domingo, 19 de febrero de 2012

Caminando por el centro de Caracas


Fue una orden. Sí, del presidente-comandante o comandante-presidente. No un estudio de la oficina de planeamiento urbano (hace años que no existe). Ni una recomendación de arquitectos y urbanistas de la Alcaldía Metropolitana, ellos no tienen competencia, ni recursos, precisamente, en el territorio que les compete… Mucho menos el clamor de la ciudadanía harta de caminar entre buhoneros y basura. Fue una orden la que detonó la recuperación de varios edificios cercanos a la Plaza Bolívar de Caracas. Algunos funcionarios se pusieron firrrrrrrmes y los edificios que rodean nuestra Plaza Bolívar cambiaron del blanco, que todos recordamos, a mantecado cremoso, amarillo pollito y hasta guayaba.

Pero no vengo aquí a llover sobre mojado. Fundapatrimonio sigue explicando que los colores seleccionados para pintar estas edificaciones: El Palacio Municipal de Caracas; la Santa Capilla; el Correo de Carmelitas; El Palacio de las Academias, por citar algunos edificios emblemáticos del centro de Caracas, presentaban esos tonos escondidos bajos capas y capas de pintura blanca, mientras los especialistas en patrimonio arquitectónico insisten en que esa paleta será propia de Maracaibo, famosa por su estridencia de  voces y de colores, pero no de Caracas. En fin.

Vengo a recomendar montarse en el Metro, bajarse en la estación Capitolio y caminar. Caminar hasta subir las escaleras del Teatro Ayacucho que abre sus dos salas al cine desde las once de la mañana y a precios solidarios con nuestros bolsillos desinflados por la inflación.

Caminar para constatar cómo, dos años después de la expropiación del edificio La Francia lo único que hay allí ahora, es una tiendita denominada ALBA con aire habanero y precios “justos”. Caminar, para entrar en una mediocre exposición con el grandilocuente nombre de “Museo del petróleo”.

Caminar y entrar en el Palacio Municipal que tiene un patio hermosísimo y parte de la historia urbana de nuestra ciudad contada en maquetas. Caminar alrededor de la Plaza Bolívar y sentarse –aunque haya que hacer oídos sordos– a la interminable arenga musical de Alí Primera, que no descansa sino resuena eternamente por los parlantes.

Seguir caminando para entrar en ese oasis caraqueño denominado Museo Sacro y recorrer sus salas envuelto en un silencio, que sólo es posible, traspasando muros ancestrales. Sentarse en el patio y ver cómo entra el cielo sin tapujos ni rejas. Ojalá sea hora de campanadas y misa de doce en La Catedral contigua. Disfrutar de un almuerzo en el Café del Museo y salir, renovado, a comerse un chocolate de-li-cio-so en Cacao Venezuela, pasando la esquina de Gradillas. Si lo tuyo es el café pues prueba el Café Venezuela y siéntate a ver la gente pasar mientras escuchas a un violinista entonando viejas melodías…No hay apuro.

Palomas volando sobre la plaza, chocolate en tu boca. Caracas de cerquita.

También puedes conocer un sitio renovado con olor a Bolívar. Se llama La casa del vínculo y del retorno. Ese nombre se lo debe a que allí, reza un tríptico pleno de información histórica, vivía doña Luisa Bolívar quien dejó todos los vienes del Mayorazgo de la Concepción al entonces niño Simón.

Luego sigue hacia la Plaza El Venezolano con la mirada fija en las vitrinas a tu izquierda. Zapatos, bisutería china, uñas postizas ¡Presta atención! Que tu mano derecha –alzada cual visera– tape ese ¿misil? horroroso y rojinegro que hiere como lo que es, un arma, al reloj de sol de la plaza que lleva nuestro gentilicio. Te pido otro esfuerzo. Concéntrate en las tradicionales y coloridas ventas de piñatas. Cotillón, papelillo y algodón de azúcar mitigando tu tristeza porque una carpa –otra orden militar– de dimensiones colosales y, faltaba más, impresa con imágenes alusivas a nuestros gloriosos héroes decimonónicos, es la solución “temporal” a los buhoneros de la zona.

Más nada. Sólo eso.

