domingo, 17 de enero de 2010

BOGOTÁ, 2.600 metros más cerca de las estrellas.

LA CIUDAD ASEADA. Había una vez una ciudad muy sucia, y los habitantes no se daban cuenta; entonces, todos empezaron a enfermar y preguntaban: ¿Por qué todos tenían la misma enfermedad? Le preguntaron a la persona más sabia, y él les dijo que era por la suciedad en que vivían. Todos los habitantes se pusieron de acuerdo y la asearon.
Quedó limpia la ciudad.

Leidy Camila Contreras (6 años)
(Cuento de una de las ganadoras del concurso convocado por la Secretaría Distrital de Ambiente y Bibliored, para que los niños bogotanos escribieran su visión particular de la ciudad.)
Me siento a escribir esta crónica pocas horas después de haber dejado Bogotá. Así que aún están frescos en mi piel el frío seco de enero y el trato cordial y respetuoso de su gente.

Estuve allí hace 9 años en vuelo rasante; precisamente, en pleno período del gobierno municipal de Enrique Peñalosa Londoño quien sentó importantes precedentes de renovación urbana en una gestión creativa y exitosa que siguieron sus compatriotas Antanas Mockus, Luís Eduardo Garzón y que continúa en la actualidad Samuel Moreno.

El cambio positivo se percibe a simple vista. Se hace más evidente mientras me acerco, la recorro, la voy re-descubriendo amplia, limpia, amable. Y digo amable con plena consciencia de lo que significa ver apostados en cada esquina varios oficiales armados. De lo que impacta tener que abrir la cartera cuando accedes a un centro comercial, a un museo, a un banco. De lo que golpea ver a cada chofer bajarse de su carro para abrir la maleta antes de entrar a un estacionamiento.
No ha sido tarea fácil hacer ciudad para más de 7 millones de habitantes en una sabana limitada por la verde sierra de un país asediado por la violencia. Pero lo van logrando. Con planificación urbana a corto, mediano y largo plazo. Con creatividad. Son antológicas las anécdotas sobre el comportamiento “poco ortodoxo” del alcalde Mockus durante su primer gobierno en el año 1995. Ir a su despacho en bicicleta; implantar la hora zanahoria o educar para reducir el consumo de agua. Desde entonces y hasta ahora, los cambios han ido in crescendo y sus sucesores –especialmente Peñalosa– redundan en aplicar medidas beneficiosas para la ciudad y quienes allí hacen vida.

Recorrer el barrio La Candelaria cuyo corazón es la Plaza de Bolívar, supone un paseo por diversos estilos arquitectónicos que reflejan bien las diferentes épocas en las que fueron construidos. La que fuera plaza mayor del mercado en tiempos coloniales ha sufrido con el transcurrir del tiempo no pocas modificaciones. Desde 1946 ostenta en su centro una pequeña estatua de El Libertador obra del escultor genovés Pietro Tenerani y es un espacio público de exclusivo uso peatonal. Entre los fotógrafos que encontré allí, estaba una viejita armada con una pequeña cámara digital. Su ayudante, un niño, corría con la tarjeta de memoria hasta el sitio donde lo esperaba una impresora y regresaba, a toda velocidad, a entregarte la foto a full color.
Sobre la cara norte de la plaza se encuentra el monumental edificio sede del Palacio de Justicia, construido en 1989 tras la destrucción de que fuera objeto el anterior por la toma del movimiento guerrillero M19, en 1985. Este hecho dejó su impronta de terror: decenas de muertos y lesionados.

Al sur se alza una mole estilo neoclásico en piedra amarilla, es el edificio del Congreso. Su construcción tomó largos 80 años debido a múltiples razones de índole político. Sobre el occidente se encuentra el Palacio Lievano en estilo renacentista francés obra del arquitecto Gastón Lelarge y desde allí, despacha actualmente el alcalde mayor de la ciudad.La Catedral, ubicada en la cara oriental de la plaza exhibe su estilo herreriano de principios del siglo XIX. Su estoica fachada de piedra ennegrecida por el tiempo recorta un cielo azul al que no empaña ni una nube. Las palomas de siempre se abalanzan sobre los granos de maíz que repican contra el pavimento. Dos torres, sendos campanarios y relieves neoclásicos contrastan con la humilde presencia de la Capilla del Sagrario; única sobreviviente de las construcciones del siglo XVII en este entorno de disímil e imponente armonía.

