Cateedral Nuestra Señora de La Asunción

domingo, 17 de enero de 2016

Margarita es una lágrima... y una sonrisa

"... los venezolanos llevamos a esta gente por dentro, como si fuésemos un cuerpo 
que genera anticuerpos contra sí mismo."
 Francisco Suniaga

Luego de seis años sin visitar Margarita supe que tendría material para escribir una crónica de viaje de las que publico aquí con la etiqueta #SinElÁvila. Durante el viaje pensé que podría escribir dos crónicas contradictorias: una sobre la belleza de la isla y otra sobre lo que nos golpea. No contaba con que el libro que me llevé, Esta gente, del escritor margariteño FranciscoSuniaga, me daría la clave: escribir un solo texto con lo bueno y lo malo; lo oscuro y lo luminoso, porque ambas fuerzas dominan nuestro país y nos mantienen en un constante debate interno que duele y acaricia al mismo tiempo. 

Empújalo que es sincrónico
Hasta el puerto de Punta de Piedras llegó la batería de mi Fiesta Power. Festino no arrancó justo en el momento en que todos estaban apurados por salir del ferry. Pésima noticia en un país donde no hay nada; solo largas colas para conseguir cualquier cosa. Margarita, esa isla de la fantasía venezolana, donde comprabas de todo -importado y más barato- también está herida de gravedad. Ya las maletas no van vacías y vuelven llenas. Ahora llevan la comida que consumirá esa familia a la que le prestaron el apartamento en la Av. 4 de mayo, o aquella que alquiló una casa en Playa El Agua. Nosotros llevamos una batería moribunda. Para más INRI era viernes en la tarde... y los sábados no hay talleres... así que empújalo, que es sincrónico; espera el lunes y madruga a ver si consigues una nueva.

Y el lunes madrugamos. 

Antes de las 5 de la mañana llegamos a la Duncan Preguntamos... que si los papeles... que si tiene que estar el dueño... Cumplíamos con todo y nos tocó el número 97... ¡Reparten 100 números, estamos salvados!  Pues no, no te vistas que no vas. Batería para ese carro no hay. Son casi las 9 de la mañana y tampoco hay agua, no hay nada abierto... el año no arranca y mi carro tampoco. 

Empújalo que es sincrónico.

Menos mal que vamos a quedarnos en La Asunción. Allí podemos caminar y pedir un taxi para movernos a la playa. Cero drama. ¡Estamos en Margarita!


La Asunción es inmutable, nada interrumpirá su siesta de siglos.
Es imperdonable que habiendo ido muchas veces a Margarita no conociera La Asunción, capital del  estado Nueva Esparta, felizmente olvidada por quienes solo buscan playa, rumba y emociones fuertes. Esta gente  seguramente dirá: “en La Asunción no hay nada que hacer..." ¡Y tienen razón! No hay bares ni discotecas de moda. Mucho menos centros comerciales de aquellos que te sumergen en un universo global con tiendas más o menos iguales y un aire gélido, no frío. 

En La Asunción se respira una tranquilidad, un aire bucólico, que te hace olvidar por momentos las carencias y la inseguridad que estamos padeciendo. 
Cuando llegamos a La Catedral me estremeció su abrumadora austeridad. Cuatro siglos de belleza intacta. Sus muros están vestidos con una pátina que realza contornos; delinea bordes y a veces desnuda frisos. Es pródiga en campanas –aunque no suenen–. Tiene una a lo alto de un costado y dos a un lado de la plaza. Y un par de balcones de madera a los que es difícil resistirse. Adentro el blanco de sus paredes ilumina la oscura madera del techo. El suelo es un damero blanco y gris que sirve de fondo a los bancos llenos de feligreses.
 
La plaza Bolívar tiene a su vera otra plaza dedicada a Luisa Cáceres de Arismendi, heroína de luchas independentistas. Su estatua blanquísima se sitúa frente a la puerta principal de La Catedral, como si se dispusiera a entrar para rezar con los vecinos y pedirle a Vallita que todo mejore. Los niños juegan y montan bici mientras sus padres conversan tranquilazos. Hay varios grupos de amigos gozándose su plaza. En la tarde van a refugiarse allí los pájaros. Ese es el sound track que acompaña la tertulia vespertina.