Camina tu Centro. Hermoso. Disfruta tus 25 manzanas libres de buhoneros y de basura. Tómate una chicha o un raspao para que vayas sonriendo al encuentro de la aglomeración que te espera… El Metro de la Hoyada.

viernes, 3 de febrero de 2012

Caracas, Museo a cielo abierto

La tarde de ayer me obsequió Caracas, Museo a cielo abierto. Un CD que contiene el trabajo amoroso y sistemático de la Fundación Mediarium. Esta importante labor fue realizada por un grupo de venezolanos dedicados a recoger en una edición digital 280 obras de Arte que se encuentran dispersas en nuestra querida ciudad. Sí, leíste bien. 280 obras de Arte están esperando ser vistas, apreciadas, disfrutadas, por tanto caraqueño apurado y desagradecido que entre cornetas y tráfico no se da cuenta que estamos rodeados no sólo de verde y Ávila sino de bronce, mármol y acero tallado o vestido de colores para alegrarnos la existencia.

El lente de Ángel Terán registró desde la estatuaria guzmancista hasta las mega obras de arte cinético recientemente restauradas. Nada escapó al acucioso inventario producto de años de investigación bajo la dirección de Liliana de Amor. Las fotos son elocuentes. No es poca la belleza regada por calles y espacios públicos.

La información está clasificada en cuatro grandes grupos: Museo a cielo abierto, Vestidos de arte, En honor a nuestra historia y Poesía en nuestras calles. Puedes hacer la búsqueda por autor o por obra y la data incluye ubicación, técnica y fecha de ejecución. Trae además videos con testimoniales de algunos de nuestros más reconocidos artistas plásticos quienes cuentan su experiencia al ver interactuar su obra con el paisaje caraqueño.

Desde ya se encuentra disponible para su consulta en la biblioteca del Colegio de Arquitectos de Venezuela. Para adquirirlo puedes escribir a fundacionmediarum@gmail.com o contactarlos por Twitter @arteciudades

Importante aclarar que la fotografía que ilustra este post es la portada de una edición especial publicada gracias al patrocinio de Seguros Banesco. El CD que se encuentra disponible para la venta no viene encartado en esta publicación.

martes, 17 de enero de 2012

¡Al fin entendimos!


                                                        Fotografía: Enrique Larrañaga

En la planta baja de un edificio lamentable por su "geometría" y su pésima factura constructiva han inaugurado un café volcado sobre la generosa acera de la avenida Francisco de Miranda. Un suceso. Tomar café, desayunar, almorzar algo ligero -ojalá cenar- en uno de los espacios públicos más transitados de nuestra ciudad es para celebrarlo. Esta bloguera desea que la idea cunda a lo largo del recorrido Chacaito-Los Palos Grandes, que es el territorio que abarca, por ahora, el ensanche de la avenida. ¿Qué esperan en el municipio Sucre para alargarlo hasta Petare?
La oferta gastronómica es sencilla: sanduches, pastelitos, ensaladas de fruta, postres, jugos y café pero la atención es buena y está literalmente sumergido en la energía vital de esta avenida importantísima que corre paralela a El Güaire. Eso sí, la conversa compite con cornetas de autobuses, carros y motorizados. Ese es el precio. ¡Nada alto si de disfrutar nuestro clima comiendo al aire libre se trata!Esta imagen del edificio en construccion es cortesía de Roberto Echeto. Que no se diga que no sabíamos cómo iba quedando.

Escenografía urbana

El año 2010 fuimos testigo de otra demolición en Caracas. Corrieron a tumbar la Quinta Marina y dejaron solo el portal... Uno no entiende como el Instituto de Patrimonio Cultural -tan eficiente para evitar la demolición del antiguo mercado de Chacao- se hizo la vista gorda ante la desaparición de la Quinta Marina, fiel representante de nuestra Arquitectura Neovasca, que se encontraba debidamente pre-inventariada por esa institución.

Casi dos años después, el terreno sigue custodiado por el solitario portal ahora embutido en una suerte -desgracia- de mampostería. Aquella prisa demoledora presagiaba una impostergable obra que traería progreso a nuestra dolida ciudad... En cambio, el hermoso portal ha perdido todo sentido al ser despojado del conjunto arquitectónico que antecedía. Está mal acompañado por indignas láminas metálicas.

Quizá los peatones piensen que detrás se esconde algo interesante. Vana ilusión.

