspiros.


Y siguiendo con la ruta cultural tengo que nombrar el  [MALI] y su colección de más de 3.000 piezas de arte peruano, emplazado en el Parque de las Exposiciones y cuidadosamente organizadas por período. Esta colección merece tiempo y dedicación para saborearla. El MALI además de exhibir arte se ocupa de sembrarlo. Cuando llegué sus espacios bullían en medio de las risas de cientos de niños de vacaciones entre creyones y lienzos.

Por último, apurando una semana de vivencias en cuatro cuartillas no quiero dejar de mencionar la fe volcada en iglesias, centenarias y contemporáneas. Me conmueve ver cómo el paso de los años, la prisa cotidiana, los problemas, no mellan la fe de muchos, ni la bonhomía de otros. Que eso es importante.

De este viaje corto e intenso agradezco especialmente la hospitalidad de Ana y Lucho, mis primos peruanos, anfitriones de lujo y cariño. También la compañía de Gabriela, Melanie, María Alejandra y Miguelina con quienes viví un pedacito de Lima pero, sobre todo escuché con mi acento las buenas nuevas de cada una de ellas en esas tierras; ya no virreinales sino latinoamericanas, que han abierto las puertas a tantos paisanos y como nuestra arepa, están rodando por el mundo.

¡Gracias!

Puedes leer aquí otros post relacionados...

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...