sábado, 3 de junio de 2017

21 años


Llegué a la estación Los Héroes con el ánimo al nivel del Metro –subsuelo Santiago centro-. Mis pensamientos puestos en Caracas y en todo lo que allá está ocurriendo. De ahí hasta Manquehue tenía 14 estaciones para pensar en eso.

Moneda, Universidad de Chile, Santa Lucía…

Cada vez que paso por ahí empiezo a tararear a Miguel Ríos. Esa canción me encanta… Después del tarareo empecé a navegar en las redes para saber de Venezuela. La agenda de rescate de nuestra democracia marcaba otro día de protestas. Demasiado pronto leí: una bomba lacrimógena, disparaba a quema ropa, destrozó el corazón de Juan Pablo Pernalete.; un joven estudiante de 21 años que había acudido, como tantos otros, a protestar, a clamar justicia y su último grito fue ahogado por venenosos gases. 21 años, turgencia muscular, espíritu libre y la muerte abriéndose paso cruenta, extemporánea, horrorosa, inesperada.

Universidad Católica; Baquedano… en Salvador le pregunté a Él ¿por qué?

El vagón iba repleto.  Al rumor del tren y las conversaciones se sumaba el pregón del bombón a 100 pesos. El frío otoñal sustituyó la oferta de agüita helada por chocolate.

Manuel Mont, Pedro de Valdivia, Los Leones…

Poco a poco mientras avanzábamos se fueron abriendo espacios. Entonces la vi. Era alta, rubia y delgadísima. De esas mujeres que llevan impresos los colores de sus ancestros alemanes. Un jean silueteaba sus temblorosas piernas. La mirada azul -fija e incrédula en su celular- hablaba de una mala noticia. Comenzó a llorar en silencio mientras se aferraba al pasamano en Tobalaba…La marea humana se renovaba en esa estación. Un cardumen entra, otro sale. Entren que caben cien y hasta mil.

A pesar del gentío la seguí con la mirada. Me debatía entre acercarme a ofrecerle ayuda y mi temor a ser rechazada, a que tomara a mal mi unilateral iniciativa de apoyo. En Caracas no lo hubiera dudado, en Santiago sí.

El Golf, Alcántara… en Escuela Militar me paré firme y me dije: si se molesta doy media vuelta. Es peor no hacer nada. Me acerqué y le pregunté qué le pasaba y si podía ayudarla. Me dijo musitando: "me acaban de avisar que murió mi sobrino. Tenía apenas 21 años. Un auto lo chocó y murió instantáneamente. Siento un dolor muy grande."

Manquehue, mi destino inicial había quedado atrás. Qué importancia tenía eso cuando la muerte llega cruenta, extemporánea, horrorosa, inesperada.

La acompañé en silencio, mi brazo sobre su hombro, hasta que en Hernando de Magallanes llegó una amiga que la esperaba. Me agradeció con su mirada azul.

Media vuelta y viaje de regreso con apenas una estación para pensar en los versos de Andrés Eloy Blanco: “el que tiene un hijo tiene todos los hijos del mundo”.

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