Las calles de la Asunción conservan una buena cantidad de casonas antiguas o renovadas con materiales nobles: pisos de terracota o mosaico coloreado; techos de caña brava y tejas; paredes de colores que compiten con la luz local. Se adivinan zaguanes –yo entré a dos– patios refrescantes, molduras, cornisas y demás elementos característicos de nuestra arquitectura colonial. Y bastante verde. Un verde tropical y desordenado.

Pero lo mejor es su gente. Y no lo digo en afán populista –Dios me libre– sino porque siempre que pedí una dirección fui atendida con algo más que calidez. Un señor mayor, que descansaba en un banco de la plaza, se puso de pie para contestar mi pregunta y lo hizo, con un respeto y una naturalidad que yo creía olvidados. 


Frente a la iglesia se sienta una señora ofreciendo pan de leche y pan dulce. Dos clásicos de la panadería asuntina. Fue ella quien me dijo dónde quedaba el centro de estudios de cocina. Pelando los ojos preguntó: ¿el de Sumito? ¡Dos cuadras más arriba mi' ja! Tiene un gran muro amarillo. Lamentablemente era domingo y estaba cerrado. Otra excusa para volver.

Y hablando de amarillo me enamoré de una casa color pollito y molduras blancas, frente a la plaza Bolívar. Pensé que era una posada porque vi salir de allí a una muchacha que se sentó en un cafecito contiguo. Traspasé el umbral y tropecé con una biblioteca cuyos libros estaban cuidadosamente clasificados. Entonces pensé, es un centro cultural. Pues no. Es la casa de una asuntina hija de alemán, que no solo no nos corrió de su casa, sorpresivamente  ocupada por un par de extraños sino que nos explicó que su papá era aficionado a la lectura y esa era su biblioteca particular. Absolutamente ordenada.

¿Y qué decir del puesto de empanadas más famoso de La Asunción? Siempre lleno de gente. Quienes lo atienden pasan horas frente al fogón hirviendo. Luego se van como todo margariteño cuando el sol aprieta. Así que cero empanadas al mediodía y como hasta las cuatro de la tarde, pero vale la pena esperar. 

Nueva Cádiz tiene su museo y un guía enamorado de su trabajo. Nos abordó con una sonrisa mientras preguntaba: ¿de dónde son? ¡De Caracas-Venezuela! Como nos reímos dijo que así se desquita de los caraqueños que lo molestan con el zi, zi, zi cuando lo oyen hablar con el clásico seseo margariteño. Edison compensa con simpatía y entrega la pobre museografía dedicada a narrar las historias de perlas y arqueología de Nueva Esparta. Es tan aplicado, que cuando no tiene respuesta a alguna pregunta la apunta para consultarle a la historiadora. No contento con describir en detalle lo que se exhibe en las salas del museo, nos guió hasta el antiguo convento, hoy Palacio Legislativo y nos mostró  el puente más antiguo de La Asunción. El museo guarda dos piezas notables de Cristo, en madera, que pertenecieron a La Catedral y hoy reposan allí.

En nuestro recorrido vimos cómo las colas para comprar comida superan las de Caracas y bajo pleno sol zigzaguean desde la madrugada. Eso es tan indignante como ver los camiones de Corpoelec con el lema de “ponte en la onda verde, reduce el consumo” mientras el alumbrado público está encendido a las dos de la tarde, despilfarrando lo que no tenemos; porque la luz en la isla se va a cada rato. Esta gente que nos gobierna no sabe que el ejemplo es la mejor forma de educar.