Fotografía: Arq. ODOARDO RODRÍGUEZ

martes, 27 de diciembre de 2011

México DF

Saldré unos días de Caracas... de modo que, como siempre que me alejo de El Ávila, dejo aquí una crónica de viaje. En este caso sobre Ciudad de México, en el ya remoto diciembre de 2006.

¡Feliz año 2012!



Hace poco tiempo regresé de México DF y todavía siento que estoy en una burbuja de colores y sabores únicos. Es como cuando agitas uno de esos souvenirs que guardan una sorpresa bajo la nieve falsa: sólo puedes ver lo que esconde con claridad poco después de que cesa el movimiento. Cuando la “nieve” cae, se asienta, todo se ve más nítido a través del plástico.

No es fácil digerir tanta ciudad, tanta gente compartiendo un mismo espacio, tanta historia remota y reciente separada por una calle, acaso por un muro. No es posible formar parte de esos 25 millones de corazones que laten bajo un mismo cielo sin pensar que en el espacio que ocupa esa megalópolis cabemos todos los venezolanos, sin exclusiones.
La puerta se cerró (abrió) detrás de ti…

Llegamos al DF a las 11:00 de la noche con el cansancio de varias horas de viaje. Junto a la emoción del arribo aumentaba mi ansiedad recordando lo que me dijeron antes de salir de Caracas: “Esa es una ciudad peligrosa”; “No tomes taxis que no sean de línea porque es muy riesgoso”. La larga lista de recomendaciones me hacía pensar que todos esos “consejos” venían de gente que creía que yo vivía en la apacible Viena y no en nuestra convulsionada Caracas. No me platiques más…Pero lo cierto es que el aeropuerto de ciudad de México -que es tan grande como corresponde a una ciudad de semejantes dimensiones- está diseñado de modo tal que parece muy manejable, o al menos eso sentí gracias a un ángel de la guarda mexicano que la Virgen de Coromoto vestida de Guadalupe tuvo a bien sentar en el mismo avión que nosotras sólo para hacer más tranquila nuestra estadía en la mega ciudad.

De piedra (no) ha de ser la cama…
Al hotel reservado llegamos con un cansancio tan agudo como el frío de la madrugada chilanga, pero de inmediato nos hicieron sentir la calidez y la hospitalidad de un hostal pequeñito pero cumplidor donde una recepción de buen gusto y mejor sonrisa nos daba la bienvenida.

Al día siguiente me percaté que en nuestra habitación había un hermosísimo libro con fotografías sobre México, sus bellezas naturales y construidas. Toda una invitación a recorrer calles, avenidas y monumentos. No hacía falta nada más para salir al encuentro de la ciudad y así lo hicimos, rumbo al Auditorio Nacional desde donde parte una ruta de autobuses turísticos de dos pisos que la recorre íntegra deteniéndose en los edificios, plazas y parques más emblemáticos. Hasta ahora nada del smog, ese demonio contemporáneo que siempre acompaña a cualquier comentario sobre el DF. Pensé que como los niños estaban de vacaciones, el tráfico y el humo habían disminuido notablemente, pero me comentaron que además de esa razón hay otras que han influido positivamente en la disminución de la contaminación, el Estado tiene un control férreo sobre los automóviles: revisiones periódicas de los motores para controlar la emisión de gases tóxicos y el día de parada, está vigente. Los efectos de una política coherente en ese sentido se sienten y el parque automotor es bastante nuevo.

Pero volvamos al “Turibus”, que así se llama el autobús de dos pisos –sin techo en el segundo nivel donde se disponen los asientos para disfrutar de un paseo al aperto–, un vehículo ideal para transitar esta enorme ciudad y empezar a entenderla. El trayecto va acompañado de un sonido en varios idiomas que cuenta anécdotas y aporta datos sobre los sitios de mayor interés. 

