Estoy a dieta informativa así que no oigo radio, no vaya a ser cosa que empiece aquel hablando, hablando, hablando… sigo cantando, bailando, la música va más rápido que los carros. Viendo el naranja, el rosado, el amarillo, el morado instalados sobre el verde perpetuo, hermoso, de las acacias, de los apamates, de los gallitos, de los samanes, de los caobos… Ya empezó a llover, la lluvia tumbará las flores, no importa, nos va dejando un reguero de colores sobre el ardiente asfalto, negro asfalto, gris asfalto, hueco asfalto, tronera asfalto, olvidado asfalto…

Frente al liceo hay dos adolescentes zampando, perdón, si no tienes un adolescente en tu casa no sabes que los adolescentes ya no se besan, zampan… mientras tanto, contestan un mensaje de texto, no abren los ojos porque ven las teclas con los dedos. Zampan mientras comparten la música, un audífono en cada oreja, nunca nuestra canción lo fue tanto, también les queda tiempo y espacio para meterse mano…
Están hechos así, multifocales, multiauditivos: varios pares de ojos y orejas para I pod, celu, besos, manos, bocas, brazos, morrales, la franela kaki por fuera, los ruedos largos, pisados, rotos, ¡no me fastidies mamá!... Los niñitos del colegio de enfrente los miran con una mueca en la boca: ¡Qué asco! todavía no saben que harán lo mismo dentro de poco, tan poco, que sus padres no se darán cuenta cuando cambien el puchero por la eterna mueca desaprobatoria… Bailando, trasnochando, corriendo, saltando, hablando, chateando, emiliando, feisbuqueando, abrazando, fumando, echando carro en el colegio, en el liceo, en la casa… no importa, también la adolescencia pasa rápido, 14, 15, 16, 17 años no se tienen dos veces. Aprovechando, viviendo, creciendo, disfrutando.
Anoche no pude dormir, la salsa, el reguetón y el merengue se instalaron hasta las 5 de la mañana. Hoy no me despertó el celular sino las guacharacas, los torditos, las palomas, las guacamayas, los pájaros de Caracas se levantan antes que las cornetas –¡qué maravilla!– y arman esa bulla de selva en plena ciudad…
Ciudad escandalosa, ruidosa, tormentosa. ¿Dónde quedó el silencio? No sabemos, nadie sabe ni quiere saber. Al que le moleste que se vaya, y se van, cada fin de semana largo, cada puente huyen despavoridos, abandonan las colas en las calles, en los cines, en los centros comerciales , en los bancos, en el mercado para hacer colas en las playas, en las piscinas, en los ríos, en las montañas, lo malo es que vuelven, no soportan nuestra ciudad pero vuelven y se quedan, se quejan pero se quedan…
Abajo está el Guaire arrastrando basura, cauchos, botellas, limitado por esas carteleras horrendas que pinta el SENIAT, quién les dijo a ellos que las márgenes del río se pintan de amarilloazulyrojo la bandera de los piojos, decíamos cuando estaba en el colegio. ¿Qué dirán ahora los niñitos en el cole? No sé, mi hija ya es adolescente, mis sobrinos mayores ya crecieron, son adultos en ciernes, mis sobrinas menores no viven aquí gracias al exilio voluntario que vamos viviendo, soportando, aguantando, su bandera es la de las rayas y las estrellas… 
Pero decía que ahí va fiel, marrón, beige, kaki, pardo, sepia, el Guaire, una herida abierta, purulenta, que nos parte la ciudad en dos. “Yo prefiero cruzar el Orinoco que el Guaire” dice Valentina Quintero, y muchos piensan así, aunque no lo digan o no sean tan ocurrentes, o no hayan llegado al Orinoco, pero ella es privilegiada, vive en Los Palos Grandes, una de las pocas zonas de Caracas donde te vas caminando, paseando, conversando al mercado, a la panadería, al colegio.
La mayoría lo cruzamos varias veces al día y si no, lo acompañamos en su trayectoria este-oeste encaramados en una camionetica, en un carro a 5Km/hora, en el Metro que está cada vez más revolucionario, más ineficiente, más agresivo, más sin aire acondicionado, más sin escaleras mecánicas…
Seguimos marchando, protestando, reclamando por la falta de agua, por la inseguridad, por la educación, por la libertad, seguimos trabajando, estudiando, hablando mal del gobierno eterno, comprando, saliendo, comiendo, tomando, viviendo, oyendo, viendo lo que nos está pasando como quien oye llover en Macondo pero estamos en Caracas, como decían antes: jodidos, pero en Caracas.































