jueves, 16 de octubre de 2014

¿Debe la arquitectura modificarse por el mercadeo?

Ya hace tiempo que la torre del Banco Provincial -mejor conocida por las siglas de su casa matriz expañola, BBVA- cambió la fachada de su sede principal, o mejor dicho, sus colores, para vestirla con "los colores corporativos".

Aunque en Caracas hay miles de temas más importantes (y en este blog hemos tratado muchos de ellos) llevaba tiempo queriendo abordar este, porque considero que modificar así uno de los edificios más emblemáticos de las última décadas, no debería pasar desapercibido,

Estoy hablando del poco respeto que tienen propietarios, copropietarios, inquilinos y residentes de un edificio, por mantener y conservar el espíritu -por qué no llamarlo así- de las edificaciones que habitan.

Este edificio del que, lamenteblemente, desconozco sus autores, fue objeto de una modificación significativa. Originalmente los elementos que destacaban en sus cuatro fachadas -unos paralelepípedos blancos sobre  fondo oscuro- fueron revestidos totalmente de azul en degradé: el color que identifica a esta institución financiera. Los antepechos de los pisos inferiores también fueron alterados con la misma monocromía.

Mi pregunta es ¿por qué cambiar las fachadas de un edificio para ceñirlo al molde del mercadeo? ¿No es suficiente la profusión de avisos publicitarios; el letrero de la cúspide; los uniformes de los empleados y un largo etcétera, que no voy a enumerar aquí, para que el público identifique "la marca"? ¿Fueron advertidos, consultados, llamados, los arquitectos antes de acometer este cambio radical?

¿Hay antecedentes a esta acción?

Cuando pienso en edificios "corporativos" vienen a mi mente locales comerciales; acaso pequeños edificios que llevan impresos en sus fachadas rótulos, logos, símbolos gráficos propios de una marca, pero en este caso se trata de una torre de 40 pisos cuya impronta era, precisamente, esa volumetría en blanco y negro.

Pienso que si algún día el Banco de Venezuela compra, pongamos por caso, la Torre América (mejor conocida como la mazorca, por sus ventanitas amarillas) y se le ocurre pintarlas todas de rojo ¿qué diría su autor, el arquitecto Carlos Gómez de Llarena? 

El color también es parte de la arquitectura.  No serían iguales las casas de Luis Barragán si en lugar de llevar esa paleta tierra, roja y amarilla fueran azules sus muros.

Ls caraqueños estamos sordos de tanto ruido visual. ¿Puede la "imagen corporativa" deformar la arquitectura? 

Es solo una pregunta.


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