miércoles, 5 de marzo de 2008

MUJERES HASTA EN LA SOPA

Están en el cine y en el teatro, comiendo cotufas saladas con lágrimas y gomitas dulces entre una risa y otra. Disolviendo tristezas en chocolate caliente y acompañando soledades con un latte vainilla aunque al día siguiente, se arrepientan de haber sumado más puntos de los permitidos en su recién estrenada dieta.

Están en el bautizo del libro de su poeta favorito y tomando notas en la junta de condominio. En la reunión de padres del colegio y en la piscinada del más fastidioso de los amiguitos de su hijo. En el auto mercado eligiendo galletas bajas en calorías, frutas altas en vitaminas y haciendo magia entre ofertas de fin de temporada y saldos bancarios de fin de mes. Aprovechando el rojo del semáforo para revisar la lonchera antes de que suene el timbre del colegio y apurando un beso cariñoso junto a un Dios Te Bendiga que debe durar toda la mañana.

Pintándose la boca con un labial que promete brillo a prueba de besos y recordando que el de los besos, tiene varios días desaparecido. Están en la cola del banco estirando una tarjeta de débito que no es de chicle y atendiendo calladitas un celular que ha sonado cinco veces en el fondo de su cartera favorita, esa donde cabe todo pero no encuentras nada. Están en la peluquería alisándose el pelo, alargándose las uñas y consintiéndose por fuera para sentirse mejor por dentro. En la universidad aprendiendo letras, ciencias o leyes y en la casa cocinando, ordenando y administrando. Están en la charla de autoestima y en la conferencia sobre educación bolivariana. Y los sábados en la mañana, están en la clase de bailo terapia.

Las hay de diversos modelos, variados tamaños y en todos los colores; especialmente en lo que a pelo, uñas y ropa se refiere. Asomándose a la pubertad o apenas saliendo de ella; de cierta edad y de no tan cierta. No les importa que sea al aire libre -mejor dicho- en una terraza abierta a la calle donde se aposta una legión de hombres con barrigas de diverso calibre haciendo el único ejercicio posible para ellos: girar los ojos al son de la música mientras cae la mandíbula al ritmo del deseo.

Sólo un hombre se mueve y nos hace mover, el entrenador. Moreno tostado, cuerpo atlético, ojos claros y pelo rulo de sospechoso amarillo. Al comienzo la cadencia es tan suave como la música. Los cuerpos empiezan a calentarse al ritmo de una Britney adolescente y pre-mamá, pero la velocidad va en aumento y con ella los movimientos. Detrás vienen Madonna, Shakira y Gloria Stephan apurando el paso y el meneo. Se siente muy rico esa mezcla de brisa mañanera, sol empezando a calentar y acordes que entran por los oídos y salen por las pies, por los brazos, por las caderas, pero especialmente por la boca en forma de sonrisa.

Hay una morena en la primera fila que sigue cada uno de los pasos del guía. Debe ser bailarina, se consuela uno, que cuando le coge el golpe a un paso se da cuenta que ya van por el siguiente. Lleva una licra negra muy ceñida desde los tobillos hasta el piercing del ombligo, que no deja nada a la imaginación de aquellos buzos sin playa ni arena, porque bajo la franelita verde fosforescente un par de pezones de silicona se proyectan briosos, encabritados. ¿Por qué será que todas las mujeres que se operan las lolas siempre tienen frío?

En la tercera fila hay dos señoras de la segunda edad que con franelas grandes gozan un montón al ritmo de Thalía. Flacas y rellenitas -¡no me digas gorda por favor!- bailan con Olga Tañón merengue dominicano. Una gruesa gota de sudor se desliza entre mis pechos sensibles y auténticos; menos mal que llegó una pausa y con ella la licencia para hidratar el cuerpo y la cara. A estas alturas ya me duelen unos músculos que no sabía siquiera que tenía, pero allí está Ricardo para animarnos con cara de bravo y guiño cómplice.

Después de una hora de sensual ejercicio bajo el sol, ritmo delirante y problemas pospuestos, salimos hechas un mar de sudor y felicidad para seguir adelante con la rutina del fin de semana. A las duchas las que tienen la dicha de vivir cerca; a la peluquería las que no se pelan la rumbita de esta noche; al mercado las que dejaron al marido en casa viendo el mismo partido de fútbol de todos los sábados; a hacer la tarea las más pequeñas; a estudiar las que tienen examen el lunes; a ver fijamente el celular –ligando que por fin se oiga la voz esperada- aquella catira que aprovechaba para pegarle la oreja a su morral cada vez que las demás tomábamos agua.

Los mirones se mueven en retirada. El espectáculo de curvas, sudor y música se repite el próximo sábado y gracias a Dios, es gratis.

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