“El centro de la ciudad nunca estuvo tan descuidado en su ornato y eso era un hecho…” “Las cubiertas metálicas pintadas de diversos colores que se habían implantado durante las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado para decorar almacenes del puerto libre –con las que ocultaban las fachadas de las casonas de adobe y tejas de Porlamar antes destinadas a vivienda–, colgaban rotas, desvencijadas; marcos de tiendas cuyas vidrieras eran cada vez menos atractivas y más pobres…”

Playa Guacuco está tan bella y concurrida como siempre, aunque los precios asustan cuando no espantan. Un par de sancochos, una cerveza y un agua mineral superaron la cuarta parte del salario mínimo, pero eso no es nada para quien trae divisas y nuestra devaluación volvió a traer turistas de Brasil y Argentina. También había algunos vendedores de bisutería y sombreros y una muchacha que convierte una cava en su mini tienda de obleas. La oblea ya es una fija de nuestras playas, junto a las conservas de coco y las tortas. ¡El venezolano sí es dulcero!

Me incluyo. 

Los precios no son más bajos en la popular playa de Pampatar, adonde fuimos a comer luego de visitar el Castillo de San Carlos de Borromeo. Este último supuestamente en restauración, aunque no vi ningún trazo de obras ni de mantenimiento.  El resultado de una visita a cualquier edificio público es el mismo: el  problema no es la infraestructura sino la gestión. Ese afán populista de entrada libre –y decisiones en manos de personas no calificadas ni bien asesoradas– solo ofrecen actividades inconexas que, en muchos casos, nada tienen que ver con el edificio de marras. Eso sí, desde el Castillo de Pampatar se ven hermosos atardeceres. El mar es buena compañía y al frente está la iglesia del Cristo del buen viaje, al que todo pescador se encomienda antes de salir a la mar. La mar azul, espléndida, generosa en toda su femineidad margariteña. ¿A quién se le ocurre por esos lares decir el mar?


Finalizado el viaje no nos quedó otra que contar con la buena disposición del venezolano para seguir empujando a Festino hasta el ferry. Pensábamos que en tierra firme, o sea en Puerto La Cruz y en Barcelona, la búsqueda de la batería sería más fructífera. Cuando llegamos constatamos cuan equivocados estábamos, al averiguar que allá las colas no son de uno, sino de dos y hasta tres días. 

¡Me rindo!

Volvimos a Caracas sobre ocho ruedas, como copilotos de un chofer de grúa callado y eficiente. Cerré la última página del libro de Suniaga convencida de que nadie como él ha desentrañado el sino que nos acompaña los últimos años. 

“¿Cuándo comenzamos a ser esta gente para nosotros mismos?
.
Nota: Los textos entre comillas y en itálica son de la novela Esta gente, de Francisco Suniaga. Cyngular, 2014

miércoles, 30 de diciembre de 2015

CARACAS


Aunque cada vez publico menos en éste, mi primer espacio dedicado a Caracas y  lo bueno que tiene para ofecernos, no quiero que termine el 2015 sin dejar registro fotográfico de mis andanzas caraqueñas y las maravillas que en ellas encuentro.

Ahora publico mucho más en Instagram y en Facebook, porque recibo más feedback. Así que aquí les dejo la selección de Instagram basada en los "Me gusta" que recibieron mis fotos.De izquierda a derecha y de arriba a abajo, les cuento detalles del sitio en el que fueron tomadas.

Solo eso y desearles todo lo bueno para el próximo año: salud, amor y tiempo para disfrutalos.

1. De la serie #CaracasDeRetro va esta ráfaga de motorizados en la autopista Francisco Fajardo. Tomada desde mi carro, lugar donde paso varias horas al día.

2. De la serie #Portones. Color, geometría y creatividad convierten este "mal necesario" en una vitrina de diseño interesante. Me alegró mucho que esta foto fuera destacada en la #TareaDomingoRMTF concurso semanal que propone el fotógrafo venezolano Roberto Mata y que ya llega a 60 ediciones dominicales.

3. Aula abierta. En mi #UCV, por supuesto. En uno de mis espacios favoritos de la Ciudad Universitaria: los pasillos donde los estudiantes comparten y aumentan sus conocimientos.