El clima es maravilloso: una brisa fría acompaña al dios sol bajo un cielo de un azul tan intenso como el que tiñe las paredes de la casa de Frida Kahlo. Cuando habíamos recorrido apenas unas cuadras mi hija me comenta: “Mami, no sé para dónde ver, hay demasiadas cosas bonitas”. Una verdad del tamaño de cualquiera de los templos que se levantan a lo largo y ancho del Paseo de la Reforma, esa avenida majestuosa que me hizo recordar a Madrid por lo amplio de sus canales y lo imponente de los monumentos que la acompañan. Sobre su generosa acera se encontraba una exposición de artistas plásticos que tuvieron la tarea de crear una serie de bancos para hacer más divertida la ruta de los caminantes. Niños y adultos se sientan en ellos, se ríen, conversan, se toman fotos; una pareja se besa debajo de un manojo de cartas que hace las veces de respaldo. El amor es la apuesta.
Ciudad de México tiene siete siglos de historia superpuesta: desde antes que llegaran los españoles y construyeran a sangre y fuego una ciudad colonial sobre la Tenochtitlán existente, hasta ahora, cuando se funden presente y pasado para dar vida a una ciudad única, aunque su crecimiento desmedido y en parte anárquico no diste mucho del resto de las ciudades latinoamericanas. De una calle se pasa a un barrio popular o a otro de clase media. De la Zona Rosa y sus sofisticadas boutiques a un mercado de libros cobijado por unos toldos verdes; de una zona más o menos segura a otra peligrosa. Las grandes zonas en que está dividida la ciudad se llaman colonias y algunas de ellas tienen un origen ciertamente divertido. En esta ciudad mágica calles con nombres del antiguo imperio del pensamiento, como Cicerón, Sófocles y Platón, te conducen hasta las vitrinas de los nuevos templos del hedonismo para aplastar allí la nariz y dejar la huella de tu aliento cuando no de tu bolsillo. Vuitton, Chanel, Tiffany y pare de contar, pero no gastar ni de soñar.

Los hoteles 5 estrellas ostentan fachadas de vidrio estilo internacional y se elevan sobre la avenida Andrés Bello. Armonía de brillo y confort sobre un representante de lujo de nuestro idioma. En las calles del casco histórico abundan los nombres de antiguos conquistadores y fechas patrias: Vizcaínas, Isabel La Católica, San Jerónimo, 5 de mayo. Y en un súbito arranque de latino-americanismo aparecen calles con los nombres de nuestros países hermanos. Tanto orden y concierto me hace recordar con una sonrisa a nuestra urbanización Las Mercedes, único sitio del mundo donde el Orinoco se une con París y New York.

Capítulo aparte merece la cantidad y calidad de monumentos, fuentes y esculturas que embellecen las vías más importantes de la ciudad: una réplica menor de la famosa “Cibeles madrileña”; el monumento a la Independencia cuya columna de piedra es coronada por un ángel de dorado brillante; una imponente estatua de Colón y la hermosa escultura de Diana la cazadora que esplende orgullosa toda la voluptuosidad femenina que en tiempos pacatos –aunque no tan remotos– le fue arrebatada colocándole una falsa faldita sobre la desnudez de su bronce.

Llegar a El Zócalo –esa plaza monumental– y verla rodeada de la majestuosidad de la Catedral y del bullicio de un mercado de artesanos llena de brillo mis ojos incrédulos. El sol azteca se estrella contra el barroco de la fachada de la iglesia como hace varios siglos lo hicieran los guerreros indígenas contra la lanza española. Una gran bandera tricolor ondea frente a una piñata enorme de amarillo brillante y azul turquesa, en claro contraste con la rigurosidad de un edificio de fachada interminable: la antigua sede del gobierno. Aquí no hay espacio para el sosiego. Todo es fuerza telúrica y contagiosa. Igual grita el pregonero, ofreciendo estampitas de la Virgen de Guadalupe, que el artesano con sombrero charro voceando su mercancía hecha a mano. Lo mismo agita un “papalote” aquel niñito sonriente de pelo azabache y mejillas rebosantes de color, que el vendedor de la lotería nacional. Negros parlantes aumentan el volumen de la protesta de quienes llevan varios días acampando allí para ser oídos por sus gobernantes.

