sábado, 16 de febrero de 2013

¡Lámpara urbana y libros!

Caracas tiene, desde inicios de diciembre, un motivo para alegrarse: Lugar Común, la nueva librería. Sus hacedores son cuatro mosqueteros de las letras y -como he seguido sus cuitas por Facebook- sé que todo comenzó con un juego de palabras entre comunismo y lugares comunes hasta llegar al Lugarcomunismo. Nombre de la editorial homónima de padres comunes y nada corrientes con más de 10 títulos publicados en poco más de un año. El último, bautizado esta semana, es nada menos que una recopilación de la obra poética de Alberto Barrera Tyzka.

Rodrigo Blanco Calderón, Willy McKey, Garcilaso Pumar y Luis Yslas apuestan por una Cooperativa Editorial en tiempos en que algunas librerías han cerrado (Lectura y Macondo) y otras esplenden, como Kalathos y El Buscón.

Personalmente creo que esto del esplendor líbrico -que no bíblico, y menos en tiempos de renuncias papales- tiene mucho que ver con reinventarse en un país y una economía non sancta. Especialmente, en tiempos de devaluación y con un control de cambio que nos catiga desde hace 10 años. 

Abrir una librería en estas tierras gobernadas por ánimas tiene mucho que ver con haber comprendido que una librería no es solo un espacio para vender libros. También es un sitio para la conversa literaria, la exposición de fotos y las tertulias con autores criollos. Amén de ánimo y oficio para dictar talleres de lectura, poesía y escritura. 

La veda cambiaria nos niega novedades de ultramar pero nos pone creativos. 

Entonces, los lugarcomunistas, en un gesto nada común pero sí muy piadoso, se hacen de un local espléndido en una esquina de la plaza Altamira, a un salto desde cualquier autobús caraqueño -muchos pasan por la hermosa y transitada Francisco de Miranda- y a una carrerita de la estación Altamira del Metro caraqueño.


Los lugarcomunistas no dejaron al azar la ambientación de este nuevo reducto literario, sino que entregaron a los arquitectos Maitena De Elguezabal y Guillermo Barrios la responsabilidad de ponerle luz al templo de los libros. Lo hicieron con mucha fe y estantes de blanco purísimo. 

La pródiga luz interior se convierte en lámpara urbana iluminando de noche a los caminantes. Esos que no pocas veces se inhiben de recorrer nuestra ciudad por temor a lo que esconde la oscuridad. Al minimalismo de los exhibidores utilitarios se avecinan piezas retro armando pequeños espacios para el disfrute de los adultos y letras de otras épocas trepan muros y avivan paredes. Tampoco olvidaron el rincón para la siembra de lectores. Allí reina el color; un guiño para atraer a los locos bajitos. Pronto habrá café y galleticas y ¡ojalá! unas mesas sobre la ancha acera que la bordea por norte y oeste. 

Ruego a los conductores que dejen su carro en el estacionamiento de la plaza Altamira, porque para disfrutar de este lugar nada común hay que llegar a pie y sin tocar corneta.

Notas indispensables: 
Coordenadas: PB, Edf. Humboldt, av. Francisco de Miranda. Los Palos Grandes.
Todas las fotografías de este post son de Florangel Rodríguez

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