4. #ArteUrbano es lo que sobra en Caracas, convirtiéndola, como decía el Arq. William Niño Araque, en una ciudad museo. En este caso se trata de una obra del Maestro Carlos Cruz-Diez ubicada frente al Centro Plaza, en la Av. Francisco de Mranda.

5. Balcones del edificio Marialaya. Lugar donde viví durante mi infancia y que hoy se encuentra tan bello como entonces. El Marialaya es uno de tantos edificios que representan la modernidad caraqueña. Momento de esplendor de nuestra arquitectura local.

6. La capilla de #ParqueCentral inserta en ese gran complejo residencial, comercial y corporativo, obra de los arquitectos Siso y Fernández-Shaw. También detacada en la #TareaDomingoRMTF ¡Gracias!

7. Mi #Ávila visto desde la calle Santa Ana de El Cafetal. Mi norte, mi cerro. Lo que más extraño cuando dejo Caracas.

8. #ArteUrbano el que más me gusta porque puede ser visto por todos y a toda hora. En este caso se trata de una escultura de Francisco Narváez, ubicada en la Plaza Carabobo, junto a la estación del Metro Parque Carabobo.

9. Y por último, en esta selección de 9 #ImágenesUrbanas les dejo la escalera del Edificio Royal Palace, regia en sus detalles y en la selección de los materiales. 


 ¡Feliz 2016!

martes, 11 de agosto de 2015

Sin sombra no hay luz

FOTOGRAFÍA: LIBRO LIBRE, TOMADA DE FACEBOOK

La foto de un árbol -otro- convertido en astillas y publicada en Facebook por Libro libre,  un cuenta que sigo y admiro, detonó una aireada protesta de mi parte que se hizo eco y estalló en insultos del coro feisbukeano. El blanco, o más bien el Blac fue ese reducto de paz, excelentes dulces y mejor atención al final de la calle Madrid de Las Mercedes: Madame Blac.

Estamos mal. Qué novedad. Pero lo resalto porque vivimos una abundancia de carencias   -vaya paradoja- y abusos de todo tipo. Y en relación a nuestra exuberante flora y a esas grandes especies de árboles sembrados en aceras doblegadas por sus raíces y calles sedientas de puestos de estacionamiento, hemos visto caer, recientemente, varios árboles centenarios, en Los Palos Grandes y La Castellana. Por eso algunos profesionales, como Melín Nava, han hecho las denuncias correspondientes ante las autoridades del municipio Chacao. 

Pero aquí estamos hablando de Las Mercedes y de cómo los carros han invadido unas aceras ensanchadas hace pocos años -supuestamente- para beneficio del peatón... y cada vez son menos aceras y más calle... considerando que todos estacionan allí sin contemplación alguna por los caminantes. Y la zona prevista para estacionamiento, paralela al río Guaire, muy pocos la usan... En fin.

A las pocas horas de la protesta on line surgieron varias voces profesionales -Hannia Gómez, caraqueña conservadora y Carolina Figueredo, custodia de Villa Planchart, uno de nuestros tesoros modernos, acotando que sí, era lamentable la pérdida vegetal pero el árbol amado estaba irremediablemente enfermo.

FOTOGRAFÍA: RAKEL GONZÁLEZ

Una de las cosas que reclamábamos los indignados por la pérdida de ese árbol centenario, suerte de paraguas de la terracita de acceso a Madame Blac, era el silencio de la alcaldía de Baruta. Entonces Rakel González, funcionaria de la alcaldía baruteña, nos envió dos fotos que constatan la enfermedad terminal del árbol la cual llevó a la decisión de derribarlo para evitar su colapso y consecuente daño sobre personas y bienes.

