martes, 21 de octubre de 2008

ARQUITECTURA ANÓNIMA

“…La ciudad que aún no hemos terminado de construir y mucho menos de disfrutar, se encierra en sí misma y renuncia a la fachada. Es una ciudad privada. Las casas se enorgullecen por dentro e ignoran al paseante...”

José Ignacio Cabrujas “La ciudad escondida”

La piel de Caracas está erizada. De sus poros brotan cabillas, grúas y camiones de cemento. Después de varios años donde lo único que se construyó fueron centros comerciales –algunos de ellos verdaderos generadores de caos vehicular y ciertamente mezquinos con el tránsito peatonal– una nueva ola constructiva se lleva todo por delante. Y lo peor, es que la mayoría de esas edificaciones en ciernes no tiene autor conocido. O mejor dicho, arquitecto conocido.

Me refiero a que si bien en cada cuadra se levanta una barrera tras la cual se esconde el movimiento típico que genera una construcción, las vallas –si es que existen– no dan la mínima información para que el ciudadano que transita nuestras calles a pie o en carro sepa quién es el profesional responsable de la obra en gestación.

En un recorrido que hicimos tanto por las principales vías como por algunas calles y avenidas secundarias de nuestra ciudad capital, pudimos constatar el desarrollo de múltiples obras de futuro uso comercial, residencial, institucional y de oficinas, siendo el denominador común que la única información ofrecida al ciudadano –cuando la hay– sea la referida a la empresa comercializadora de dichos espacios, o la institución bancaria responsable del financiamiento. Estas vallas redundan en información sobre teléfonos, correos electrónicos y páginas Web de la empresa inmobiliaria, oficina de ventas y agentes de bienes raíces, pero nada o casi nada del equipo técnico que allí labora. Mucho menos del o los arquitectos creadores de las ideas y proyectos que darán vida a esos espacios. Mal síntoma.
Hace mucho tiempo que París, Barcelona, Madrid y la muy cercana Bogotá ostentan con sincero orgullo los nombres de quienes están haciendo de su ciudad un mejor lugar para vivir. Honor a quien honor merece. Y aquellos ciudadanos capitalizan esta información como un valor más a destacar dentro de lo que muestran a sus visitantes, y por qué no, a ellos mismos; usuarios respetados y respetuosos de sus activos arquitectónicos. La autoestima urbana existe y la estamos ignorando. Hemos pasado a ser testigos silentes de preocupantes intervenciones urbanas sin que sepamos a quién dirigir una queja, siquiera una inquietud. A continuación destacamos algunos ejemplos que consideramos suficientes para ilustrar nuestra situación actual.

Una verdadera ciudad satélite se está erigiendo al sureste de Caracas en varios puntos: por un lado en el sector conocido como La Limonera; por el otro, en Lomas de La Lagunita. En la suma de ambos sectores calculamos (aproximadamente, porque carecemos de información oficial al respecto) suficientes viviendas unifamiliares para albergar unos 80.000 habitantes. Adicionalmente, en el sector La Guairita se están levantando numerosas edificaciones multifamiliares sin que medie ninguna información de las constructoras y los profesionales responsables de estos desarrollos. Huelga decir, que en ninguno de los casos señalados están previstas las indispensables dotaciones de servicios viales, instalaciones sanitarias y eléctricas para satisfacer semejantes demandas. Las alcaldías a quienes están adscritas estas jurisdicciones han hecho mutis.

Por otro lado, las empresas que están acometiendo obras en terrenos que revisten una singular importancia para Caracas –verbigracia el ubicado al sur de la plaza Altamira y conjuntamente al que ocupaba el edificio Teatro Altamira– ignoran flagrantemente al ciudadano que ha sufrido durante todo este tiempo su largo proceso de demolición. Supimos, a través de una revista de arquitectura y no de las empresas o instituciones responsables de esta importante obra, que la edificación destinada a ocupar dicho terreno sería objeto de un concurso internacional de arquitectura.
Creemos que dicha información debió hacerse extensiva a los ciudadanos y no sólo al reducido grupo al que llega un medio especializado. Ahora sabemos que dicho concurso convocado por la Corporación Andina de Fomento (CAF) lo ganó la firma mexicana Productora. Nos alegra profundamente que entre las razones esgrimidas por el jurado calificador se encuentren además de la calidad arquitectónica y la eficiencia funcional, la integración de espacios públicos a favor de la comunidad. ¡Algo que realmente estamos necesitando los caraqueños! Afortunadamente, otro terreno de singular importancia –ubicado en la acera sur de la avenida Francisco de Miranda en La Castellana– muestra con orgullo una valla con amplia información sobre los usos mixtos (residencial, oficinas, comercial y turístico) para los cuales está previsto el proyecto en ciernes, ofreciendo además el nombre de la empresa de arquitectos que lo acomete: ODA Arquitectura. Celebramos que así sea. Un complejo conjunto de oficinas y comercios erigido sobre las ruinas de uno de los edificios que fuera referencia de lo mejor de la arquitectura de los años ’50 en Caracas, el edificio Galipán, en su valla informativa apenas da cuenta de los inversionistas financieros y los futuros usuarios. Nada sobre sus arquitectos y/o promotores. Para cerrar, citamos un caso que consideramos emblemático no sólo por sus considerables dimensiones e implantación, sino por su aporte urbano: el Millenium Mall. El equipo de profesionales que lo proyectó ha volcado generosamente los espacios internos de ese centro comercial a la calle y sus ocupantes, generando una gran plaza cubierta de cara a la avenida Rómulo Gallegos. Apostó además, por la integración con la plaza Miranda –lo cual conllevó a un re-diseño vial y peatonal– elevándola y horadando el espacio subterráneo para los estacionamientos. Aún sin ser inaugurado ha empezado a reconfigurar el tejido urbano que lo rodea. El río humano que por allí fluye sigue su cause hacia la estación del Metro. Lamentablemente, la única información que encontramos alrededor de esta gran obra que le regala a nuestra ciudad una nueva oportunidad de integrar la plaza pública y la privada, sólo nos lleva a la página Web que haciendo mención de las bondades urbanas de esta nueva edificación, asombrosamente no da ningún crédito a sus hacedores. La ciudad es un libro abierto en el que vivimos y respiramos. Imaginemos por un momento que al cerrar la última página, esa que nos dejó transitando las rutas de los personajes, aspirando sus perfumes, oyendo sus cadencias no supiéramos quién nos entregó el pasaje para recorrer esos mundos.

No olvidemos que los arquitectos construimos para la gente y hace falta sembrar en la gente las certezas sobre quienes están haciendo ciudad y quienes muy poco o nada están aportando al bienestar, más aún, al deleite de vivir en ella.
Este artículo fue publicado en la pág. Web del Colegio de Arquitectos de Venezuela www.cav.org.ve

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