domingo, 6 de abril de 2008

Así son ellos

Fotografía de referencia: www.flickr.com/photos/vpzone/130451879/

Hace pocos días me crucé en el paso cebra –como diría Willie Chirinos, cantando a Sabina – con un periodista al que leo con deleite: me gusta como escribe y como luce. El caso es que el hombre en cuestión llevaba colgado de su brazo a una mujer. ¿Novia?, ¿Amiga?, ¿Pareja?, ¿Peor es nada? -perdón, los hombres no tienen Peor es nada- ¿Esposa?, ¿Amante?, ¿Es complicado? –como llaman en el Facebook a esas relaciones difíciles de etiquetar – en fin, la lista es más larga que el tiempo en que cruzamos nuestras miradas: lo que duró el semáforo en clave de peatón. O sea, muy poco aquí en Caracas, donde los carros se abalanzan sobre el rayado a la espera del ansiado verde de la partidaaaaaa!! Pero esos segundos fueron suficientes para darme cuenta de que el escribidor de marras lo que quería era soltar ese brazo femenino que lo etiquetaba. Deshacer el nudo que en fracciones de píxel lo acercaba peligrosamente a su alta resolución de hombre ocupado.

Mi reacción fue de doble sorpresa: cruzarme con él sin el papel y la tinta de por medio y, constatar una vez más, que el espermatozoide es la más exitosa de las células. Doblega afectos. No distingue intelecto. No importa si su portador es noble profesor; sagaz analista político, acucioso científico; jugador de béisbol o guachimán de obra en construcción. A los primeros se le van los ojos a pesar de sus esfuerzos por disimular sus extravíos. Los últimos disparan sus piropos como quien lanza una bola criolla buscando el mingo.

Justamente, un par de cuadras antes de cruzarme con el periodista ya un obrero me había regalado un: “¡Cooooooño señora! que me recordó una anécdota de mi mamá cuando – calculo – tenía la edad que yo tengo ahora. Llegó contándome que le habían echado un piropo de dual significación: – ¡Qué vieja tan elegante! –le espetó el tipo. Con la gracia que la caracterizaba me dijo que no sabía si alegrarse por lo de “elegante” o molestarse por lo de “vieja”, con lo ofensivo que puede ser ese calificativo por estas latitudes jóvenes.

En fin, que he descubierto la pólvora. Los ojos y la lengua masculinos cuando de mujeres se trata, son irremediablemente comandados por la fuerza viva de la letra más erecta del alfabeto. La letra “Y”.

Así que si eres hombre no te inquietes, ni te sientas culpable – ¿hay hombres que se sienten culpables? – cuando tus ojos abandonen sus órbitas tras un par de poderosas razones o de una abultada retaguardia. Si eres mujer no los culpes. No se gobiernan, son esclavos de una sola letra que no en balde también se le conoce como “conjunción copulativa”.

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