Acoto además, la delicada explicación que me ofreciera Pedro Emilio Coll, propietario de Madame Blac donde ratificaba que, a pesar de sus esfuerzos por salvar ese paraguas gigantesco que se había quedado para siempre sin hojas, hubo que sacrificarlo, según la recomendación de varios expertos consultados. Ellos mismos están consternados por el desafortunado desenlace.
FOTOGRAFÍA: RAKEL GONZÁLEZ

Dejo esta crónica como testimonio de lo ocurrido y mi aprendizaje: hicimos leña del árbol caído -literalmente-. Huérfanos de información, como estamos los ciudadanos y amantes de nuestra flora y fauna, hubiéramos agradecido la noticia oportuna de esta situación. Así no sumaríamos la rabia a la tristeza de ver perdida otra copa, aunque ya no diera sombra.

domingo, 12 de julio de 2015

VICTORIA SABROSA


La avenida Victoria y Vanessa Rolfini comparten tres cosas: la inicial de sus nombres, el gusto por la comida y la vida vecinal. Puedo seguir con las coincidencias: V de Venezuela; territorio abierto a inmigrantes que sembraron el gusto por sus sabores dejando saberes. 

A disfrutar esto fuimos 19 caraqueños ávidos de recorrer un sector lleno de historias y personajes amorosamente ligados a la gastronomía. Aquí va mi crónica escrita con el olor y el sabor de la matinal jornada en la Av. Victoria. 

Nos enconcontramos en la Plaza Los Símbolos. Ícono patrio que rinde homenaje a la bandera, el escudo y el himno nacional. De allí, partió una caminata que se extendió hasta pasado el medio día y nos dejó con ganas de seguir descubriendo los rincones de esta avenida ancha, de edificios bajos y alta calidad arquitectónica. La Av.Victoria está plena de obras construidas por italianos, que vinieron allende los mares, atraidos por las oportunidades que ofrecía nuestra tierra de gracia a esos seres golpeados por la gran guerra. Aquí encontramos patrones repetidos en otras zonas de Caracas: pavimentos de granito y mármol policromado; cornisas orgullosas, pérgolas, portales y un gran cuidado en los detalles de herrería. Han pasado más de 60 años desde entonces y el tiempo y la desidia han hecho estragos en las fachadas , a pesar de que la Av. Presidente Medina -su nombre "oficial"- tiene una declaratoria como Bien de Interés Cultural de Venezuela, poco o nada se ha hecho por rescatarla.

Recientemente la alcaldía de LIbertador, bajo el programa Barrio nuevo, barrio tricolor, ha emprendido unos trabajos de maquillaje. No puedo llamar de otra manera al hecho de pintar los edificios sin saber cuál es el criterio y olvidando por completo la noción de conjunto que implica la recuperación de aceras y el alumbrado público. En fin.

Pero vamos a lo que vinimos: a contarles de los placeres gastronómicos que conocimos gracias a Vanessa Rolfini y a sus vecinos hospitalarios y generosos. La Ruta golosa, así la llama su creadora, se repite cada 2° sábado del mes. Así que pendientes porque es muy recomendable, grata y ¡pruebas delicias!

El desayuno nos soprendió en el 4° piso de la Clínica Las Acacias; donde fue a dar el hijo mayor de la famosa panadería Guayana, una vez que ésta le cerró sus puertas: arepitas rellenas de perico, carne mechada, jamón y queso -junto al primer café de la mañana- nos cargó las pilas para continuar. No los probamos pero cuantan que sus dulces son de antología. Recomendación: para desayunar rico no hace falta hacerse ningún examen médico.


En la esquina de la Av. Victoria con la calle Guayana se encuentra el edificio Ars nova -joya de la modernidad caraqueña- y abajo está Omaira con su sonrisa y la mejor tizana de la zona. 
Muy cerca se ubica una familia italiana -cuya tercera generación nos saluda desde su cochecito- que vende antipastos caseros de berenjena y calabacín, junto a otras delicias venidas, no del Mediterráneo, sino de la Colonia Tovar. Los vecinos guardan los frascos donde la nonna envasará sus delicias. Este gesto muestra el sentido de colaboración y arraigo de los habitantes de la zona.