Siguen varias calles rodeadas de casas de estilo colonial y republicano, aquí y allá se asoma una más reciente. Balcones de madera, rejas de hierro forjado, colores contrastantes, ventanas y poyos evocadores de tiempos a caballo. Me llamó la atención la casona donde se hospedaba Bolívar una de las veces que estuvo a punto de sufrir un atentado y desde donde fue “empujado”, para su salvación, por la fiel Manuelita. La placa en la fachada no deja dudas para los que leen latín.
La casa donde vivía Manuela Sáenz queda a pocos pasos de aquella y abre sus puertas a un patio florido. Algunos vendedores ambulantes ofrecen su mercancía sencilla: cigarrillos, dulces criollos –algunos de leche, guayaba y coco- muy parecidos a los nuestros.
Las veces que he viajado a Quito y a Bogotá, me reencuentro con ese Bolívar respetado, recordado con agradecimiento que dibujan colombianos y ecuatorianos, una percepción lejana del hartazgo al que nos tiene sometidos en Venezuela. Así que esta vez me dispuse a conocer La Quinta donde pasó El Libertador algunas temporadas en sus viajes a Bogotá.

Esta casona que fuera construida para agasajar a la esposa del Virrey Antonio Amar y Borbón, después de la independencia fue adquirida por el gobierno de la Nueva Granada y obsequiada al “dios de Colombia”, según rezaba una inscripción en el comedor. Hoy, es un museo que exhibe el mobiliario y evoca las actividades, bailes, juegos y tertulias con las que se solazaba Bolívar entre intensos viajes y vehemencia política.Un detalle, a la plaza de armas que forma parte de sus espacios abiertos no ha llegado aún la orden oficial del cambio del Escudo Nacional de Venezuela. Es decir, el caballo sigue cabalgando hacia adelante…

De libros y bibliotecas públicas Bogotá tiene un saco. No es inmerecido que fuera denominada por la UNESCO capital mundial del libro en 2007. Así que me encaminé a la Librería del Fondo de cultura económica ubicada en el Centro Cultural García Márquez, obra del reconocidísimo arquitecto colombiano Rogelio Salmona. Sus 9.000 m2 albergan cine, cafetería, restaurant, galería de arte y un espacio especialmente dedicado a los locos bajitos. El geométrico recorrido del agua bordeando pavimentos de ladrillo –típico del lenguaje de Salmona– está presente en este templo de las letras donde pueden encontrarse más de 50.000 títulos.

Pero así como el centro cultural se alza en pleno casco histórico y en mi humilde opinión avasalla el entorno urbano, la biblioteca Virgilio Barco en el corazón geográfico de la ciudad, contigua a la enorme mancha verde del Parque Simón Bolívar, ofrece al visitante un solaz, una paz donde se funden el adentro y el afuera.

En esta edificación el ladrillo trepa paredes, cubre pavimentos, recorre caminerías, borda muros, abre vacíos geométricos como sólo un maestro en el uso de este noble material puede hacerlo. Sus amplios espacios sirven tanto a quien va a perderse entre las páginas de un libro como a quien busca, fuera de sus muros la calma de los senderos verdes rodeados del agua que cae, divertida en lúdicos niveles.

No es fácil acatar las normas que invitan a los asistentes a usar las veredas permitidas. A cada rato surge un niño, un adolescente, con alguna frecuencia un adulto, que se balancea sobre los mínimos bordes de concreto esquivando humedades. La edificación parece levitar sobre el espejo de agua que la circunda como se suspende la vida del lector absorto en una historia cautivante.
Otra obra capital que realizó Salmona junto a Luís Kopec es el Eje ambiental. Un proyecto de rescate del espacio público emprendido por el alcalde Peñalosa y concluido en el año 2001. Básicamente convierte a la tradicional avenida Jiménez de Quesada (fundador de Santa Fe de Bogotá) en un gran sendero peatonal que acompaña sinuoso, el curso del río San Francisco.

Forma parte del sistema de parques y plazas en una operación urbana empeñada en la habilitación de espacios públicos. Junto con el Transmilenio –sistema masivo de transporte público que suma la nada despreciable cantidad de 114 estaciones y se encuentra en ejecución de ampliaciones del servicio– constituye dos de las más visibles caras de la inversión en CIUDAD que está haciendo el hermano país. Y de ello da cuenta no sólo Bogotá, sino Cartagena y Medellín. Aunque ese es otro cuento.