Un alto en el camino para saciar el hambre se puede hacer en cualquier parte con la seguridad de darle contento al cuerpo y solaz al espíritu: humeantes tostadas; deliciosa sopa de queso, aguacate y jitomate o las célebres enchiladas verdes. La fiesta de colores, olores y sabores se crece con el picante. Hasta el algodón de azúcar derrocha colorido. ¡Quién dijo blanco! si el azúcar hecha agua en la boca se viste de aguamarina, rosado y naranja.
Pero si el volumen de emociones es altísimo en el Zócalo, el silencio que envuelve al Museo Nacional de Antropología es sobrecogedor. La historia de la humanidad está volcada en sus salas. El recorrido comienza bajo la lluvia que rodea una columna tallada de enormes proporciones. Salas contemporáneas contienen con respeto, casi con devoción nuestro pasado remoto. En el gran espacio central el viento y el sol viajan a su antojo. Sólo hace falta dejarse llevar por la naturaleza para interiorizar algunos poemas tallados en piedra y traducidos de las lenguas indígenas al castellano.

Fuera del museo, en pleno Parque de Chapultepec otro rito ancestral cobra vida: 4 hombres escalan una columna azul metálico de varios metros de altura para rendir culto a los cuatro puntos cardinales. Cuando llegan a la cima del gran tubo anclado en el suelo, van descolgándose poco a poco. No es un capricho el número de vueltas, ni el tiempo empleado en hacerlas, todo responde a un ritual, a un culto, a una certeza ancestral. La madre naturaleza es sabia, rige la lluvia, la sequía, el viento; por lo tanto aplaca el hambre y el frío y esos hombres en su afán de atesorar la tradición, vencen el vértigo, retan al miedo, dejan que su vida penda –literalmente– de un hilo.

Abajo, los más pequeños juegan con pompas gigantes de jabón, comen obleas de colores, apuran un refresco que acompaña a una hamburguesa con chile. Otro niño que apenas cruza el umbral de la adolescencia, empuña un aerosol para teñir de plateado el pelo de Alejandra quien se deja hacer, fascinada por esa mezcla inefable de presente y tradición.
Diego Rivera lápiz en mano dibuja a Frida Kahlo desnuda...

En la periferia del DF está Coyoacán, lugar donde fijara su residencia Hernán Cortés mientras sitiaba Tenochtitlán. Hoy es una zona amable de calles estrellas, casas coloridas y ambiente bohemio. Allí se encuentra el Museo de Frida Kahlo, la Casa Azul donde ella nació y murió. Salpicada de enseres personales atesora la esencia de esa vida corta pero intensa llena de dolor físico y plenitud creativa. Sus paredes albergan no sólo cuadros, sino objetos y muebles que nos cuentan mucho de sus antiguos habitantes. Un pincel sin limpiar deja una huella roja sobre la mesa; una biblioteca con puertas de vidrio trasluce el amor por los libros; varias piezas de cerámica, amuletos y otros objetos se agolpan en las estanterías de madera teñida de amarillo. A ratos teatral, a ratos nostálgica, deja una huella indeleble en quienes admiramos ese trabajo incansable que soportó el dolor y exorcizó el fantasmas de los celos y el insatisfecho deseo de maternidad.

Teotihuacán
Es imperdonable viajar al DF y no visitar Teotihuacán. A escasas dos horas del ruido y el tráfico urbanos se yergue esta ciudadela construida hacia el año 750 de nuestra era, que llegó a tener más de 100.000 habitantes y ahora es un museo al aire libre. Caminar por el callejón de los muertos bajo el sol ardiente y el viento seco, contemplar las pirámides de piedra ancestral y escalones interminables nos llena de energía y de preguntas. Una botella helada de agua de jamaica, refresca con su aroma a flor silvestre la sed de la garganta y la inquietud de los sentidos. Un trazado geométrico une las pirámides del Sol y de la Luna a otras más pequeñas. Cada piedra lleva impresa la historia de una vida sacrificada en honor a los dioses, cada escalón está amalgamado con la sangre de los fieles, con la fe puesta en la lluvia que riega la siembra, en el sol que enaltece la vida, en los cuatro puntos cardinales; suerte de guía para estos hombres de ayer que construyeron con sus propias manos esta maravilla que siglos después se yergue orgullosa sobre la tierra árida y ocre.

En México conviven el chile y el ketchup; la ranchera amanerada de Juan Gabriel y los perros amores de Alejandro González Iñárritu; el chill out de los “antros” de moda y la nostalgia romanticona de la Plaza Garibaldi; los murales sociales de Rivera, Orozco y Siqueiros con los graffiti de los chavos universitarios; los ojos enormes de María Bonita y los hoyuelos traviesos de Gael García Bernal; la estridencia de colores de sus fachadas contemporáneas y el gris de sus piedras ancestrales.