Lo de la panadería Roma fue como una de esas bacanales que hacían los antepasados del pastelero Geraldino: bandejas de pizza, pan de leche, torrejas, profiteroles, mil hojas y demás maravillas rellenas de crema pastelera, fueron a dar a nuestra mesa y de allí in bocca. Entonces dimos por ciertas las palabras iniciáticas de Vanessa: ¡comeremos mucho! 
Al frente de la panadería Roma se encuentra un local con pinta de taller de electrodomésticos, pero es un rinconcito donde preparan unas exquisitas empanadas chilenas. El gentío a las puertas presagia lo ricas que son.

La próxima parada estuvo llena de granos, frutos secos, dulcería a granel y enlatados en el Rincón del grano. De allí salimos con un cotillón de maní y pasitas.

A la hora del café nos acercamos a Billares Nico. Ya no funciona el billar. Los jugadores fueron poco a poco vencidos por el paso de los años y, lamentablemente, no dejaron relevo. Así que Nico está remodelando el local donde prepara el mejor café con sus manos expertas y una Gaia rodeada de fotos y muchos recuerdos aromáticos.
Luego nos esperaba Richard con el mejor queso Palmizulia que he probado en años acompañando unas tiernas hallaquitas de hoja. No puede ser de otra manera porque cuenta Vanessa que Richard es muy celoso en la selección de los productos que ofrece en D'Richard; la esquina de los fiambres. Así que resolvimos la compra de la semana.


Con el sol en el cenit y la promesa de una deliciosas quisquillas tornamos en dirección este hacia la pescadería de Franco Giambanco, quien, junto a su hijo Vito ofrecen delicias de mar y río. Gracias a la sociedad que concretaron recientemente con un peruano, en sus neveras se mezclan los sabores del Caribe y del Pacífico con los ancestros Mediterráneos. Saltaron quisquillas tempurizadas y ceviche, justo lo que necesitábamos para acompañar una cerveza helada en el Bar Sol puesto. Donde Vanessa se pone con frecuencia un par de cervecitas acompañadas de salsa brava. Hasta aquí llegamos. Barriga llena, corazón contento y alma repleta de ciudad y grata compañía.

Para anotarte busca a Vanessa Rolfini en las redes: @vrolfini y vive una experencia de gastronomía divertida y gratificante.

sábado, 4 de julio de 2015

CIUDAD UNIVERSITARIA DE CARACAS

La Ciudad Universitaria de Caracas, obra magna de la arquitectura moderna en Venezuela, siempre tiene algo que enseñarnos. Hoy hice un nuevo recorrido, cámara en mano y en compañía de varios caraqueños ávidos de saborear lo hermoso de nuestra ciudad. El guia fue Rodrigo; un joven entusiasta que forma parte del grupo de Urbanimia

Aquí dejo algunas fotos y comentarios sobre este día hermoso en mi UCV.

Toda la luz del trópico entra a la Biblioteca Central mitigada por la cubierta del corredor.












A la derecha el pasillo cubierto se funde en el verde.
 Los pasillos cubiertos son una lección del Maestro Carlos Raul Villanueva y su  forma de adaptarse al trópico. Sol y sombra entre el verde.

 Mateo Manaure es el artista venezolano con mayor número de obras en la Ciudad Universitaria de Caracas. Aquí una muestra representativa de su propuesta geométrica.

A la izquierda el libro y la lira en esta escultura de Francisco Narváez.










Hasta la "espalda" del mural de Fernad leger, emblema de la Biblioteca Central, es hermosa.

El Mastro Francisco Narváez, quien ya había trabajado junto a Villanueva en El Silencio, nos dejó varias obras en la CUC. Aquí vemos una en la terraza de la Facultad de Medicina.




Víctor Vasarely (a la derecha)
pinta con la luz reglándonos una obra distinta a lo largo del día.









Mateo Manaure (a la izquierda) viste con un mural la fachada de la Sala de Conciertos.

miércoles, 3 de junio de 2015

Musa, papeles oterianos.

