domingo, 18 de noviembre de 2007

EN TRANVÍA A LA TIERRA DEL SOL AMADA

Tenía una deuda con mi hija que nació el 18 de noviembre día de La Virgen de La Chiquinquirá, pero finalmente pude llevarla a conocer Maracaibo.

Más de tres millones de maracuchos –y nadie sabe cuantos colombianos cedulados a toda carrera en la misión: “de aquí no me saca nadie”– y Maracaibo está increíblemente limpia. Y digo increíble no porque no sea posible, sino porque viendo como Caracas se nos llenó de basura a veces pensamos –injustamente- que en todo el país es así. ¡Qué equivocada estaba!

Como también me parece increíble que la rivalidad existente entre un alcalde oficialista y un gobernador opositor además de generar muchas polémicas internas haya servido para crear una especie de “sana competencia” que ha favorecido enormemente a la ciudad y como consecuencia, a sus ciudadanos. ¡Para que vos veaís! Y lo digo porque en Caracas pasamos 4 años viendo pelear al alcalde menor con el mayor como quien ve llover en Macondo, sin hacer nada pues y más o menos así seguimos. ¡Que molleja!

Bueno, en fin, no estoy aquí para hablar de Caracas –como casi siempre– sino de Maracaibo y de lo limpias que están sus calles, de lo agradable que fue recorrerlas y encontrar a su gente disfrutando del verde de sus parques y sus plazas disputándose con el sol todo el brillo y todo el color.
Entre las mejoras tangibles que ofrece la ciudad está un recorrido turístico en tranvía promovido por la alcaldía. En realidad es un autobús hecho a la imagen y semejanza de ese vehículo que transportó a nuestros abuelos hace ya bastante tiempo: asientos de madera natural; ventanales panorámicos; exterior pintado de rojo fuego y amarillo rabioso con eficiente aire acondicionado –como corresponde a esas tierras de Dios–, un chofer que además de conducir canta y declama versos propios y ajenos, junto a una maracaibera dispuesta a hacer reír hasta a los más estresados, si es que a esas alturas del Panorama todavía vuestras amarguras no se han disuelto al calor de esa sonrisa y de un cepillado de coco con leche condensada.

El paseo comienza en Lago Mall, el Centro Comercial que acaparaba la atención de todo el que quería ver y ser visto antes de que apareciera ese enorme imán para adolescentes de último modelo; adultos contemporáneos con celular idem; niñitos gritones y mujeres al borde de un ataque de compras; llamado Sambil. Nada nuevo tampoco bajo el sol zuliano, excepto que al lado del ketchup no sólo están las papas fritas, sino los patacones con sal. Pero sigamos con el viaje en tranvía.

La Avenida 5 de Julio en toda su extensión se muestra llena de hitos que identifican la ciudad y en la medida que la recorremos, los guías nos cuentan como cada una de sus edificaciones tiene una historia que contar y muchos records que batir. De ese modo, supimos que allí se encuentra el primer edificio con aire acondicionado que se construyó en Venezuela; una casa en la que se realizó un exorcismo y por eso no ha podido ser demolida (la imaginería popular no conoce límites); por qué Sears hace unos cuantos años fue la ruina de la clase media que allí aprendió a endeudarse, y un largo etcétera salpicado de gaitas y de anécdotas que prefiero no contarles para que no dejen de hacer ese mágico viaje la próxima vez que vayan a Maracaibo. Se lo recomiendo especialmente a los marabinos seguramente disfrutarán más de su ciudad de la mano de sus paisanos y con un guión escrito desde el corazón de una de las cronistas de la ciudad.
Claro que ir a Maracaibo y no pasar por lo que queda del barrio El Saladillo para sentir todavía la nostalgia de ese vacío que dejó la picota del progreso; disfrutar de las coloridas casitas de Santa Lucía; de la reluciente fachada de La iglesia de Santa Bárbara –azul intenso delicadamente bordado por blanco inmaculado– contemplar con asombro como la fachada casi austera de la Basílica de La Chinita contrasta con su interior abigarrado, y con la enorme fe de todo el que allí se cobija, es como no ir, pero tranquilos, que por allí también pasa el tranvía.
Uniendo una iglesia con otra se encuentra el Paseo de la Virgen, en un estilo que podríamos llamar arbitrariamente “Versallesco maracucho” –sin ánimo de ofender– ya que por si fuera poco la balaustrada verde inglés con bordes dorados que lo circunda, lo más elocuente fueron las palabras de Ricardo, un taxista simpatiquísimo y conversador que me dijo: “A mí me encanta este Paseo a pesar de todo lo que dicen en su contra, porque cuando uno camina por aquí es como si estuviera en Francia y no en Maracaibo” Otro itinerario del tranvía nos llevó mucho más lejos, casi fuera de la ciudad, al Planetario que se encuentra dentro del Parque Simón Bolívar, ¡que maravilla! 45 minutos de carretera limpia y bien asfaltada. Todo por un precio muy solidario hasta con el bolsillo más golpeado: Bs. 2.000 para los adultos, los niños pagan con una sonrisa.

En una de las salas del parque y teniendo como fondo una exposición nos esperaba el Ensamble de la Alcaldía, un sexteto formado por cuatro, guitarra, mandolina, percusión, flauta y un sobresaliente violín que llenó ese espacio de música venezolana muy bien ejecutada. Sólo una nota discordante. Un maestro de ceremonia ad hoc –ya que las condiciones acústicas de la sala no le permitieron descargarse con el bajo, su instrumento de reglamento– después de exaltar las virtudes del Ensamble y la labor didáctica que están ejerciendo en las escuelas básicas, dejó escapar esta perla: “Esta es la única música que nuestros hijos tienen que escuchar, ojalá se prohibiera difundir toda esa porquería que nos traen de afuera, pero eso ya queda en nuestras manos”. Cosas de la revolución, digo yo. Total, todos tenemos derecho a desafinar en algún momento.

La verdad es que ni siquiera un comentario tan infeliz pudo borrar la sonrisa que se empeña en ocupar mi boca cada vez que escucho nuestra música interpretada no sólo con técnica sino con pasión –y si no, escuchen a Huascar Barradas venido de esas tierras para alegrar éstas– mucho menos opacar la fuerza de ese Pajarillo que se fugó del corazón y voló en las manos de un joven violinista llamado Oscar que nació hace poco más de veinte años en la Tierra del sol amada.

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