sábado, 3 de abril de 2010

EL PASAJERO DE TRUMAN

"Le digo esto porque en Venezuela ha sido más fácil hacer la historia que contarla"
Francisco Suniaga. El pasajero de Truman

Cuando cerré la última pág. de El pasajero de Truman (Mondadori, 2008-Debolsillo, 2010) sólo atiné a decir: ¡Gracias! Y es que esta novela de Francisco Suniaga devela uno de los episodios menos conocidos de la historia contemporánea de Venezuela; lo relativo a la vida diplomática, devenir político y súbita enfermedad mental, que arrasó con la posibilidad, de que Diógenes Escalante (Queniquea, Venezuela, 1879 - Miami, EE.UU., 1964) ocupara la primera magistratura de Venezuela en el año 1945. Pero lo más cautivador de esta novela no es sólo la historia detrás de la investigación que hiciera Suniaga al entrevistar a dos colaboradores cercanos de Escalante (Hugo Orozco y Ramón J. Velásquez), a la sazón convertidos en Román Velandia y Humberto Ordóñez, sino la cercanía de su discurso narrativo, la pulcritud en los detalles y las reflexiones que a través de estos dos testigos de excepción hace el autor margariteño.

Suniaga -quien es abogado, internacionalista y articulista de vieja data- dispone con maestría de los recursos periodísticos para hilvanar una historia en clave de tertulia. Los dos antiguos colaboradores de Escalante se sientan a conversar revestidos de la parsimonia propia de la edad -ambos son nonagenarios- pero con la urgencia de quien sabe le resta poco tiempo. El diálogo se sucede en tono cálido, de confidencia respetuosa. Dos personajes que narran con evocadora voz lo que ha grabado en su mente el fuego de las emociones. Se suma una tercera voz, la del propio Diógenes Escalante, vívida, desde el recuerdo de Humberto Ordóñez pero también en primera persona.

En el cielo, el sol de agosto brillaba con fuerza y descargaba sobre Caracas su poder tórrido, arrancándole de las entrañas un gemido húmedo y sofocante que ascendía desde el sur, de lo más profundo del valle, hasta disiparse un par de cuadras más abajo de donde estaba parado. Al norte, en contraste y por fortuna, la serranía verde de la ciudad, desplegaba como un gigantesco abanico, prometía una tregua de frescor.

Pasajes como éste se suceden a lo largo de la novela y, aunque ciertamente, nos dejan con ganas de disfrutar más del lirismo de la prosa le ceden el paso a la abundancia de necesarias reflexiones sobre los distintos momentos y personajes históricos que transitan más de 60 años de vida en nuestro país y de sus relaciones con Europa y Estados Unidos.

Otro de los grandes aportes de esta novela histórica es la claridad de Suniaga a la hora de analizar y evaluar el desempeño de nuestros gobernantes y las consecuencias -nefastas- de muchas de las acciones que emprendieron y que seguimos padeciendo. Para muestra el párrafo que cito a continuación: Quienes apoyaron a Gómez, banqueros, políticos y los inevitables oportunistas, creyeron que el nuevo caudillo sería fácil de manejar, que podrían disponer de él cuando quisieran y el tiro les había salido por la culata...

No hay que ser muy suspicaz para sustituir el nombre del dictador que mandó en Venezuela durante 27 años. Estamos hablando de un gobernante de principios del siglo... pasado.

De modo que este es un libro que considero debería ser leído por todos los venezolanos a fin de arrojar luces sobre muchas de las sombras que opacan nuestra historia contemporánea. Conocerla, es fundamental para aprender de ella y no repetir -como lo hemos hecho- los mismos errores.

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