Federico Vegas -reconocido escritor venezolano- dice con frecuencia que Caracas tiene el futuro en su pasado reciente. Se refiere, el también arquitecto, a la profusa muestra de Arquitectura moderna que los caraqueños vemos deteriorarse cada día y que, durante la década de los '50, nos puso a la vanguardia en este periodo arquitectónico.

Sí, Caracas una vez fue referencia mundial de Arquitectura Moderna. Mayúsculas intencionales. Y es precisamente de ese periodo y del arte cinético de donde proviene la muestra que nos trae Pedro Terán Alcántara: Musa, papeles oterianos.

Pedro Terán le hace honor a una promesa que hiciera en el año 1982, en ocasión de la participación del Maestro Alejandro Otero en la Bienal de Venecia. Hoy, muchos años después, la Concha acústica de Bello Monte esplende en  múltiples técnicas seleccionadas por este artista conceptual, para dejar en evidencia la hermosura de un anfiteatro al aire libre, rodeado del verde caraqueño y el estado de abandono en que se encuentra.

Fotografías de objetos encontrados; análisis de la paleta de colores y su impacto en ese abanico que se abre al espacio abierto; contraposición de mosaicos en su estado actual y su representación digital; rescate de los coloritmos oterianos que vemos diluirse en el tiempo; un video retador y hasta una pelota cuyo trazo azaroso deja su huella roja sobre un muro. 

Esta exposición más que un trabajo plástico es el testimonio vivo de un patrimonio moribundo. La memoria que nos recuerda qué fuimos y en qué nos hemos convertido. Una paradoja donde el objeto de culto deja de ser ruina para dar vida a su representación.

La célula de este hecho creativo es la musa -no aquella en quien pensamos cuando hablamos de inspiración- sino ésta: cuadrado de vidrio de mínimas dimensiones en repetición ordenada y armónica: el mosaico.

Otra tarea pendiente en Caracas: restaurar el espacio arquitectónico y ocupar el espacio urbano; ágora para el teatro, la música, la danza, el cine. En fin, para la civilidad. Así sea.

jueves, 21 de mayo de 2015

¿Emprendimiento?

Lo que llamó mi atención no fue la cantidad de motos sobre la acera. Lamentablemente, esa escena ya es común en Caracas. Lo que me extrañó fue lo uniforme de la "cobertura" de dichas motos: un cartón primorosamente ubicado encima del asiento de cada una.

Luego vino el asombro.

Un muchacho -previa colonización de un pedazo de la escalera- se sienta allí y ofrece a los motorizados dos servicios: cuidarles el casco, es incómodo hacer las diligencias de rigor con él y proteger la moto del sol inclemente o la lluvia que claman nuestros árboles. Las cajas manan de un agencia que trae por correo todo lo que no podemos comprar aquí. Y son gratis.

Dada nuestra situación económica cualquier rebusque es bueno. 

Ya teníamos varios tigres:
Dalero: -Dale mami, te ayudo a estacionar y te "cuido" el carro.
Moto taxista: No ahondaré en este nuevo modo de vida tan extendido en Venezuela.
Bachaquero: se limitaba a operar en las fronteras comerciando lo que -por razones de la devaluación- era negocio comprar aquí y vender en Colombia o en Brasil. Ahora, no hay negocio lícito más lucrativo. Comprar los productos a precios de ficción -esos que llaman regulados- y venderlos a precio de lo que no hay, o sea, muuuuy caro. No hay producto más caro que el que no se consigue.

Ahora sumamos éste. ¿Cómo lo llamamos? ¿Cuida motos?

Oigo propuestas.

lunes, 13 de abril de 2015

7 templos caraqueños y la fe intacta

Llegamos a La Candelaria justo a tiempo para comenzar el recorrido por los siete templos. Vanessa Rolfini Arteaga —periodista y cazadora de sabores— convocó por Facebook a quienes quisieran caminar por nuestro casco histórico el Viernes Santo. 

