lunes, 4 de julio de 2016

Cuando pasó el temblor



Escribo esta crónica conmovida por el especial publicado por @ArquitecturaVzl sobre el terremoto que asoló a Caracas, el 29 de julio de 1967. Este es uno de esos tema que pasé años eludiendo, pero aquí voy.


Lo único que no recuerdo es el ruido.

Ese rugido de la tierra mencionado por quienes hablan del terremoto que partió en dos las celebraciones de Caracas cuatricentenaria. Lo he escuchado –por primera vez– en el audio del especial mencionado. No recuerdo el ruido porque en mi casa, piso 7 del edificio María Laya, lo que yo oía era el batir de mi corazón asustado. Un corazón que habitaba el cuerpo de una niña de 7 años y que no entendía, no entendía nada de lo que estaba pasando.

Pero vayamos al principio.

Entonces yo vivía con mi mamá, su esposo y padre de mi hermano menor y con mi hermana, mi querida Licha, fallecida el año pasado. Mi casa era uno de esos apartamentos pequeños en una ciudad grande. Una ciudad caminable, que me llevaba a pie al colegio, al abasto, al parque: al del Este y al Miranda. Una ciudad donde patinaba en diciembre y bajaba las escaleras corriendo a comprar un “morocho” para picarlo en dos partiendo su lado flaco con mis dedos entumecidos de frio. Entumecidos pero contentos del dulce que nos esperaba a Licha y a mí. Un helado que costaba medio y alcanzaba para dos. Para los que no tienen ni idea de qué moneda era esa, un medio era la cuarta parte de un Bolívar. Aunque me refiero a la moneda y no al Libertador, lo escribo en mayúscula porque ese bolívar era tan fuerte que con poco más de cuatro y medio, compraba un dólar.

Sigo.

La noche del terremoto estaba en mi casa Martín, hijo del anterior matrimonio de Juan, mi padrastro. Mi casa, gracias al carácter afable y cariñoso de mi mamá fue un buen ejemplo de “los tuyos, los míos y los nuestros”. Así que Martín se sumaba los fines de semana.

Cuando se estremeció la tierra cuatro niños estábamos en una habitación: Juanito, de poco más de un año; Licha de cinco, Martín de seis y la suscrita de siete. Una escalerita de chamos pues. Los tres grandes en una litera y Juanito en su cuna. Ya estábamos acostados, aunque no dormidos; así que conversábamos y nos reíamos, como todos los niños. Mi mamá y Juan veían la televisión. Creo que un concurso de belleza.


Antes de que todo empezara a moverse Juan y Nelly, mi mamá, estaban en el cuarto abrazándonos. Los seis nos convertimos en una masa de miedo. Creo que les preocupaba que Licha y yo nos cayéramos de la parte alta de la litera. A mí en cambio me preocupaba que el techo se nos viniera encima. Para aumentar la sensación de movimiento yo veía moverse unas luces. Era la lámpara del comedor; que se mecía como un columpio sobre la mesa, de un lado a otro, con furia, pero sin tocar el techo. Todo era un estrépito. Supongo que libros, ollas, cuadros, todos fueron a dar al suelo.

Les juro que no sé cuánto tiempo pasó. No me refiero al tiempo “oficial”. Me refiero a lo eterno del conteo cuando tienes miedo, cuando no entiendes nada y miras aterrado a quienes crees que saben todo: tus padres, pero ellos tampoco tienen una respuesta. Solo hacen lo que pueden: te abrazan, te protegen.

Cuando por fin el movimiento cesó y vimos que estábamos de una pieza abrimos la puerta y bajamos las mismas escaleras que me llevaban a la ciudad amable, pero esta vez no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar.

49 años después tengo un black out. No recuerdo la escena de planta baja. Ese vacío de mi memoria se conecta hasta llegar –en carro, no sé cómo– a la Plaza Altamira. Una especie de refugio a cielo abierto donde todo era oscuridad, humo y miedo. Juan nos dejó en el carro con mi mamá y se fue hasta la segunda avenida de Los Palos Grandes, porque mis tíos y primos vivían allí y mi mamá estaba desesperada por saber de ellos. Es bueno recordar que no existían los celulares, ni las redes sociales…

Lo peor vino después. Aunque estábamos sanos y salvos no podíamos entrar a nuestro apartamento. El María Laya había resistido como un titán la furia de la tierra pero no puedo decir lo mismo del Neverí, del San José, del Mijagual, del Palace Corvin. Todos edificios vecinos. Todos reducidos a una montaña de escombros y polvo. Todos hechos muerte.

En mi calle, la primera avenida de Los Palos Grandes, me habían cambiado los heladeros por bomberos. Las aceras por ruinas. La confianza por miedo.

Después de varios días de asombro, de dormir en otras casas, de extrañar el colegio, de escuchar anécdotas macabras volvimos al María Laya. En esa época mi mamá trabajaba en la casa así que nos quedábamos allí de día, esperando a que Juan saliera del trabajo y nos pasara buscando. Nos daba pánico dormir en allí. Con la oscuridad llegaba el fantasma del terremoto y nos quitaba el sueño.

Pasamos varias semanas del timbo al tambo. De Los Dos Caminos a El Junquito y de allí a El Cafetal. Varios amigos nos cobijaron hasta que mi mamá y Juan decidieron mudarse a la Trinidad. Ciudad satélite adonde íbamos a pasear los domingos.

La Trinidad con su neblina a las siete de la mañana y su autobús verde claro que costaba un real, el precio de dos morochos. En la Trinidad no hubo terremoto. No había miedo y el sueño podría vencer al temor.

Y así fue.

Llegamos a la Ciudad satélite de Caracas cuando había tantos terrenos vacíos que allí se coleaban los toros de las fiestas patronales de Baruta. En la Trinidad hicimos vida mis hermanos y yo desde primaria hasta la universidad y seguimos recibiendo a Martín, quien llegaba dos horas después desde la Florida y sacando pasaporte, como nos decía riendo.

¿Por qué se vinieron tan lejos? -Preguntaban todos. -Por el terremoto.

Cuando pasó el temblor de la tierra quedó el del corazón, pero La Trinidad nos quitó el miedo y poco a poco se fue volviendo nuestra casa. En un apartamento pequeño de una ciudad satélite que no llegó a tanto. Hoy es apenas otra urbanización de la Gran Caracas.

Perdonen la vaguedad. Apelo a mi difusa memoria 49 años después. No tengo a nadie a quién preguntarle si recuerda algo más que yo. Mi mamá y Juan murieron. Mis hermanos eran más pequeños y supongo que sus recuerdos son aún más nebulosos que los míos.

El María Laya permanece intacto. Sus balcones aún exhiben esa cerámica brillante que atribuyen al arquitecto italiano Gio Ponti y que está en muchos de los edificios de aquella época. Apenas unas rejas cercan hoy lo que fue mi patio de infancia. Pero eso no es raro en Caracas; rejas y muros se han apoderado de nuestros frentes, han cercado nuestra vista y limitado nuestros juegos pero esa, esa es otra historia.

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