En México DF, Babel contemporánea, siempre tienes un pie en el siglo XXI y el otro, apenas está cruzando el umbral de nuestra era.

Esa crónica fue publicada en la edición de septiembre 2007 de la revista Etiqueta

sábado, 10 de diciembre de 2011

Porlamar llora


Autor: Arq. FOLCO RICCIO

Luego de meses que no visitaba PORLAMAR y como siempre ocurre, al alejarse por un tiempo de un lugar, se notan con mayor claridad las diferencias entre el antes y el ahora. Inclusive, se nota con mayor claridad lo inaceptable, que siempre existió, pero que al acostumbrarnos, ni caso se le hace. Cuando llegué a Margarita por primera vez como profesional y no como turista, fue en 1987.

Capté las bellezas de una Isla especial, de paisajes, cultura y tradiciones únicas. Margarita es muy distinta a las otras islas del Caribe, con un potencial enorme para ser un destino turístico de primera, pensé. Las cosas no salieron así. ¿Y qué le pasó a PORLAMAR? Hace diez años llegó “la NADA”… ¿Y qué es “la NADA” pregunté? Un amigo comerciante del Centro de PORLAMAR me explicó que al aparecer el SAMBIL MARGARITA… apareció “la NADA”… “La NADA” es como un gas inodoro e incoloro que arrasa con todo comercio y vida de ciudad que existió hasta el momento… “la NADA” llegó al Centro de PORLAMAR, la Santiago Mariño, y la 4 de Mayo… Con el tiempo, el efecto de “la NADA” se disipa y cierta vida comercial y de ciudad regresa, pero degradada, informal, desmejorada…

Sectores de PORLAMAR que en un tiempo fueron “la crema de la crema” comercial, hoy si acaso hospedan un carrito de perros calientes destartalado. No se trata de criticar a los empresarios del SAMBIL. Ellos crearon un mall de acuerdo a las mejores practicas de arquitectura y construcción de este tipo de centros comerciales. SAMBIL es un excelente mall que generó mucho empleo, múltiples oportunidades para nuevas empresas y ofrece un lugar de alta calidad ambiental para “toda” la comunidad margariteña, turistas nacionales y extranjeros que lo visitan con mucha frecuencia para disfrutar de sus comercios, restaurantes y cines. El éxito está a la vista. El SAMBIL agregó a Nueva Esparta una gran fuerza renovadora y un lugar de bienestar.

¿Y entonces? ¿Y “la NADA”? Se preguntarán… Cierto, es un problema muy complejo de resolver. Cómo lograr concertar lo bueno que puede aportar un mall con los efectos negativos que genera en la Ciudad. El mall suburbano “se traga” toda la energía de la Ciudad, es similar a uno de esos “Huecos Negros de Stephen Hawking” en el cosmos. Sin superar un tamaño apropiado en relación a la masa de comercios existentes en un centro de ciudad, otro sería el efecto de que una de estas “CAJAS” o varias de ellas, se ubicaran en el propio centro de ciudad, desde luego resolviendo satisfactoriamente estacionamientos y accesibilidades.

Muchas ciudades en el mundo consideraron esta solución antes de sucumbir a los efectos devastadores de los malls suburbanos. Inclusive los prohibieron. Sin embargo, lo más grave en PORLAMAR, Margarita y en toda Venezuela, va mucho más allá de los problemas generados por los malls suburbanos. El verdadero problema es “La NADA…ROJA”… la que arrasa con todo.

Arrasa todo emprendimiento, toda innovación, toda iniciativa y creatividad empresarial, inversiones, producción, mejoramiento de la calidad de los productos, de las condiciones de vida y laborales. “La NADA ROJA” tiene ya trece años corroyendo nuestras raíces y nuestras entrañas.

Los efectos devastadores son evidentes a lo largo de todo el territorio Nacional. “La NADA ROJA” se manifiesta en su derroche avasallante como la gran solución y lo que ha dejado es un legado de empresas exitosas desgarradas, empleos aniquilados, producción arruinada. “La NADA ROJA” deteriora nuestra calidad de vida permanentemente.

