domingo, 8 de junio de 2008

A veces creo que soy un árbol

El viernes 6 amaneció oscuro. La noche del jueves se apagó una luz, la luz que emitía el poeta Eugenio Montejo. Nos queda su poesía universal y nuestra. Nos queda el recuerdo de su mirada limpia, de su presencia exacta.

La primera vez que lo vi fue hace unos 5 años, en el último Festival de poesía que organizó Santos López en el Centro Cultural Corp Group. Hasta ese momento Montejo era para mí un poeta indispensable. Pero allí se me reveló además como un gran intérprete. La organización del Festival dispuso para la ocasión una minimalista escenografía compuesta por una silla y una mesa sobre la que brillaban una botella de vino tinto y una copa. La atmósfera de semi-tiniebla le otorgaba a la escena el intimismo necesario para que la voz de Montejo vistiera sus palabras. Aquella voz pausada, nítida, con el tempo exacto del lector-autor añadía nueva vida a cada verso. Pasaron vario segundos después de que el poeta terminara su lectura-interpretación, para que el público aplaudiera entusiasmado. Nos costó tocar tierra, salir del embeleso; finalmente reaccionamos y las palmas sonaron opulentas. Mas tarde, Montejo autografiaba libros con esa serenidad suya tan característica, tan ajena a las poses, a la fama.

La segunda vez fue en otra lectura. Esta vez Montejo leía a poetas que pasaron largos años de su vida en la cárcel. Su voz queda se quebraba a ratos evocando los duros momentos que habían padecido aquellos que se vieron privados de libertad pero no doblaron la cerviz y siguieron escribiendo, encontrando códigos, disfrazando claves. No les fue difícil, nos contaba. Ya sabemos que los amigos del pensamiento y de la palabra labran infinitos caminos para llegar a su destino. No así quienes sólo conocen el lenguaje de la fuerza. Pobres de ellos que sólo ven lo obvio, lo que no necesita interpretación. Nuevamente, su voz me embriagaba, me llenaba de calma y solaz. Lamenté que fuéramos tan pocos los que teníamos el privilegio de estar allí, en el auditorio de la Fundación del Banco Provincial en un día de semana y en pleno horario laboral. Pero estaba agradecida de haberle robado ese instante a la rutina del trabajo, al tráfico de siempre. Yo, egoísta, pensaba: mientras estamos aquí diez o doce afortunados bebiendo de esta fuente, varios miles se agolpan afuera, profiriendo insultos, golpeando cornetas.

La tercera vez -no sabía yo que sería la última- lo vi caminando por los pasillos de una clínica de Caracas. Ahora sé que entonces un silencioso mal había anidado en su cuerpo para quitárnoslo. Para llevarse su voz de bálsamo, su semblante joven, su esbozo de sonrisa. Su lírica sin grandilocuencias. Justamente ahora cuando más lo necesitamos. Cuando el grito y la estridencia casi lo abarcan todo.

Deseo, donde quiera ahora esté, siga apaciguando almas. Nos quedan sus libros mudos y la dura tarea de recordar su voz, cuando los leamos en silencio.

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