La más gráfica y no menos cómica la hizo Federico Vegas. Según él la revelación le llegó apenas esa mañana, frente a un plato donde lo esperaba relajado un huevo frito. “La claridad de su perímetro perfectamente definido (no olvidemos que Federico es tan arquitecto como escritor); su absoluta finitud y su indiscutible condición de ser exactamente lo que es retrata sin lugar a dudas al cuento. Intacto en su forma, llano en sus personajes”.
Pero este autor que va desde libros sobre arquitectura: El Continente de Papel (1984); Venezuelan Vernacular (1985); Pueblos, Venezuela 1979-1984 (1986) y ,La Vega una casa colonial (1988), comenzó en los años noventa a publicar libros de cuentos: El borrador (1996); Amores y Castigos (1998) y Los traumatólogos de Kosovo (2002). Sus sensibles y bien fundamentados artículos de prensa y ensayos están recogidos en La ciudad sin lengua (2001) y La ciudad y el deseo (2007). En 2005 publica lo que hasta el momento ha sido su mayor éxito editorial, Falke. En 2006 publica Historia de una segunda vez y Miedo, pudor y deleite en 2007.
Mientras escuchaba a estos cuatro autores venezolanos con esa calidez que transmite el que se sabe entre amigos, me envolvió la ensoñación de ver a Federico en esas largas noches en vela que pasamos todos los que alguna vez estudiamos arquitectura. Es fácil imaginarlo hilando frases, rodando comas, descartando adjetivos en algún lugar escondido de su mente, mientras sus manos se movían creando espacios, dimensionando estructuras, dibujando ventanas que se abrirían años más tarde para darle luz a cada uno de sus cuentos y develarnos los secretos mejor guardados de sus personajes. Así es la vocación. Una fuerza telúrica que todo lo invade y que tarde o temprano se abre paso por inadvertidas rendijas.
Donde quiera que estén el abuelo que murió bajo una carpa; José Sigala, quien pintaba con una cámara fotográfica; Billo, el que le sigue cantando a Caracas muchos años después de haberse ido; Marcelino que se perdió en ese laberinto sin hilo de Ariadna de la memoria senil y Marco Aurelio, encantador y despreocupado –por citar sólo algunos de los entrañables personajes que Federico dibuja para nosotros en 

Las zonas màs elegantes siguen siendo Coconot Grove y Coral Gables, plenas de verdaderas mansiones con jardines magnìficos y un cierto aire entre "colonial" y "mediterraneo" no sè, la mayorìa de ellas se me antoja muy ostentosa.
La inefable calle 8, emblema de la colonia cubana sigue allì, firme, plantada en edificaciones de escasos 1 o 2 pisos que ofrecen bares y restaurantes a propios y extraños. Aunque eso poco a poco està cambiando. Como me apuntò Segundo, mi cicerone ex-compañero de la universidad, Miami sòlo puede crecer hacia arriba porque sus lìmites terrestres ya fueron alcanzados, de modo que donde habìa dos o tres casas se estàn construyendo condominios que aumentan la densidad de esta zona que ha ido encarecièndose con el tiempo y que no escaparà al crecimiento de esta ciudad indetenible. 