Cada día nos empobrecemos más. Cada día existe algo que dejamos de disfrutar, que perdemos… Sea luz, agua, seguridad, tranquilidad, felicidad…y Progreso. Perdemos hasta lo más básico como leche, café, azúcar y aceite… “La NADA ROJA” es el empobrecimiento físico y mental de Venezuela. ¿Y cómo afecta “la NADA ROJA” a la ciudad? ¿Cómo afecta a PORLAMAR? Sin liberar de responsabilidad la Gobernación y las Alcaldías de lo que podrían hacer mejor, también es cierto que el saboteo constante por vía de limitaciones y de retención de recursos los hace casi unos magos para conseguir lo que logran.

El centro de PORLAMAR de lunes a sábado por las mañanas parece un mercado persa, con todo lo que eso implica de caótico, informal, sucio. Lleno de actividad, de gente rebuscándose. Las noches son tétricas. PORLAMAR se transforma en la “Boca del LOBO” y no tiene porque ser así. La Avenida Santiago Mariño, una vez icono de PORLAMAR, a pesar del tremendo esfuerzo por mejorar su imagen y confort por parte de la Asociación de Comerciantes… no puede ganarle a “la NADA ROJA” que todo lo destruye y deteriora. Las tiendas dejaron de ser las de primera línea, son ahora un hibrido poco atractivo, para los pocos turistas que llegan a la isla. Turistas provenientes siempre de menos lugares y en menores cantidades. Turistas nacionales devaluados que gastan menos de lo que gastaban antes y ese poco lo gastan mayormente en los Centros Comerciales.

Los turistas internacionales… prácticamente desaparecieron. La feliz y bulliciosa Avenida 4 de mayo de PORLAMAR, llena de turistas, está hoy convertida, por la mismas razones, en la nueva “Calle del Hambre”. Donde se suponía aparecerían hoteles, comercios, restaurantes y cafés, hoy encontramos carritos de cuanta comida informal de calle se pueda uno imaginar. Las manzanas cercanas se llenaron de terrenos baldíos, maleza, basura, aceras y calles destrozadas que sirven de paisaje a centenares de edificaciones abandonadas, totalmente malogradas. Edificios que alguna vez dieron cabida a empresas y a locales comerciales de todo tipo. Las más recientes “leyes socialistas”, arrendamiento, precios y comunas, terminarán por destartalar el aparato productivo y las pocas empresas privadas que quedan. “la NADA SOCIALISTA” no deja Nada en pié…

domingo, 4 de diciembre de 2011

Dibuja Caracas


Fotografía de Gladys Calzadilla.

Ya hace varios años que el cielo de diciembre no es azul. La lluvia de octubre se empeña en mojarnos la Navidad, sin embargo, cielo gris y paraguas en mano más de cien caraqueños salieron a recorrer cuatro de los cinco municipios de nuestra ciudad para dibujar rincones, edificios y la gente, que va y viene. Faber Castel trajo a Gabriel Campanario, periodista de profesión y dibujante por vocación, uno de los actuales promotores de la ancestral costumbre de ilustrar la ciudad; no con la prisa de un click sino con la velocidad de un lápiz de grafito y la sutileza de la acuarela.


Y fue un deleite. Desde temprano nos reunimos en la plaza Los Palos Grandes para recibir los nobles materiales que nos acompañarían durante el día. A esta iniciativa se sumaron, entusiastas, cinco artistas del dibujo: Rayma Rock star ( todos quieren fotografiarse con ella); Rosana Faría, sensible ilustradora de libros para niños; Eduardo Sanabria, mejor conocido como EDO, caricaturista; Ricardo Benaím, artista plástico y Santiago Pol, referencia indispensable del diseño gráfico de nuestro país.

A mí me tocó la grata tarea de acompañar a los dibujantes -junto a la profesora María Isabel Peña, directora del Instituto de Urbanismo de la FAU- a mi terruño, el municipio donde vivo desde hace muchos años. Al comenzar la tarde volvimos a la plaza para compartir nuestras experiencias y exhibir los dibujos.

Sólo queda repetir esta experiencia tantas veces como se pueda. Libreta y lápiz en mano. Dibuja, que algo queda.

VIÑA DEL MAR

VIÑA DEL MAR

Cuando vi saltar las olas sobre la balaustrada del malecón bañando el asfalto  pensé: El Pacífico como que no lo es tanto. Tiene su car...