Ese centro que alberga quién sabe cuántas iglesias y seleccionó siete para este recorrido. Cumplir con el rito ancestral, abrazar amigos queridos, patear nuestra ciudad y sentirnos ciudadanos es maravilloso.
 
La iglesia de La Candelaria nos muestra su fachada recien pintada. Azul pastel y blanco fueron los colores elegidos por la alcaldía de Libertador. Lo primero que me alegra es ver tanta gente y constatar la superficialidad de aquella máxima: “en Semana Santa Caracas se queda sola”. Nada mas falso. Las playas se llenan, sí, pero las iglesias también. La fe sigue intacta. Incluso se fortalece. Es tanto lo que tenemos que pedir. O lo que tenemos que agradecer. Conmueve ver la multitud variopinta. Predomina el morado de la promesa, pero Caracas se muestra en su amplia paleta mestiza.

Desde La Candelaria empieza el recorrido y Vanessa no resiste la tentación de un aliado. ¿Quién puede ir al centro sin probar un dulce criollo?

Seguimos hasta la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Neogótico caraqueño envuelto en blanco. Suspiro porque no veo las imágenes de la fachada principal. ¿Dónde estarán? Lo que sí hay es un gentío adentro y otro tanto afuera esperando turno para entrar.

Mientras caminábamos al templo de San Francisco recuerdo aquella leyenda de mi infancia que hablaba de una virgen tallada en la ceiba. Adentro de esa gran iglesia la marea humana nos mece a paso lento y creyente. Al vaho de la multitud se suman incienso y mirra. Vanessa contaba cada tanto sus fieles seguidores —44 apóstoles citadinos— y condimentaba el paseo santo con datos sobre cada templo.

Cuando arreció el calor nos encontramos con una sorpresa en la esquina de Gradillas. Del interior blanco y negro del Bistró Libertador brotaron limonadas de un verde encendido. Limonero del Señor que nos curaste de aquellas pestes decimonónicas, líbranos ahora de las pestes contemporáneas: inseguridad, corrupción, escasez, inflación, represión.

Te lo pedimos Señor.

Más arriba espera nuestra humilde y alba Catedral. Con su torre enana desde el último terremoto que la estremeció. Y sus campanas. Desde la plaza Bolívar llegan unas Siete Palabras para los que no caben en los templos. Al rumor del gentío y la homilía se suman los que exigen firmas contra el decreto de Obama. Quiero ignorarlos, pero más que sus voces lo que abruma es el escándalo visual de afiches, pendones, grafitti, mosaicos, carteles, todo un aparataje visual del gobierno que ensucia nuestro centro. Ya sé adónde irán a parar los impuestos que acabo de pagar.

Retomo el paso. Llegando a Santa Capilla veo que su fachada principal clama cuidados y pintura. Ojalá esta vez le bajen dos al color mandarina de la última intervención. Me detengo en esa imagen única del ángel venciendo al diablo en lo más alto del templo. Admiro la pericia de los carpinteros que tallaron puertas y ornamentos.

El gentío sigue intacto. La fe también. La avenida Urdaneta es un hervidero de fieles bajando de la iglesia de Las Mercedes. Antes de llegar ahí nos detendremos en Altagracia. Pardos somos y como tales, esa es la iglesia que nos corresponde. Los mantuanos rezaban en Catedral. Qué tiempos aquellos. Hoy, el templo del dios dinero se yergue poderoso a pocos pasos de la iglesia de Las Mercedes.

Cumplida esta última estación espiritual fuimos a deleitar el paladar en la Casa de la Historia Lorenzo Mendoza. Su patio, la frescura de sus fuentes,  sus hermosas salas —restauradas por el arquitecto Luis Guillermo Marcano Radaelli— esplenden de belleza. Varias mesas rodean al fogón de donde salió un róbalo celestial, solo superado por la delicadeza del mango que lo acompañaba.

La sobremesa fue sobre grama. Mirando al cielo azul y las ramas de otro mango.


Gracias Caracas. Gracias Vanessa Rolfini. Espero repetir la próxima Semana Santa.

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