domingo, 1 de febrero de 2009

Los locos bajitos

Fotografía: http://i.pbase.com/g6/23/725823/2/73837441.3fBpMje4.jpg

Perdonen la divagación ya que este blog es sobre ciudad y vida urbana, pero la noticia recién difundida de que no habrá clases mañana para "celebrar" los 10 largos años de "socialismo del siglo XXI", me dejó con tan mal sabor que abandoné mi post del día de hoy y sólo atiné a buscar una reseña que escribí sobre un fresco artículo leído hace más de un año. Lo copio aquí, como un sencillo homenaje a todos los niños venezolanos que mañana no irán a la escuela gracias a que un solo hombre decidió que hay que celebrar 10 años de atraso.

Mi mamá siempre nos decía que Juanito era “lengua de trapo”. Apenas estrenábamos los ´70 cuando él regresaba del colegio corriendo, sudando a chorros y con el silabario bajo el brazo, porque el “bulto” se le había quedado debajo del pupitre. En aquella época el morral era una cosa que sólo usaban los que se iban de excursión.

En la mesa del comedor mi hermana y yo lo veíamos apoyar su cabecita sobre ambas manos para repetir en voz alta: “p con a, suena pa; m con a suena ma”… Pero el verdadero problema empezó cuando le tocó combinar las vocales con la letra “R” porque lo que salía de su boca infantil, en la que ya se extrañaban algunos dientes, era: “ede con ede cigado, ede con ede badil”. Fue entonces cuando la mamá de Juanito, es decir, mi mamá –en esa pérdida de identidad personal que experimentamos todos los que dejamos de ser nosotros mismos para ser la mamá o el papá de…– tuvo que ir al colegio a explicarle a la maestra que Juanito se sabía las letras, pero que no podía pronunciar la “R”.

Claro está, en aquella época la terapia de lenguaje, la estimulación temprana y mucho menos la auto estima infantil, no habían aparecido por estos lares. De modo que la única solución ante cualquier dificultad en el aprendizaje, era tener paciencia con las burlas inocentes de los compañeros y confiar en que el tiempo y la madurez harían su trabajo de mejorar la pronunciación. Muchas cosas han cambiado desde entonces, entre ellas, que los niños son consultados ¡hasta por la Real Academia Española!

Todo esto viene a cuento porque acabo de leer una noticia maravillosa que brilla aún más entre la bruma de las bombas lacrimógenas y la ceguera oficialista que empañan las páginas de El Nacional. En El Papel Literario, Gustavo Valle reseña que la Real Academia Española convocó a 52 niños de Medellín a escoger las 10 palabras más hermosas para ellos, y la lista de las seleccionadas es tan genuina y transparente como todo lo que viene de esos locos bajitos a los que sin duda deberíamos oír con más atención.

La primera en la lista según los chamos consultados es chocolate. Voz náhuatl que hace agua la boca de quien la paladea si al pronunciarla se deja acariciar por su untuoso aroma y su profundo sabor, sobre todo a la hora de la merienda. Chuchería del recreo y del cine que derretida entre unos dedos llenos de pepitos y chupeta-chicle adquiere un nuevo sabor.

Le siguen música y crispeta –para nosotros cotufa– ¿Cuál de las dos es más sonora? ¿La música que invade sus pequeños oídos desde un MP3 o esa sinfonía de mini explosiones que esplende olorosa a maíz tostado cuando las cotufas estallan?

Carcajada: onomatopeya de la risa que debería estar siempre en la boca de todos los niños. En Soñar y fútbol el orden es importante ¿Cuántos niños sueñan con ser como el ídolo deportista que ahora admiran? Y allí afirma Gustavo Valle, “fútbol, manoseado anglicismo que afortunadamente triunfó frente al pájaro Dodó del balompié

Le siguen mágico, amigo, montaña y mamá. La magia, ya sabemos, siempre ha formado parte del imaginario y del vocabulario de cualquier niño y si no pregúntenle a Harry Potter quien además de practicarla cultiva en igual medida su incondicional amistad hacia Ron y Hermione. La analogía hecha por los niños entre montaña y mamá es elocuente. Acordaron de forma unánime que “les gustaba mucho estar en una montaña que tenga un agujero de leche”. Esta maravillosa imagen es capaz de llevarme a recordar esos inolvidables momentos en que Alejandra sorbía con avidez de recién nacida la leche clara que manaba de mi cuerpo.

Por si fuera poco tanta sensibilidad los niños también inventaron palabras, así que las apunto a continuación.

Murmulencio, que quiere decir: murmullo que se oye en el silencio.
Lunor
, luz de la luna.
Japisteza
, cuando se siente tristeza y alegría a la vez.

El articulista acota que es algo así como llorar de alegría o reír de tristeza. Por mi parte, ya fueron agregadas al Word de mi computadora, por eso no hay un zigzag rojo temblando debajo de ellas.

Hace poco, cuando los mayores fueron consultados vía Internet sobre la palabra más bella de nuestro idioma, dieron como ganadora a “amor” en un arranque –creo– más de fondo que de forma ¡y buena falta que nos hace!

Buenos tiempos para la lengua de Cervantes, de Lorca y García Márquez, de Borges, Vallejo y Vargas Llosa y de millones de seres humanos a lo largo y ancho de este noble planeta. La RAE se quita la toga y abre ojos y oídos a las enormes posibilidades que ofrece el maravilloso hecho de comunicarnos.

Así que cada vez que oigas a un niño hablar, presta atención; puede que estés frente al alumbramiento de una nueva palabra o de una clarísima definición, como aquella vez que mi papá, extrañado de ver tanta quietud reflejada en el rostro de mi hermano cuando tenía 5 años le preguntó:

– ¿Qué estás haciendo hijo?

– Estoy pensando.

Ah… ¿Y qué es pensar?

– Es cuando la cabeza te habla sola.

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