Pero no he terminado con los libros y su presencia en Bogotá. En el centro histórico y formando parte de un conjunto de edificaciones culturales: Museo Botero, Casa de la Moneda y Museo de Arte del Banco de la República está la nueva sede de la histórica Biblioteca Luís Ángel Arango fundada en 1923; pieza clave del Sistema de Redes de Bibliotecas Nacionales: Bibliored. Plan estatal que ha logrado la inserción social de los sectores menos favorecidos llevando cultura hasta los rincones más conflictivos del país.
La edificación actual data de 1990 y es obra del arquitecto Álvaro Rivera Alape. En sus 44.000 m2 conviven incunables con las más contemporáneas tecnologías digitales. ¡Venga y le digo cómo disfrutan los bogotanos que colman a diario sus salas de lectura superando todas las expectativas de sus promotores!

Pero si esta ciudad tiene 250 calles al norte y 150 al sur. ¿Cuál es el límite geográfico que la divide? le pregunté a Jorge, un taxista paisa que vive en Bogotá desde hace 30 años. –La calle primera, fue su respuesta inmediata. Yo imaginaba un río, al menos un riachuelo que dejó de serlo pero marcó el hito geográfico que la escinde. Nada de eso. En esa calle primera terminaba la ciudad a comienzos del siglo XX y desde allí, ha seguido expandiéndose hasta alcanzar las cotas mencionadas. Su cuadrícula, derivada del trazado que hicieran inicialmente los colonizadores españoles, se mantiene en gran medida con algunos devaneos y no pocas diagonales.Rumbo al sur. Mientras veo pasar los números de las calles en plan descendente –estuve hospedada en la calle 95, rodeada de suaves colinas verdes– van pasando también sectores con un marcado acento extranjero impreso en sus viviendas. Especialmente arquitectura de estilo alemán e inglés. Ambos grupos de inmigrantes poblaron la ciudad a partir de 1882 y dejaron su huella en casas y costumbres. Cuenta María del Pilar –una guía que tiene más de cicerone inteligente e informada que de pastor de un rebaño de turistas despistados– que en épocas de la independencia y aún posteriores, el clima de Bogotá no sólo era considerablemente más frío, sino opacado por una bruma que acompañaba constantemente esa sabana donde los conquistadores, creyeron, nadarían en oro. Quizás cautivados por esta “Londres” suramericana fueron a dar los ingleses con su te y sus maneras. Será por eso que algunos la llamaban Londotá…

Oro, mucho oro, primorosamente catalogado y didácticamente expuesto puede verse en el que sin duda, es uno de los imperdibles de esta ciudad andina, El Museo del Oro. Allí anduvimos recorriendo las regiones y conociendo algo de las etnias que trabajaron ese perseguido metal trocándolo ornamento de caciques y distintivo de chamanes, emulando la fauna adorada por los primeros pobladores del territorio colombiano. Campanas para colgar de las ramas y acompañar al sonido de la lluvia; ranitas para la fertilidad; filigranas que adornaron cuerpo y cara de hombres y mujeres. Todo dispuesto para entender cómo se organizaba la vida antes de que llegara Colón. Hay una sala que durante unos minutos recrea el amanecer y el anochecer acompañados de cantos indígenas.
En un prisma de cristal se encuentra expuesta la más valiosa de las piezas del mueso: La balsa muisca, que fuera hallada en el reciente 1969 por unos campesinos, quienes, después de mucho cavilar, acudieron al cura del pueblo y este les recomendó venderla al Banco Central, custodio de muchos de los tesoros precolombinos. Desde entonces es el promotor de la conservación de este invaluable patrimonio de la Nación.

En fin, una visita ideal para constatar cómo con voluntad y políticas administrativas coherentes, una ciudad que hace poco más de dos décadas representaba un caos casi irremediable, ha dado pasos concretos hacia su consolidación urbana con los tropiezos típicos de estas latitudes, pero con aciertos innegables. Sabemos que el reloj por el que se rigen los trazos urbanos es mucho más lento que el nuestro, se requiere visión y paciencia, además de la mencionada planificación, para empezar a notar los cambios.

Claro que Bogotá no es Colombia ni Venezuela es Caracas, ambas son lupas de virtudes y pecados. Sabana afuera hay problemas tan graves como esa guerra interna que siguen librando. La migración ilegal desde las zonas fronterizas a nuestro país no cesa, pero se respira una vocación de vida civil, una voluntad de salir adelante que va irradiando desde el corazón mismo de la Nueva Granada.

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