La nueva cara de la
La sede de la 


A la tradición de 

A la 












La lúdica presencia del agua y sus grandes áreas de juegos de ingeniosa factura atraen por igual a niños y adultos. Su flora es la típica de la zona lo que favorece su mantenimiento y, las aguas –que salpican los laberintos metálicos concebidos por sus creadores– son recicladas, lo que lo convierte en un espacio auto sustentable.





Un complejo conjunto de oficinas y comercios erigido sobre las ruinas de uno de los edificios que fuera referencia de lo mejor de la arquitectura de los años ’50 en Caracas, el edificio Galipán, en su valla informativa apenas da cuenta de los inversionistas financieros y los futuros usuarios. Nada sobre sus arquitectos y/o promotores.

Mis primeros recuerdos del Parque del Este –como los de muchos caraqueños– se remontan a mi infancia. Para cualquier niño es una fiesta el sólo hecho de oír la palabra “parque”. Magia. Llave que abre un mundo de posibilidades que empiezan y terminan en diversión. Pero en el Parque del Este la cantidad de opciones era aún mayor. Un lago enorme salpicado de lanchitas nos llenaba el estómago de mariposas que revoloteaban sin cesar por la emoción de navegarlo y el miedo a caernos; helados y refrescos calmaban la sed después de cada carrera; un emocionante recorrido nos enseñó a descubrir la diferencia entre tigres y leopardos.
Le debemos la risa que nos provocaban los monos y una que otra lágrima, cuando el globo que amorosamente nos compraron iba a parar a la copa de alguno de sus hermosos árboles. Claro, ninguna visita estaba completa si no abordábamos el trencito con un algodón de azúcar y la suave brisa se encargaba de mezclar azúcar, sudor y las lágrimas.
Con la llegada de la adolescencia mi vida se alejó de sus límites. Y las diversiones migraron a salas de cine en centros comerciales. Por fortuna, más tarde otro gran parque me esperaba. Ese que gracias al genio de Carlos Raúl Villanueva entra por cada bloque calado en la
Pero la vida es una rueda y en uno de sus giros regresé a vivirlo a través de los ojos de mi hija. Presencié con nostalgia que los felinos languidecían en sus jaulas; que la tierra seca ganaba terrenos inmensos donde antes relucía la grama y que el trencito ya no pasaba por la sinuosa caminería que 
Ahora a un gobierno sordo y ciego –con el perdón de quienes sí padecen estas minusvalías– se le ha ocurrido “honrar” la memoria del precursor de nuestros próceres independentistas construyendo dentro del majestuoso lago 9 del Parque del Este un monumento que es a la vez, réplica de la nao en que llegó Miranda a suelo falconiano, museo, y quién sabe cuántas cosas más.
¿Qué afán de invadir espacios tienen estos “ideólogos”? ¿Por qué mancillar con semejante intervención una obra maestra del paisajismo universal que clama por ser conservada y mantenida en su justa dimensión? ¿Por qué erigir –o debería decir hundir– un monumento a Miranda bajo las aguas del lago 9?
Francisco de Miranda es el nombre de una de las avenidas más hermosas de Caracas. Amplia y larga acompaña en su sinuoso recorrido a Chacaíto, Chacao, La Castellana, Altamira, Los Palos Grandes, La Carlota, los Ruices, Boleíta, El Marqués y termina con un giro en la redoma de Petare. El mejor homenaje al héroe de marras se lo está haciendo la 


.... La basura casi nos inunda. Pero nuestras autoridades no han entendido que el problema no es sólo "recogerla" sino "clasificarla". Mientras sigamos botando en la misma bolsa: periódicos, botellas de vidrio, conchas de tomates, pañales desechables, pilas, latas y botellas plásticas no hay camión de recolección que valga.
...Y cualquier lugar es bueno para descansar. Especialmente cuando el tráfico es denso y el calor agobia.
CICATRÍZ / Juan Carlos Sosa-Azpúrua / Planeta










Caracas siempre nueva










